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Olaf Martens I
El problema empieza desde mucho antes, pero hablemos, primero, de la selección del personal: el título universitario –ya lo sabemos- no garantiza la calidad del trabajo del empleado elegido.
Y también por el concepto. Muchos graduados en Comunicación y especializados en Relaciones Públicas aún conciben (digo “aún” porque este criterio se volvió obsoleto con las nuevas tecnologías y métodos) a las RRPP como un instrumento para proteger, para tapar a la institución y al más alto funcionario.
Es decir, el relacionador público se convierte en un portero, un custodio, un guardaespaldas, un redactor de boletines de prensa lleno de medias verdades y omisiones, un organizador de ágapes y cócteles, un cuidador de la reputación y la credibilidad de la institución y del más alto funcionario, pero a costa de convertirse en un fabulador compulsivo.
Sus palabras y frases favoritas serán, entre otras, “no está”, “aún no tenemos información oficial”, “ese tema se lo está manejando con reserva”, “el señor X. está fuera del país”, “no, no puede atenderlo otra persona que no sea él”, “ese dato que usted me pide es confidencial”
El equivocado papel del relacionista público, entonces, es esconder, ocultar, enmascarar, disfrazar, pero el rol que debiera cumplir es, sencilla y urgentemente, ser un puente entre el medio/periodista y el alto funcionario/institución.
El relacionista público es un comunicador y, por extensión, un periodista.
Por tanto, está obligado a cumplir los requisitos básicos del profesional: ético, transparente, equilibrado, justo, honesto, sincero, mediador entre el poder público y la sociedad, entre el mandatario y los mandantes, entre el funcionario y los beneficiarios o frustrados por el trabajo que hace este.
Las relaciones públicas serán exitosas cuando en la organización exista una estructura orgánica, una cultura participativa y un sistema simétrico de comunicación”, dicen los catedráticos brasileños María Aparecida Ferrari y Fabio Franca.
Y dicen más en su libro: “Las relaciones públicas excelentes son aquellas que añaden valor a la organización, ayudan a la organización a alcanzar sus objetivos, colaborar para que la organización establezca sinergia con sus públicos y promueven la construcción de intermediaciones teniendo en cuenta el interés público”.
Una colega que trabaja en un medio (ella prefiere no identificarse y nosotros le llamaremos Paula) me contaba hace poco su impresión acerca de los relacionistas públicos en el Ecuador.
El relato de Paula muestra con claridad que las instituciones deberían tomar muy en serio a quién poner a manejar su imagen, pero parece que no es así.

SU TESTIMONIO
Te voy a contar dos escenas diferentes: una de empresa pública y otra de empresa privada.
Asistí a la charla de un ministro, organizada por una institución privada. La entidad logró convocar a unos 300 ejecutivos.
En el área designada para la prensa, la relacionista pública y dos de sus asistentes conversaban de temas que nada tenían que ver con el acto. Hablaban tanto y con tanto énfasis que en la grabación de los discursos se escuchan sus voces.
Había un espacio para prensa, lo cual no se tomó en cuenta en ocasiones anteriores, pero con aquella molestia…
Después de la tertulia, que por sí sola refleja mala educación cuando se asiste a un auditorio, una de las tres damas se puso a dar órdenes, siempre en voz alta, al fotógrafo free lance contratado por la institución.
Ya que el concepto de cambio está en boga, pienso que no se lo debe esta utilizar solamente en el discurso del Gobierno sino también dentro y fuera de las empresas, sean privadas o públicas.
Los relacionistas públicos deben tener claro que los medios y los periodistas buscamos y nos nutrimos de noticias y que su función, además de reflejar una buena imagen de empresa, es facilitar el camino para que la prensa obtenga la información.
Pero la verdad es que con los dedos de las manos los reporteros podemos indicar nombres de relacionistas que son profesionales. Espero que en la medida que se dan pasos hacia el cambio de la matriz productiva, los profesionales de la comunicación también mejoremos por un mañana mejor.
Fíjate que dentro de la misma empresa pública hay relacionistas que no aciertan. Hay unos que parecen deleitarse cuando interrumpen a la autoridad (a sus jefes) justo cuando están ofreciendo la entrevista o conferencia de prensa. Claro, también puede ser que sea previamente conversado…
”.

En la conferencia a la que asistió Paula, ella podría decir, como el ensayista Ramón Reig, “siento que soy libre, pero no lo soy”.
Paula es una víctima de un sistema burocrático (privado y estatal) que viene desde dos vertientes: la formación del relacionista público como persona, como ser humano (cultura doméstica) y la deformación en la universidad por culpa de profesores que, además de ser simples comelibros -porque no han ejercido en verdad la profesión-, no se preocupan en verdad de enseñar a sus estudiantes.
Como confiesa Reig en su libro El periodista en la telaraña, “los profesores solemos estar metidos en nosotros mismos y en nuestros asuntos, no pocos ajenos a la universidad misma. Aburrimos a los alumnos, nos negamos a comprender sus contextos. Por su parte, los alumnos reciben mensajes monocordes, miopes, inmediatistas (…). El resultado es una universidad dormida, a veces agonizante. Y eso se extiende después a la sociedad”.
Lo que me cuenta Paula, desde su experiencia cotidiana, ratifica de manera contundente lo que dicen los académicos citados en este post.
¿Qué aprendieron las tres relacionistas públicas en la universidad?
¿Cómo obtuvieron sus títulos?
¿Quiénes y de qué forma las seleccionaron para manejar la imagen de la institución?
¿Qué capacitación y qué retroalimentación reciben de su trabajo en relación con el aporte que tienen la obligación de entregar a los reporteros?
La crisis global del periodismo, en general, también tiene mucho que ver con esta crisis específica. Y los ciudadanos que se alimentan de noticias por el medio donde trabaja Paula, son los grandes desinformados, es decir, los grandes estafados y perjudicados.
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Foto-arte de Olaf Martens