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Pablo Lecroisey

Construyes. O digamos que intentas aportar a la construcción.

A veces se te desvía la fila de ladrillos.

O no rellenas adecuadamente la columna de hormigón.

O la plomada le falla a un compañero y algo queda torcido.

Sin embargo, construyes. O digamos que intentas aportar a la construcción.

Pero si eres honesto contigo mismo y con tu compromiso en el proceso, no culpas a nadie.

Buscas alguien que te enseñe y aprendes de la crítica de quien conoce más que tú.

Ese alguien te enseña cómo debes hacerlo bien.

Es ahí cuando es decisiva tu humildad para aprender y rectificar.

Entonces la construcción avanza con mayor eficacia y precisión.

Un día, cuando tu aporte es esencial, alguien te busca para que le enseñes. Y lo guíes.

Y lo haces sin prepotencia ni egoísmo.

Ahora la construcción es más sólida, aunque aún faltan muchos años para llegar a la meta.

Porque tú, como muchos otros, supiste admitir lo que eras y sabes reconocer, sin egolatrías, lo que hoy significas.

Porque nunca te produjo remordimientos ni vergüenzas ni arrogancias -aunque sí algunas decepciones- ser uno de tantos que, entre errores y aciertos, han venido aprendiendo a ser decisivos en la construcción infinita.

Pero también puedes optar por destruir. Formar parte de quienes intentan derribar las estructuras que se han levantado. Integrar las fuerzas que arman estrategias para tomar un combo y derrumbar paredes.

Y tendrías derecho. Pero lo más probable es que los ladrillos caigan sobre tu cabeza.

Y termines no solo destruyendo lo que te parece ajeno, sino destruyéndote a ti mismo.

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Ilustración de Pablo Lecroisey