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Gabriel Wickbol
Ella le contó que está en un proceso de enamoramiento. Que lleva ya nueve meses y va adaptándose. Que anoche celebraron ese noveno “aniversario” y que fue muy bonito.
Él le respondió que estaba muy bien que se enamorara de alguien con quien armar una casa de dos.
Ella dijo que el único problema es que a veces no logra olvidar al “amor de su vida”, que solo duró tres meses pero que le dejó huella para siempre.
Él le refutó que “el amor de la vida” puede durar tres meses o 30 años, pero que pensara bien a qué le llama “amor de su vida”.
Ella respondió: “al amor que me marcó, que me dejó huella”.
Él le explicó que es aventurado calificar como “el amor de la vida” a lo que no es constructivo, motivador, solidario. A lo que no se edifica a lo largo de una etapa, corta o extensa, a lo que empuja a que ninguno de los dos deje de ser él mismo para convertirse en el mismo pero en otro.
Ella lo cuestionó porque está convencida de que el amor de la vida es el de las almas gemelas. Y que eso es lo que le da nostalgia y que eso es lo que quisiera con este nuevo amor.
Él le respondió que es falso aquello de las “almas gemelas”. Que sería como amar al espejo.
Ella se quedó perpleja.
Él le dijo que para que una pareja funcione no es necesario perder la identidad de cada uno. Por el contrario, añadió, lo maravilloso es que son dos individualidades que deciden ser pareja, pero cada uno con su esencia.
Ella replicó que cuando tuvo al “amor de su vida” fue como si estuvieran unidos desde lo umbilical.
Él río. Le dijo que aquel “amor de su vida” no fue más que una suerte de mellizos que nunca se separan y donde el uno vigila al otro para imitarlo y viceversa.
Ella calló. Se despidió y se fue porque debía encontrarse con su novio pero que ya no sería como antes, porque ahora tendría que decirle que el amor se construye ladrillo a ladrillo, con el ladrillo del uno juntándose con firmeza al ladrillo del otro.
Él se dio vuelta y se fue. Pensó en su amada. Sonrió cuando se dio cuenta de que aunque lo que han forjado hasta hoy es muy consistente, todavía les quedan muchos ladrillos por fabricar, todavía deben colocarlos con extremo cuidado hasta concluir, ojalá nunca, la hermosa y amplia y clara y alta casa imaginaria donde habitan dos seres concretos que siendo uno siempre serán dos y que siendo dos siempre serán uno y que la felicidad quizás sea eso, que uno más uno sean tres.
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Ilustración de Gabriel Wilbold