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Monseñor Romero III
El Papa Francisco anunció el pasado 3 de febrero que beatificará y luego hará santo a Monseñor Óscar Arnulfo Romero, asesinado hace 35 años, el 24 de marzo de 1980, mientras impartía misa. Lo mataron fascistas de extrema derecha de El Salvador durante la guerra civil en ese país.

Este sábado 23, en la capital salvadoreña, sin presencia del pontífice, se realizará la ceremonia de beatificación.

Como arzobispo, denunció en sus homilías dominicales numerosas violaciones a los derechos humanos y manifestó públicamente su solidaridad hacia las víctimas de la violencia política.

Su asesinato provocó la protesta internacional en demanda del respeto a los derechos humanos en El Salvador.

Dentro de la Iglesia Católica se lo consideró un obispo que defendía la «opción preferencial por los pobres».

En una de sus homilías, Monseñor Romero afirmó: «La misión de la Iglesia es identificarse con los pobres, así la Iglesia encuentra su salvación» (11 de noviembre de 1977).

Monseñor Arturo Rivera y Damas, su sucesor, luchó para que Romero entrara en las candidaturas para santo.

Por ese afán de Rivera, en 1994 Romero fue nombrado, en la nomenclatura vaticanista, “siervo de Dios”, que precede a la de “beato” y luego a la de “santo”.

Pero, ¿el papa Francisco lo hará santo en el mismo rango que honra como “papa alterno” a Benedicto XVI, aliado de los nazis y creador de las teorías en contra de la teología de la liberación, que dejó fuera de la iglesia (sin mayúsculas) a grandes sacerdotes como Leonardo Boff y que resintió a Frei Betto, Gustavo Gutiérrez y Ruben Alves, entre otros, cuya práctica católica era coherente con el Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín de 1968?

¿Lo hará santo como lo hizo, a una velocidad que asombró a la misma burocracia católica, al hace pocos años fallecido “san” Juan Pablo II, que ayudó a EE.UU. en la guerra fría contra la URSS, que manejó la religión como arma geopolítica y que calló el tema de los curas pedófilos?

Yo prefiero que el papa Francisco no lo haga santo a monseñor Romero. Como habría preferido que no lo hiciera a Juan XXIII, casi ignorado por la historia católica contemporánea por los cambios profundos y revolucionarios que hizo en los años sesenta del pasado siglo.

Mi querido amigo y colega Pepe Mármol opina que mi visión es negativista, porque, dice, “el papa Francisco cada día nos da ejemplo de una vida evangélica y de coherencia con el Evangelio, y de buscar reconstruir la Iglesia como en su momento lo hizo Francisco, el de Asís. Sí, hay mucho que cambiar, hay muchos errores, pero, ¿no será mejor descubrir lo positivo que hay en nuestra humanidad?”.

Podría ser. Pero prefiero mi escepticismo a mi ingenuidad, esa ingenuidad que los hermanos cristianos de La Salle manipulaban con nosotros mientras adolecían de la peor enfermedad: ser incoherentes. Por eso abogo porque las cosas sean claras.

Monseñor Romero es mártir latinoamericano.

Es nuestro mártir.

Y es nuestro referente para luchar por los millones de pobres y hambrientos que habitan nuestro continente.

Monseñor Romero no necesita que la administración de El Vaticano quiera contentar a todos con la obsoleta escala inventada por algún funcionario al que le pidieron que diseñara un proyecto para que sea difícil que alguien llegue a ser santo.

Porque no es justo, -“no es de Dios” como dicen los jóvenes- comparar la acelerada “santidad” decretada por Juan Pablo II a favor de José María Escribá de Balaguer, mentalizador de la oscura organización Opus Dei, también de extrema derecha, con la lenta santidad, está sí, de monseñor Romero.

Escribá y Juan Pablo II, coincidentemente, fueron declarados santos (no sé qué milagro habrán hecho) en tiempo récord, mientras la decisión sobre monseñor Arnulfo Romero, que no hizo milagros sino que luchó junto a su pueblo, ha demorado 21 años. Y recién para “ascender a beato”. ¿Hay alguien que sospeche algo? Yo sí.

El padre Óscar Arnulfo no necesita títulos. Fue un hombre, como cualquiera de nosotros, que siendo la máxima autoridad católica de El Salvador no se unió a los ricos ni a los políticos ni a los militares corruptos, sino que todo su apostolado lo hizo, día a día, como miembro, como uno más de aquella iglesia de los pobres, tan estigmatizada y luego prohibida por decreto por Juan Pablo II y su asesor ideológico-estratégico, el fanático cardenal Ratzinger (luego devenido Benedicto XVI).

Romero fue un militante de los pobres que acompañó, vivió y sufrió las mismas necesidades de los más hambrientos, de los lisiados, de los desaparecidos, de los torturados, de los presos políticos, de las víctimas de una guerra de 12 años que el fascismo militar y las clases poderosas desataron en El Salvador para evitar que el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) tomara el poder y cambiara las estructuras de uno de los países donde se ha vivido una de las mayores desigualdades de la historia de América Latina?

El padre Óscar Arnulfo no alcanzó a ver que su semilla dio frutos. Una década después de terminada la guerra, el FMLN llegó al poder por la vía electoral y se mantiene en él luchando por transformar la nación.

Por eso pido, desde estas palabras sencillas, que monseñor Romero siga siendo mártir. No lo hagan beato ni santo.

No lo necesita.

Fue y es un mártir.

Para mí y para los pobres de El Salvador y de América Latina fue y es un héroe, una víctima, como lo fueron millones de humildes y miles de combatientes.

Él no mató a nadie.

Pidió paz.

Pidió que la prensa fuera equilibrada, que sea justa, que no apoyara a los asesinos de su pueblo.

Su clamor fue respondido con la certera bala asesina de un francotirador.

Mártir significa más, mucho más que lo que llamo, quizás con dureza coyuntural, quizás con precisión histórica, demagogia papal.
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Vea el video de The Project sobre Monseñor Romero