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Aristegui, foto ITomado de Cuadernos Doble Raya, México

Por Wilbert Torre 

Hace unos años, en una de esas discusiones al final de una fiesta donde directivos y colaboradores de la revista Proceso lanzaban sentencias como si se tratara de cuchillos, Julio Scherer miró a los ojos a la célebre conductora de radio sentada en medio de todos y le dijo:

–Carmen, perdóneme, pero usted no es periodista.

Aristegui, recuerdan algunos de los presentes, se ofendió muchísimo.

Reportero nato que llevó a territorios temerarios el juego periodístico de entrar y salir no siempre ileso de los pantanos del poder, Scherer creía tal vez que sentada detrás de un micrófono, Carmen no hacía periodismo. La veía quizá como una comentarista crítica y aguda, pero no como una periodista de cuerpo entero, como era él, un sabueso de todas partes a la caza de información, un hombre que desayunaba, comía y cenaba periodismo puro.

Un tiempo después, en febrero de 2011, Aristegui soltaba al aire una bomba: “No es la primera vez que se habla del presunto alcoholismo del presidente Calderón”, dijo al dar cuenta de una pancarta desplegada en la Cámara de Diputados.

Lo que ocurrió es conocido por todos: Los Vargas, propietarios de MVS, echaron a Aristegui despertando la sospecha de que su despido era una orden de Los Pinos.

En medio del escándalo, entre algunos periodistas independientes ocurrieron acalorados debates. Se preguntaban si era ético lanzar al aire una pregunta sin que mediara una investigación y pruebas mínimas de lo que se cuestionaba.

Al sembrar la pregunta aquel día en su programa, Aristegui tuvo el cuidado de advertir que no era posible corroborar si Calderón tenía problemas de alcoholismo. Pero se trataba de un tema delicado –dijo– y era necesario saber si era cierto.

Unos días más tarde, el escándalo de su despido y los señalamientos de que detrás se encontraba la Presidencia, provocaron algo inaudito: que Aristegui fuera reinstalada.

Cuatro años después, sentados en una sala de MVS en una entrevista para la revista Gatopardo, le dije a Aristegui que a mi parecer existía una diferencia abismal en su forma de hacer periodismo, entre un golpe sin pruebas como la denuncia del alcoholismo de Calderón y la investigación impecable, rigurosa, atestada de elementos que la llevó a destapar el escándalo de la Casa Blanca de 7 millones de dólares propiedad de la familia del presidente Peña. ¿Qué has debido ajustar y corregir en tu trabajo? ¿Has sido injusta o inexacta? Le pregunté.

—No diría que me equivoqué en un asunto específico. No pretendo vanagloriarme de no tener equivocaciones. Si dije un dato por otro, no tengo problema en corregir. Sobre lo sucedido con el ex presidente Calderón y una investigación cabal como la de La Casa Blanca, yo diría que ambos tienen su peso y significado y de ninguno me arrepiento. En ambos me sostengo en lo dicho y en lo hecho.

—¿Por qué te pareció pertinente llevar la denuncia del alcoholismo de Calderón a la mesa?

—Se había presentado un suceso noticioso en la Cámara. Pero hubo un sobredimensionamiento por un berrinche presidencial. De no haber sido sobredimensionado por un presidente que se sintió ofendido por una pregunta, hubiera quedado como un comentario editorial entre tantos otros que se hacen en la radio y la televisión. El caso de Calderón tomó una dimensión extraordinaria por tratarse de una reacción desmedida del poder presidencial frente a una interrogante que no fue afirmación, de una periodista que consideró y sigue considerando pertinente preguntar.

—¿Fue un abuso de poder?

