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Marwane Pallas
Cerré para siempre mi tarjeta de crédito Diners hace tres semanas, pagando todo lo que había que pagar por los más mínimos trámites.
Pensé que la pesadilla había terminado.
Por fin no tendría sueños húmedos con la tarjeta, pero húmedos porque me ahogaban los intereses y las cuotas y el pago sin tasas a tres meses y toda esa parafernalia que parece fácilmente llevable pero cuando se acumula se convierte en un infierno.
Al mediodía de hoy llegué a mi casa para almorzar y descansar un rato con mi Gaby y bajo la puerta encontramos un estado de cuenta que me advierte que si no pago 3,90 (tres dólares con noventa) por “interés con mora”, no cerrarán la tarjeta y seguirán corriendo intereses.
¿Intereses de qué, si ya la cerré, si ya no tengo nada que ver con ella?
¿Qué mora, qué atraso, si desde agosto pasado no he comprado absolutamente nada con esa seudo famosa tarjeta que dice llevarte al infinito y más allá, como BuzzLigthYear?
Son las reglas, caballero, dice una voz robótica autodenominada “Jaime” cuando llamo a realizar el reclamo.
Y repite dos veces, por si acaso no le haya entendido: son las reglas, caballero; son las reglas, caballero.
¿Las reglas que, por ejemplo, no respetaron cuando en agosto pasado me clonaron la tarjeta y algún comedido (¿de Diners mismo?) viajó con una supuesta tarjeta mía a Bogotá, comió en un restaurante famoso y compró ropa por un total de 3.700 dólares?
Aquel robo colmó mi siempre suspicaz relación con Diners, me indignó y bloqueé la tarjeta.
Y me puse a pensar en las noches.
¿Qué seguridad tiene un cliente de tarjeta?
¿Para que los clonadores se aprendan de memoria tu firma, tienen cómplices en los bancos emisores de las tarjetas?
¿Podemos confiar en la honestidad inmaculada de nuestros “jefes de cuenta”?
¿En qué manos están nuestros datos, nuestros registros de gastos, nuestros ahorros?
El lío se agravó porque en lugar de hacerlo ellos, yo tuve que comprobar tras un largo papeleo que no he viajado a Colombia hace más de nueve años y que ni pienso hacerlo.
Solo ese momento se compadecieron de mí y bloquearon la tarjeta “hasta investigar”.
La indignación por el suceso me decidió.
Iría a Diners, en sus altas oficinas de concreto y hierro en la avenida Amazonas, cerraría mi cuenta y nunca más.
Así lo hice.
La señorita que me atendió, sorpresivamente agradable en el trato, me dijo que con los papeles que presenté y con las firmas que registré “quedábamos totalmente divorciados entre la tarjeta y yo”.
Se despidió con pena, dijo, y fingió una sonrisa fabricada en algún curso de motivación y media training de atención al cliente.
Yo me puse feliz.
Nunca más me comunicaría con Diners y esta no me llamaría con sus voces robóticas ni para saludar por Navidad o Año Nuevo, ni para saludar por Navidad o Año Nuevo (recuerden que son voces pregrabadas, sin sentimientos ni personalismos absurdos para la banca contemporánea, así que por eso se repiten).
Pero ahora resulta que les debo tres dólares con noventa centavos “por concepto de intereses por mora”.
Luego de pensarlo unos minutos, acabo de pagar vía electrónica, por si acaso quieran hacerme algún problema. Preferí no ir a pagar en las ventanillas porque podría ahorcar a alguien.
Pero me he quedado con la indignación de hacer algo contra mi voluntad, consciente de que estoy siendo estafado.
A algunos de ustedes les pareceré exagerado. ¿Armar tanta bulla por apenas cuatro dólares?
Se equivocan. Multipliquen esos casi cuatro dólares por los cientos de miles de “tarjetahabientes” de esa tarjeta.
Es la millonada que todos los días, con cualquier pretexto, se meten al bolsillo los dueños de los bancos.
Y después, con una cara de bobitos, quieren ser respetados, admirados, queridos, reconocidos y populares.
Y algunos hasta pretenden llegar a la Presidencia de la República.
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Dibujo de Marwane Pallas