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Pawel Kuczynki
Se ha reconfirmado, otra vez, el poder de la oscura dirigencia futbolística nacional con la reelección de Luis Chiriboga, que gobernará la Federación Ecuatoriana de Fútbol por quinta vez, ahora hasta el 2019.
A mi me duele que los dirigentes de mi equipo, el Aucas, hayan votado a favor de Chiriboga.
Y me da envidia de la dignidad de cuatro equipos que, con valentía, no lo apoyaron: Liga de Quito, Universidad Católica, Espoli y Manta (ausente).
Algunos me dicen que “el amor a la institución no tiene nada que ser con sus malos dirigentes“. Al contrario, el amor jamás puede ser ciego.
Otros me dicen “traidor”. Otros me acusan de que nunca he sido hincha del Aucas y que esto que escribo lo hago por figurar. Otros me llaman amargado. Seudoperiodista. Algún desquiciado homofóbico me llamó “loca frustrada”.
Aunque sería mejor que opinaran con argumentos, no con ofensas, insultos, improperios o amenazas, pueden decirme y acusarme y difamarme lo que quieran. Yo tomaré las medidas jurídicas que sean del caso según el calibre de la ofensa. No crean los cobardes que se esconden en el Twitter que ahí queda la cosa. Se les advierto.

MIS RAZONES

Al Aucas lo quiero y lo sigo desde que tenía tres o cuatro años de edad, por contagio de la pasión por el club que me enseñaron mi padre Alfredo y mi hermano Ricardo.
Sin embargo, debo decir que por la irresponsabilidad de los mediocres dirigentes he vivido largas temporadas de indignación, de frustraciones, de amargura, de tristeza Y cuando fui adulto me di cuenta de que no era solo eso: era el rechazo al uso político de unos y del latrocinio de otros a nombre de un equipo cuya histórica camiseta vistieron mi padre y mi tío Arturo, un arquerazo.
Pese a la pasión que sentíamos por el equipo, ni mi hermano (un gran futbolista, hoy ingeniero hidráulico) ni yo (un zurdo hábil pero no contundente) llegamos a jugar en el Aucas, quizás porque en aquel tiempo mi madre Beatriz nos hubiera puesto de patitas en la calle por dedicarnos a un deporte que “no tenía futuro” (en ese tiempo, así era: no había detrás, como en Europa o en México, los grandes capitales para pagar lo que fuere por un jugador o invertir el dinero necesario para armar un plantel internacionalmente competitivo).
Recuerdo cuando gente acusada de corrupta, como el Maestro Juanito, llegó a la presidencia y destrozó al equipo. Pero la adoración popular por el equipo hizo que ganara la Alcaldía de Quito e igual destrozó la ciudad. Fue, quizás, el peor alcalde que hemos tenido.
Recuerdo también cuando Luis Mejía Montesdeoca resultó electo presidente del club. Hubo líos y cuestiones extrañas. El Aucas no llegó a ser protagonista, pero Mejía fue electo diputado y luego prefecto de Imbabura y luego diputado y luego ministro y luego prefecto y así…
El dueño de una empresa de licores, Jaime del Castillo, el que alcoholizó las fiestas de Quito, también decía que era del Aucas.
Iba al estadio de El Arbolito, junto a la Casa de la Cultura, a vivar al equipo en los clásicos con Liga, en los que casi siempre perdía el Aucas y a los hinchas el resultado nos indignaba y nos hacía llorar.
Él, en cambio, se hacía aplaudir desde el palco. Y, por supuesto, ganó la alcaldía de Quito.
Me ha indignado siempre el uso político y económico que se le dio al Aucas.
Alguna vez vendieron medio equipo a El Nacional (y muchos de los hinchas se cambiaron de equipo), mientras los dirigentes amarillos nunca reemplazaron con grandes jugadores a los que se fueron. ¿Qué pasó con ese dinero? ¿Quién se hizo millonario con esos pases?
En otra ocasión quisieron que el socialcristianismo, con Jaime Nebot simpatiquísimo, se hiciera cargo de la administración del equipo. Eso sucedió cuando el actual alcalde de Guayaquil aún aspiraba a llegar a la presidencia de la República. Incluso puso algo de dinero, una limosna, para la construcción de ese mamotreto que es el paupérrimo estadio en Chillogallo.
Nada más absurdo que aquello de Nebot: Aucas es de la gente que más en el corazón siente a Quito. El Aucas es la esencia más barrial y ancestral de la ciudad, la más callejera, el más pueblo, el más tripa mihsqui con mote y cola, el más choclo con queso y chicha, la más empanada de morocho.
¿A cambió de qué dio usted el voto, señor Gordón, presidente del Aucas?
¿En agradecimiento a qué?
¿Consultó a la hinchada cómo debía sufragar?
¿Sintió el año pasado toda la frustración nacional que originó Chiriboga en el reciente mundial de Brasil con su mediocre entrenador, con los premios que terminaron dividiendo a los jugadores, con las decenas de invitados que llevó y que nada tenían que ver con la Federación?
¿El Gobierno hará algo, tomará medidas, actuará el Ministerio del Deporte? No lo creo.
¿Esta vez habrá exigencia de rendición de cuentas de los hinchas a los clubes que lo apoyaron? Seguro que tampoco. Como dice mi colega Kléber Paredes, gran futbolista amateur, “lo lamentable también es la pobre capacidad de organización, protesta y propuesta de los hinchas del fútbol“.
Por mi parte, llevaré la camiseta del Aucas en mi alma para siempre, por mi pasado familiar y por toda la alegría y las emociones que el Aucas me dio en mi infancia y adolescencia.
Sin embargo, dejo de ser hincha a partir de hoy.
Seré (y no se rían por eso) objetor de conciencia de mi equipo.
Pero ya sabemos, como decía mi abuela Michita, que la vida da vueltas. La presunta corrupción y las maniobras escondidas, que hoy han dado el triunfo a Chiriboga, seguro que volverán a hundir al Aucas y, lamentablemente, a la Tri. No me alegro por eso, me entristece mucho. Pero, de nuevo citando a mi abuela, todo se paga en esta vida.
A cambio, Don Luchito dara una mano y hará, con sus finas artes, que se mantenga al equipo así, en arena movediza, en el filo del andamio, como en los últimos quince años, subiendo y bajando de categoría, frustrándonos a sus seguidores al no llegar ni siquiera a la Copa Sudamericana, sumido en una mediocridad que no merece su pasado legendario.
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Dibujo de Pawel Kuczinski