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Simon Siwak IIEn la avenida Eloy Alfaro me encuentro con un amigo. Empieza a caer la noche. Lo veo descompuesto. Frágil. Como si poco le importara la existencia. Como si la vida que circula a su alrededor no tendría sentido.

Me dice que no debería contar a nadie lo que le pasa, pero que si viene haciéndolo ya con el psiquiatra, ¿cómo no lo haría con un amigo?

Comenta que cada cita con su médico le cuesta 60 dólares y que en otros tiempos (no sé qué me quiere decir con “en otros tiempos”) habría protestado y exigido que alguna institución ponga freno a estos abusos.

¿Sobre la base de qué criterios te cobra 60 dólares un psiquiatra o un urólogo o un especialista en traumatología?

¿Quién pone las reglas? ¿Quién fija las tarifas?

Pero no, para qué, expresa resignado y con la mirada perdida en algún punto indescifrable de su propio espíritu.

Afuera oscurece. Con tino le digo que si quiere me cuente lo que le ocurre, porque no creo que su problema sean los 60 dólares. Tiene un trabajo y tenerlo no debiera ser el producto de su tristeza.

Cuando empieza a llover, en mitad de la noche, me pide que nos guareciéramos en una tienda de abarrotes. Él pide un sánduche con una cocacola. Yo, una botella de agua mineral con gas.

Nos sentamos en una especie de barra, de frente a una pared sucia, de color amarillento, con el único adorno de un calendario con fotos de flores japonesas y la publicidad de una marca de electrodomésticos.

Nada me anima, reflexiona en voz alta. Luego me mira. Me pregunta: ¿y a ti?
Le respondo que yo no soy el tema, que me cuente más de él.

¿Sabes cuántas decepciones llevo sobre mis hombros?, manifiesta en un tono discursivo de tarima.

Lo recuerdo, entonces, cuando era quien lideraba nuestro taller de literatura, las lecturas de novelas, poesía y ensayos políticos. Nuestra revista que apenas pudo circular cuatro números, nuestros libros cuyas primeras ediciones fueron un fracaso pero, al final, salieron, produjeron cierta bulla en la prensa, hubo uno que otro debate.

Yo ya no escribo. No escribo nada. Lo dice como si estuviera leyendo mis pensamientos. ¿Y tú? Sé que sí, aunque no he leído ninguno. Mejor dicho, ya no leo nada.

En la derrota de este hombre que tengo a mi lado y que come despacio un sánduche inútil (pan blanco, queso crema, un pedazo de tomate y un cuarto de hoja de lechuga) y bebe sorbos de cocacola me veo a mí y siento una extraña percepción de que quien está conmigo soy yo mismo.

Pero no. Es otro. Es el “otro”, como dicen los sociólogos y los teóricos de la comunicación social.

Deja a medias el sánduche y bebe a grandes sorbos la cocacola hasta terminarla. Afuera llueve con intensidad casi salvaje. Quito se vuelve hostil, más que de costumbre, un lunes por la tarde.

La tristeza cuesta 60 dólares y un montón de pastillas, susurra mientras observa la imagen de la flor en el calendario.

La flor parece oscurecerse, como la noche, allá afuera. Como los truenos. Como los relámpagos. Como la lluvia que no cesa.

¿Tú crees -me pregunta- que suicidarse no cueste?

Recuerdo a Iliana, una amiga querida. Hace unos 20 años me la encontré en un bus. Estaba bella, como siempre, pero pálida. Tenía la misma mirada de mi amigo. Me senté a su lado. Se puso a llorar. La abracé. Le dije que me iba a casa a visitar a mi madre y le pregunté si quería acompañarme.

Iliana me dijo que no. Que tenía mucho por hacer ese día. Que iría en el bus hasta el final del recorrido y luego regresaría en el mismo bus hasta el final del recorrido contrario y que eso haría hasta cansarse.

Una semana después supe que se había suicidado. Y lloré por mi incapacidad de ayudarla, de entenderla, de percibir que algún fuerte sismo le estremecía el alma.

¿Tú crees -me pregunta de nuevo mi amigo- que suicidarse no cueste?

Lo miro. Le respondo que no lo sé. En lo más profundo de mí quiero que me diga que está viviendo una pesadilla y que ya pasará.

¿Puedo ayudarte? ¿Qué te parece si salimos, dejamos que la lluvia caiga sobre nuestros hombros y nuestras cabezas y vas contándome lo que te ocurre?

No, replicó. “Voy de vuelta donde el psiquiatra y le pediré que me devuelva los 60 dólares. Miraré su rostro de desconcierto. De avaricia. ¿Estará el médico dispuesto a ceder 60 dólares a un paciente a quien ya lo vio, ya lo escuchó, ya lo aconsejó y ya le recetó? Y, además, le diré que he decidido suicidarme, así que de nada vale su tratamiento”.

No creo que valga la pena, balbuceo casi sin saber qué más decir. Nos quedamos en silencio.

Él se pone de pie, retira el banquito donde estaba, observa mi actitud.

Adiós, me dice. Yo me quedo sentado. Y yo ya no sé si nada es cierto.

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Ilustración de Simón Siwak