—Me parece que sí. Desde luego un abuso de poder, una acción absolutamente indebida de Calderón que generó una reacción muy importante en el auditorio porque creó un estado de cosas que permitió lo imposible de imaginar, mi regreso a la radio después de haber salido como salí. Ese hecho insólito fue posible entre otras cosas por la propia valoración de MVS de cómo habían sucedido las cosas, de un hecho específico con una dimensión pequeña, para mí, un comentario editorial sobre un hecho noticioso que se sobredimensionó y convirtió aquello en un gran conflicto entre la Presidencia y un grupo empresarial. Se me pedía una disculpa que no estaba dispuesta a dar porque no debía disculparme por algo que sigo considerando pertinente, que es preguntarle al poder lo que sea. Puede ser antipático, pero si un periodista no puede preguntar algo derivado de un suceso donde participaron legisladores, donde la situación provocó que se suspendiera la actividad del Congreso, pues entonces estamos en serios problemas. Se convirtió en un caso donde el poder político disgustado con la periodista exigió algo inadmisible que era que se arrodillara para satisfacer el enojo presidencial.

Aristegui no contó en esa entrevista que en años recientes emprendió una serie de ajustes y correctivos que le permitieron mejorar en mucho su tarea periodística.

De ser una entrevistadora nata y una periodista crítica que destapaba escándalos y se atrevía a preguntar lo que la mayoría de periodistas no preguntaban, aunque con frecuencia lo hiciera sin elementos, Aristegui se encontró en un tiempo relativamente breve presentando periodismo de investigación. Su programa adquirió mayor rigor y contenido.

La clave de esa mutación tiene un nombre: Daniel Lizárraga, un reportero veterano y reservado, de talante sereno.

Muchos años fuimos vecinos de escritorio en el periódico Reforma. Lo veía llegar muy serio, saludar con esa sonrisa tímida que se asoma en medio de sus anteojos y sentarse a la computadora para escribir un texto. Escribía dos líneas y las borraba. Escribía el primer párrafo y lo borraba. Escribía la mitad de su nota y la borraba. Así podía pasar el tiempo hasta que caía la noche y Roberto Zamarripa, subdirector del diario, nuestro jefe, bajaba a su lugar para apresurarlo.

Esa aparente inseguridad y su asistencia a talleres con prestigiados periodistas de investigación detonó en Lizárraga quizá la mayor de sus virtudes: el rigor. Releer diez veces un documento. Desconfiar de sí mismo. Saber dónde y cómo encontrar información. Verificar, verificar y verificar, un ejercicio casi inexistente en el periodismo mexicano.

***

Un día de mayo de 2013 cuando hacía las compras en la Comercial Mexicana de San Jerónimo, Rafael Cabrera, un reportero de 30 años, vio en la revista Hola un reportaje sobre la imponente casa de la familia Peña. La leyó y pensó: “aquí puede haber algo”.

Un año después Cabrera entró al equipo de investigaciones de MVS liderado por Lizárraga. Unos días más tarde ambos presentaron a Aristegui el proyecto de investigación de la casa de Las Lomas. “Carmen peló los ojos –recuerda Cabrera– y dijo: esto es una bomba atómica”.

Cabrera y otro joven reportero, Irving Huerta, emprendieron una investigación de 8 meses. El cerebro detrás fue Lizárraga, que iluminó y guió sus pasos pidiéndoles indagar y confirmar; solicitó información al gobierno, interpuso amparos para liberar documentos negados y como un capitán se echó el equipo y el asunto a los hombros.

A lo largo del proceso el equipo presentaba reportes a Aristegui, que insistía en la importancia de verificar dos veces todo y no dejar una sola rendija suelta por donde se pudiera desacreditar la investigación. Al final, cuando estuvo todo listo, Carmen se sentó ante la computadora y escribió los tres primeros párrafos de la historia que a propuesta de Lizárraga fue bautizada como La Casa Blanca del presidente Enrique Peña Nieto.

***

Creo que el ciclo de Aristegui en MVS –terminé de escribir este texto al anochecer del domingo– ha llegado a su fin y me parece que debe aceptarlo. No creo en la opción de mantener un espacio libre solo porque sí, en un sitio que la ha censurado y volverá a hacerlo, presionado y acorralado en buena medida por el gobierno. Y menos aún comparto esa posibilidad si Lizárraga y parte del equipo que daba contenido al programa, están fuera.

