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Taxis
Y entonces decides que ya no va más esto de conducir tu auto por las congestionadas y agresivas calles de la ciudad y por las veloces y amplias y mortales carreteras del país.
No decides porque te da la gana, sino porque hay mucho criminal suelto al frente del volante y hay demasiados automóviles sueltos en las vías.
Y porque tu cadáver, aunque hayas hecho mal a alguien, no merece terminar abierto para ver si moriste por el golpe contra el parabrisas o porque el volante se incrustó en tu estómago.
Y porque te resultaría patético a tí mismo verte, después de lo que ocurre en el párrafo anterior, cosido en la mesa de cemento de una morgue policiaca.
Es la primera vez en mucho tiempo que te movilizas en taxi y descubres que, bueno, los señores encargados de conducir este tipo de vehículos -con las pocas excepciones que supones habrá- te cobran lo que les da la gana aunque tienen al filo de su ojo derecho el taxímetro o te revientan los oídos con decenas de bachatas que parecen la misma (¿por qué serán tan malas las mujeres en las letras bachateras?), o escuchan a unos señores que hablan de fútbol como si el fútbol fuera lo que no es y al mismo tiempo están pendientes de un horrible aparato llamado motorola o los más sofisticados se ponen moscas cada vez que se oye desde un extraño teléfono inteligente (?) “taxi”, “taxi”, “taxi”.
¿Cómo han desarrollado esa capacidad de escuchar tantas cosas al mismo tiempo?, le preguntas a tu psiquiatra, pero él te dice que la próxima cita no te recibirá si en lugar de consultarle tu nivel ansiolítico-paranoide vas a preguntarle sobre la calidad humana del taxero y las repercusiones psicomotoras de su vida en la sociedad contemporánea.
Cuando sales del consultorio, bajas los diez pisos que separan al psiquiatra de la realidad, apareces por la avenida y haces el clásico gesto de “no sea malito, pare”, extrañas un poco tu auto pero decides caminar, aunque en el trabajo te dirán que das demasiado tiempo para tí en lugar de darle demasiado tiempo a la labor productiva diaria que se convierte en un salario mensual que te permite sobrevivir cada año.
¿Y si sacas del garage el auto, le pintas de amarillo, te pones camiseta de cualquier equipo inglés (!) y te consigues una franela roja para no quemarte el antebrazo izquierdo y resuelves que a un hombre con tu nivel cultural debería gustarle la bachata y el reaggeton y no la música soft en inglés de los noventa y aguantas el horror de la motorola y tomas un pasajero según la cara de dólar que tenga, sin saber que es un delito penal no subir a la gente al vehículo cuando estás sin clientes y te conviertes en taxero de ti mismo, te maltratas, te cobras sin respetar el taxímetro y ni siquiera pones el aire acondicionado pese a que olvidaste rociarte las axilas con desodorante Axe?