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Mujica, frase y foto

Aquel hombre llamado José Mujica, llamado también Pepe Mujica, tiene un don que pocos hombres poseen: conservarse a sí mismo, con el espíritu simple y altivo. Por eso no lo cambiaron ni la humillante cárcel ni el máximo poder.

Estuvo años en prisión, en las peores condiciones en que puede estar un ser humano despreciado por quienes eran los dueños políticos y militares de Uruguay.

Fue torturado, acosado, amenazado.

Pasó encarcelado cinco años sin salir de su celda.

Sintió muchas veces que la muerte se venía.

Pero cuando salió de la prisión no se propuso vengarse.

Se propuso seguir aportando a su país con sus ideas y con su lucha por los pobres.

Sabía que la opción armada había quedado atrás: muchos compañeros murieron, desaparecieron, se fueron al exilio.

Pero dejar la opción armada no quiso decir dejar de ser revolucionario.

Y lo siguió siendo. Y lo es. Y morirá siéndolo.

Y su sueño, cuando muera, será más plácido que antes.

Y esa palomita que dará vueltas alrededor de sus cenizas le contará todos los días que Nuestra América cada vez es más digna y cada vez es menos humillada.

Por eso Pepe Mujica me recuerda tanto al líder sudafricano Nelson Mandela.

Mandela pasó 27 años (toda una vida) en prisión y cuando salió de ella jamás pensó en la venganza ni en la revancha.

Ni contra sus carceleros ni contra sus torturadores ni contra el poder blanco que quitó todos los derechos a los negros, nativos de una Sudáfrica invadida por holandeses e ingleses.

En enfrentamientos armados, Mujica fue herido de seis balazos. Apresado cuatro veces y, en dos oportunidades, se fugó de la cárcel de Punta Carretas.

En total, Mujica pasó casi quince años de su vida en prisión.

Su último período de cárcel duró trece años, entre 1972 y 1985.

Fue uno de los dirigentes tupamaros que la dictadura cívico-militar tomó como «rehenes», lo que significaba que serían ejecutados en caso de que su organización retomara las acciones armadas.

En esa condición, pautada por el aislamiento y por duras condiciones de detención, Mujica permaneció once años.

Pero cuando quedó libre, Mujica, al igual que Mandela, pensó en un futuro de paz y pensó en la misma palomita.

La misma palomita que en su tumba le contará cosas de Pepe, aún vivo, y le susurrará al oído que su ejemplo, el de Mandela, también sigue vivo aunque su cuerpo ya no esté en la Tierra sino debajo de ella, sembrando y dando frutos de esperanza y armonía entre los seres humanos.

El viernes 5 de diciembre fue una fecha inolvidable para los ecuatorianos. Vino Mujica. Pudimos escucharlo desde tan adentro, vivirlo como si fuera un padre, un consejero, un hermano mayor.

Entender cada mensaje, cada frase, cada pensamiento que quiso dejarnos y nos dejó.

Entender que allí, en la multitud que copaba el Centro Cívico, miles de palomitas invisibles sobrevolaban nuestras cabezas con las palabras de ese hombre tan distinto a los demás.

Tan distinto que no llevaba corbata. Que no vestía traje oscuro. Que traía una leva envejecida porque no le tocaba más, contra su voluntad, que vestir algo formal, aunque muy diferente a los elegantísimos trajes de sus colegas, mandatarios de los países de la Unasur.

Ese hombre que cuando el presidente Rafael Correa le puso en el cuello y en el pecho la Gran Cruz, agradeció y abrazó la ovación, pero segundos después se quitó la Gran Cruz con un gesto de “yo no merezco este tipo de cosas” y se la guardó en el bolsillo, como si fuera cualquier cosa, porque para él, sin soberbias ni arrogancias, la mejor condecoración ha sido y es existir, ha sido y es tener la vida.

Aquella vida que la vivió desde la cárcel, con la modestia más sombría pero digna.

Aquella vida que la vive, aún, en sus últimos días en el palacio de Gobierno de Uruguay, con la modestia más serena, siempre digna, sin guardaespaldas, sin autos blindados, sin pelotones de soldados que lo custodien, sin parafernalias estrambóticas de seguridad, sin ningún privilegio que lo diferencie de sus compatriotas.

La prensa mundial, entre el morbo y la admiración, nos ha mostrado su viejo Volskwagen celeste en el que se traslada todos los días desde su chacrita rural al palacio de Gobierno.

Nos ha mostrado el día en que le acercó un pordiosero y le pidió comida y él lo invitó a comer en un local cercano.

Nos ha mostrado la perra coja que recogió un día en la calle y que él ama tanto. ¿Por qué –ha dicho- para la prensa es noticia que un ser humano sea un ser humano?

Nos ha mostrado a un hombre con la serenidad como bandera, llena de colores apacibles, que nos desafía y nos reta -con tono paternal, con el tono de que los errores pueden corregirse en la vida propia y de los que vienen después que él-.

Nos reta a que asumamos un compromiso con la vida y en la vida, que no la dejemos pasar entre las intrascendencias y las dudas, que asumamos ese compromiso desde el tomar partido, desde el no ser neutral, desde la necesidad de luchar por la mayoría, por los desposeídos, por los marginados, incluso pareciéndonos a ellos en nuestra forma de existir.

Por eso el Volskwagen, el pordiosero, la perrita con tres patas, la chacra que en ningún caso es hacienda, como sí lo ha sido para muchos presidentes y expresidentes latinoamericanos que en el ejercicio del poder se fueron corrompiendo y terminaron con inmensas fortunas, dueños y señores de las mejores haciendas y de las mejores residencias en sus países, dueños y señores de las cuentas bancarias más caudalosas en Suiza.

Pepe Mujica no es un hombre como nosotros.

Algo lleva adentro (un ángel, un santo, un ser humano en armonía perfecta con él mismo, un convencido de que la humildad y la modestia son la esencia del verdadero revolucionario).

Algo que lo hace inmenso en su estatura pequeña.

Algo que lo hace impresionante en su aspecto sencillo.

Algo que lo hace un sabio en sus palabras sencillas.

Soñábamos desde hace tiempo tenerlo con nosotros. Tenerlo entre nosotros.

Y su venida a Guayaquil fue uno de los mejores regalos para quienes vemos que el cambio se hace así, desde el funcionario más puntual que en silencio llega a trabajar a su despacho, desde el campesino que trabaja la tierra, desde el hombre que maneja su viejo cacharro, desde el convencimiento de que no somos consumidores sino seres humanos, desde la convicción de que la vida no es atarse a una tarjeta de crédito ni a un sillón presidencial sino a un propósito alto y fecundo como es la más profunda revolución.

Se va del poder este domingo. Y, como dice él, pronto se irá del mundo. Los dos lutos serán inmensos. Nos hará falta, para siempre, no solo su palabra y sus consejos. No solo su integridad y su ética. No solo su manera de tomar decisiones valientes sin shows mediáticos ni complejidades.

Nos hará falta su faro, su luz, su guía.

Pero, al mismo tiempo, después de verlo y escucharlo aquel 5 de diciembre, jamás deberemos traicionar su legado, su bondad, su dulzura para proclamar que no hay otra forma de existir con dignidad siendo lo que uno es.

Siempre con la palomita girando sobre nuestras cabezas y recordándonos lo que estamos obligados a hacer.

Y a ser lo que hay que ser: vivir con sobriedad para que el peso de lo material, del exceso, del lujo, no nos quite jamás el sentido de la libertad como seres humanos.

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