El argumento de Los Vargas de que Aristegui cometió abuso de confianza utilizando la marca MVS para suscribir la plataforma Mexicoleaks es legal, pero tramposo: Los Vargas saben que una condición irrenunciable de Aristegui es y ha sido siempre, ahí y en todos los espacios que ha ocupado, la independencia editorial para decidir qué asuntos investigar y presentar a la audiencia, cómo hacerlo y tomar otras decisiones. Así lo ha definido siempre y así se lo han aceptado.

Esta circunstancia abre una oportunidad para el periodismo y para los periodistas. Para que haya menos periodismo de denuncia y más periodismo de investigación.

–Carmen, perdóneme, pero usted no es periodista.

Dijo Scherer hace unos años y ahora es oportuno reflexionar sobre el polémico juicio formulado por el más polémico de los periodistas mexicanos.

¿Carmen Aristegui es periodista?

Se puede decir que Aristegui es más periodista que muchos que se dicen periodistas porque se codean con el poder, obtienen información privilegiada, reciben un trato privilegiado y hacen del periodismo un negocio. O se puede decir que no es periodista porque no hace periodismo en la concepción que se tiene del periodismo más clásico.

Creo que Scherer estaba en lo cierto –así la veía desde su propia definición de periodismo– pero estaba equivocado.

Aristegui no es quizá una periodista de cuerpo completo, una de esas que recorren un país y otro entrevistando personajes, reportando guerras, investigando y obteniendo documentos, escribiendo crónicas en sitios peligrosos, entrando y saliendo de las entrañas del poder para contarlo. Pero representa, en contraste, una concepción moderna del periodismo: lejos del poder y cerca de la sociedad.

¿Qué representa este episodio para el país y el periodismo?

El descubrimiento de que hoy más que nunca el periodismo debe ser un experimento donde se funden y complementen distintas características y habilidades, ante el acoso del poder para acallar el periodismo independiente.

¿Podría haber existido el gran reportaje de la Casa Blanca sin el trabajo de periodismo de investigación riguroso y de largo aliento de Lizárraga, Huerta y Cabrera?

No.

¿Podría haberse conocido el gran reportaje de la Casa Blanca sin la decisión de Aristegui de utilizar su espacio para detonar estos asuntos?

No.

¿Son más periodistas unos que otros?

No.

Son complementarios.

“El tema de la censura está ahí y el de la autocensura más”, me dijo Aristegui en la entrevista para Gatopardo. “Pese a la reforma en telecomunicaciones tenemos un sistema duopólico que no favorece el ejercicio libre del periodismo y las ideas. Ya veremos si la digitalización le da a México un modelo distinto”.

En estos momentos de definiciones para el periodismo me hago una pregunta capital:

¿Por qué Aristegui no se prepara para abrir cuando las condiciones se lo permitan su propio espacio radial, en vez de caer en un conflicto tras otro con empresarios que solo ven por sus intereses y no por el interés del país?

Es muy posible que en el momento de la lectura de este texto haya sucedido que Aristegui esté fuera una vez más de la radio o –altamente improbable– que MVS reinstale a Lizárraga y Huerta y retire el documento que impone condiciones a su trabajo, una carta abierta para censurarla.

Lo que suceda o haya sucedido con Aristegui representará algo clave: la voluntad del gobierno de Enrique Peña Nieto a aceptar o no el periodismo crítico e independiente y sus consecuencias.

Aristegui es con seguridad la más visible, pero no es la primera ni será la última periodista censurada en este país. Los medios están repletos de periodistas afines al poder y las calles llenas de periodistas cuya crítica e independencia les niegan espacios en la mayoría de medios

Periodistas como Daniel Lizárraga, director de orquesta en la investigación de la Casa Blanca, que todos los días, desde donde se encuentren, darán la batalla por cambiar y hacer de México un mejor país.

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Fotografía tomada del portal oaxaca.trespuntocero