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Arkadiusz Branicki II
Cuando el sábado pasado murió Catherine Cando, los medios se convulsionaron: era la reina de Durán, tenía 19 años, estudiaba Medicina en la Universidad Católica Santiago de Guayaquil y en octubre pasado había ganado el certamen por las fiestas del importante cantón de la provincia del Guayas, con 240 mil habitantes.
Las primeras versiones, como suele ocurrir, fueron confusas: la cirugía estética supuestamente duró cerca de 10 horas y por presunta mala práctica médica –lo cual aún no es un dato verificado por la justicia- murió la reina.
Falleció en una clínica particular en el norte de Guayaquil. Los familiares aseguran que el deceso se produjo por un edema cerebral (el médico mexicano José Jaramillo-Magaña lo define como el repentino incremento de agua en el tejido cerebral, con una magnitud suficiente para producir síntomas clínicos).
¿Qué llevó a Catherine Cando a realizarse la liposucción? Una lógica elemental diría que una chica nombrada reina tiene todos los atributos físicos y que, por tanto, no requeriría ningún otro retoque.
Pero esa sería una explicación superficial e inexacta. Más allá de que existen versiones de que uno de los premios por el reinado era la cirugía estética y que las autoridades municipales lo han negado, no hay nada extraordinario ni misterioso en que Catherine haya tomado esa decisión. Ella tenía todo el derecho de cambiar o mejorar lo que quisiera, pero con un especialista. sin querer juzgarla, quizás este fue su error.
El cirujano plástico guayaquileño Felipe Leyton Hernández, de la Sociedad de Cirugía Estética en el Ecuador, afirma que “cada año en el país se hacen más de 67.500 intervenciones quirúrgicas de esa clase. Se trata de un negocio que mueve, en un promedio de doce meses, 62 millones de dólares, según las agremiaciones locales“.
Una liposucción abdominal cuesta alrededor de los tres mil dólares. Existen alrededor de 30 especialidades, entre ellas nariz, orejas, labios, mentón, pómulos, párpados, arrugas finas en el rostro, papada (piel colgante en el cuello), liposucción, lipoescultura, elevación mamaria, reducción mamaria, flacidez de los muslos, cirugía de pantorillas, de brazos, de manos, de abdomen (cuadritos como si hicieran ejercicio), reconstrucción de la vagina para que la mujer parezca virgen y aumento de grasa en el pene para dar la impresión de que este es más grande y ancho…
Por cada tres mujeres, expresa el especialista, hay un hombre que se hace una de esas operaciones.
La entrenadora colombiana Ingrid Macher, que vive en Miami (Estados Unidos), asegura, sin ambages, que la liposucción puede matar a la persona que se arriesga a una operación.
Macher comenta que antes de considerar algo para ella tan drástico como la liposucción es necesario tomar en cuenta los riesgos del procedimiento.
Hay efectos secundarios, dice, como reacciones alérgicas, irregularidades en la piel, cicatrices visibles o que desfiguran, adormecimiento de las zonas operadas, daños al nervio, desmayos… Y estos son, según ella, las complicaciones menores.
Las más serias, asegura, son mala reacción a los medicamentos, coagulación de la sangre en piernas y pulmones, daño a los órganos abdominales, infecciones, pérdida excesiva de sangre, neumonía, paro cardíaco, apoplejías y, en casos extremos, la muerte, como sucedió con Catherine.
Macher ofrece un método alternativo que consiste en hacer ejercicio físico intenso y seguir una dieta estricta.
Catherine, insistimos, tenía todo el derecho de cambiar o mejorar alguna parte de su cuerpo con la cual quizás no se sentía satisfecha, aunque quienes la conocían dicen que su figura era esbelta y sus rasgos estéticamente hermosos.
Nunca sabremos con exactitud qué pasó, pero es una alerta importante para que los medios de comunicación tomen en serio su responsabilidad social de crear espacios sobre salud preventiva en los cuales se hablen de estos temas.
¿Por qué, me preguntaré siempre, los canales de televisión locales dedican tantas horas a la farándula barata, al chisme de esquina, a la especulación sobre la vida personal de las personas conocidas, pero dan tan poco tiempo (cuando lo dan) a lo que más debería importarnos?
El Ministerio de Salud también está en la obligación de crear espacios informativos en los cuales nos instruyan y eduquen a los ciudadanos para aprender más acerca de la prevención de enfermedades y al cuidado que debemos tener cuando tomamos decisiones importantes sobre nuestro cuerpo.
La presión social es clave: en un país donde la sociedad es discriminatoria y valora a las personas, en especial a las mujeres, por su cuerpo, por su belleza física y por sus atributos (naturales o artificiales) se entiende que muchas de ellas (y hombres también) caigan en la trampa, cada vez con mayor frecuencia, de mejorar su apariencia exterior (mientras la interior, la intelectual, la afectiva y la espiritual, quedan a un lado).
Macher dice en su portal web que es natural en los humanos que pretendamos vernos bien, por tanto no hay por qué sentirse culpable.
Explica que la imagen es importante y que cuando uno se ve bien gana confianza, optimismo, seguridad.
Pero el problema se agrava cuando nos dejamos llevar por los prototipos que vienen desde afuera (las estrellas de cine, de la televisión, las modelos, las cantantes, las princesas y reinas europeas, las famosas de los reality shows).
Las personas, en especial las mujeres jóvenes, recurren a todo tipo de fórmulas y mecanismos para tratar de bajar de peso y lograr un cuerpo que la gente no rechace.
Toman pastillas que en realidad son placebos, hacen dietas absurdas que deteriora su organismo, se vuelven anoréxicas o bulímicas.
Ser gorda y poco atractiva es casi un pecado en una sociedad a las que los mismos medios contribuyen a modelar.
Ser gorda es un estigma e incluso hace que las oportunidades de trabajo sean menores. Que las oportunidades en la vida sean inferiores, como les sucede a los afro, a los indígenas, a las minorías sexuales, a las personas cuyo aspecto (y, supuestamente, personalidad) no corresponde a los cánones establecidos por las grandes transnacionales de la moda y de la imagen.
Para quienes no somos perfectos y nos vemos en el espejo con cierto conformismo o resignación, es bueno ser consciente de que, como dice el filósofo español Fernando Savater, “vivimos en un mundo en el que, multiplicados por la comunicación y las imágenes, la presencia de ídolos es abrumadora. Tenemos ídolos en el fútbol, la pantalla, la canción, el dinero, el triunfo social o la belleza (…). La idolatría es inherente al ser humano. No lo puede evitar. Pero, cuidado: tenemos que ser idólatras cautelosos, prudentes con lo que subimos a nuestros altares, porque luego es difícil bajarlos sin derramamiento de sangre”.

Mira una entrevista con Catherine Cando cuando ganó el reinado.

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Fotografía de Arkadiusz Branicki©