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Kris Lewis
Termina la película La familia Bélier en el Multicines del CCI y te quedas con sensaciones maravillosas frente al Otro, a ese desconocido Otro que tanto odiamos, aborrecemos o ignoramos porque no lo conocemos, no lo comprendemos, no lo toleramos.
Termina con certezas, como la absurda discriminación a las personas sordomudas, con pasajes de humor, con las clásicas incomprensiones, torpezas y emoción frente al sorpresivo amor adolescente, con una magia de voces y canciones hermosas salidas de dos apacibles personajes y su maestro, con la esperanza de que la vida sí es posible y la familia sí es posible y el renunciamiento paterno y materno sí son posibles y deben serlo cuando la hija o el hijo tienen un don, un talento que debe florecer, un futuro al cual puedan mirar de frente.
En la sala de cine estamos, apenas, Gaby, yo y ocho personas. Las otras salas, donde pasan películas de héroes hollywoodenses o de dibujados animados tipo Pixar, están llenas.
Cientos de asistentes devorando guiones repetitivos e inverosímiles, fundas gigantes de canguil e híper vasos de Coca Cola?
El crítico argentino Pablo Scholz asegura en diario Clarín que “lo mejor de La familia Bélier (donde papá, mamá y hermano menor viven en el mundo del silencio y solo Paula puede oír y hablar) es que “todo está contado desde el humor, la emotividad llega tamizada y no resulta edulcorante puro. Porque abre distintas vetas e historias, y todas son como encantadoras”.
Sholz aclara que el único sordo de verdad es Luca Gelberg, el hermano menor de Paula, ya que François Damiens y Karin Viard (los padres) debieron aprender el lenguaje de señas durante cinco meses, lo mismo que la protagonista Emera (surgida del reality La voz en Francia).
“La independencia, la familia, la adolescencia y el primer amor son todos tópicos abordados por esta comedia que llega sin bombos ni platillos, pero que bien merece ser recibida con ellos”.
Y la sátira política, también, cuando el padre decide ser candidato a las elecciones para alcalde y reflexiona que si la gente elige a un imbécil, ¿por qué no podría votar por un sordomudo?
¿Por qué estas películas tan cercanas a nosotros, tan de nosotros, tan de la gente (como nos gusta decir a los periodistas), no tienen asistencia masiva?
¿Por qué no se las promociona como a otras que giran alrededor de la estética de la violencia, ya sea en forma de leyenda o de realidad contemporánea?
¿Falta educación cinematográfica en el país o es “normal” que no se miren estos filmes y se aprenda más de la vida de los demás?
¿Somos extrarrestres los que gustamos de películas “raras”?
¿Será así en otras partes, en todas partes?
¿O será posible, algún día, cambiar el chip colonial y promover el “otro cine”, el que nos muestra en un espejo de cuerpo entero con nuestros prejuicios y nuestras fragilidades, el que nos enseña a ser menos inhumanos?
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Dibujo de Kris Lewis

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