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Natalie Shau I
En la peluquería estamos seis personas y las empleadas del local.
Hay un instante, un largo instante, en que cada uno mira su teléfono celular.
Uno chatea, dos leen mensajes, uno juega con alguna aplicación, otro revisa su página de Facebook. Otra persona, el twitter.
Solo se escuchan los sonidos de las tijeras, del lavabo cuando se abre la llave para humeceder el cabello de un cliente, de la puerta del baño.
Como una cobertura invisible, la música de alguna radio que a nadie importa.
Somos nueve soledades. Nueve hologramas. Nueve espías, cada uno investigándose a sí mismo sin descubrir nada más que su espejo en esas pequeñas letras de las pantallas titilantes.
Es como decirte: “Soy yo, mírame”, un “soy yo, mírame”, “existo”, “estoy aquí pero estoy allá”, al tiempo que absorbes tus egos y coqueteas inútilmente con ellos.
Estamos conectados todos, alcanza a balbucear alguien con un dejo de admiración y de angustia. Conectados con el mundo, subraya la cortadora de pelo, también pendiente, entre tijerazo y tijerazo, de lo que aparezca o suene o trine en su I Phone 6.
Pero ninguno de los que estamos juntos está conectado con el otro.
En ese pequeño mundo del wi fi no hay nadie más que tú mismo.
Solo teclas y pantallas y apps extraviadas en tus propios infiernos clandestinos, en tus temores y miedos, en tu incapacidad de sentir el tiempo que pasa, la vida que camina, en tu falta de ambición de ser alguien y tener a otro alguien a tu lado, en que no te das cuentas de que a tu lado el tiempo y la vida se van, para siempre, mientras miras claves, contraseñas, frases huecas.
Y lees los cientos de tuis de otros como si en realidad te interesara tanta basura que se escribe o se publica.
Y envías o recibes mensajes que se arrojan al vacío para que alguien, en otras teclas y pantallas y programas y apps, las recoja con la misma esperanza inútil que los recoges tú y tu incapacidad de entender que hay alguien allí mismo y que ese mismo, sin teléfono, en realidad eres tú.
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Ilustración de Natalie Shau