Guenter Knop I

Se llama Soraya, tiene una edad indescifrable y secreta (¿45?, ¿50?, ¿55?), es soltera (jamás habla de novios posibles o reales y el amor de pareja es un secreto o un desierto), es huérfana de madre -un tema del cual prefiere no hablar-, tiene dos hermanas en España y otra en EE.UU., migrantes forzadas por el devastador asalto bancario privado y la crisis económica que pauperizó más a los pobres y la clase media en los años 90.

Vive con su padre, Clemente, en la ciudadela Santiago, en el sur de Quito. Y sufre en silencio por dejar solo cada mañana a ese hombre de más de ocho décadas.
Todas las mañanas, de lunes a viernes, madruga para bañarse, arreglar la casa, vestirse, maquillarse. Salir.

Desayuna, cruza la ciudad a esa hora siempre gris y fría, en buses de 25 centavos la tarifa y donde parece que no cabe un pasajero más, pero el chofer, ambicioso y estresado, detiene el vehículo en cada esquina o en la mitad de cualquier calle para que suba alguien y busque espacio en esa suerte de atestada ratonera.

Una hora y media después la ciudad es otra. Calles amplias. Limpias. Edificios con guardianía. Veredas con árboles.

Mientras sube la enpinada cuesta, observa enormes y flamantes complejos de departamentos con spa, gimnasio, piscina, sala de cine y teatro, lavanderías y espacios verdes comunales, autos gigantescos 4×4.

Sube a pie unas cinco cuadras, llega a un antiguo edificio del norte y asume su rol de empleada doméstica a medio tiempo. O cuarto de tiempo.

En menos de tres horas lo hace todo. Prepara el desayuno. Empieza a cocinar. Recoge la ropa sucia. La pone en la lavadora. Deja servido el desayuno. Sigue cocinando. Pasa la ropa de la lavadora a la secadora. Tiende la cama de la habitación. Seca el piso del baño luego de que la pareja que vive alli se ha duchado. Limpia. Barre. Pasa un trapo por los muebles. Disfruta de su labor. Ríe cuando Él hace una broma. Cuida que Ella coma todo lo que le prepara.

Son las 11 de la mañana. Se cambia de ropa y sale en busca de la calle y del bus y vuelve a cometer la hora y media que le toca cruzar la ciudad hasta su casa.

Llega. Verifica que su padre haya tomado las medicinas y se haya colocado los audífonos contra la sordera. Es parte de su destino, cree ella, convencida de que es su responsabilidad mayor con la Virgen María y con Diosito.

Juega cinco o diez minutos con su perra Muñeca, una pequeña y larga gipsú de dos años de edad. Va a la cocina y prepara el almuerzo para ella y Muñeca.

Don Clemente come en un minirestaurante junto a la casa, porque el almuerzo para él es a las 12 en punto, ni un minuto más ni uno menos.

Son las dos de la tarde y Soraya se recuesta en su pequeña cama de una plaza y hace una llamada a un sobrino desde su pequeño celular de última generación.

Aunque aún no entiende algunas “apps”, le fascina el nuevo teléfono, regalado por sus ¿jefes? (¿cómo era posible que antes se les debía decir “patrones” a ellos y “criada” o “muchacha” a gente como ella?).

Repasa su vida actual. Gana un salario más alto que el de muchas otras empleadas que conoce. Está afiliada al Seguro Social. Se pregunta por qué. No entiende si eso se llama suerte. O trabajo eficiente. O casualidad.

Se levanta y se mira en el espejo. ¿Es ella misma? ¿Es ella misma la que hoy tiene dinero guardado en el fondo de un armario, dinero que le sirve para tener la libertad (sí, ¿por qué no llamarlo libertad?) para salir más tarde al Centro Comercial del Sur y comprarse una blusa, un saco, un par de zapatos número 32, un kit de maquillaje, un edredón, algún antojo de dulce, la comida de la semana.

Cuida que su aspecto siempre sea impecable, en casa y afuera. Cuida de alimentarse bien. ¿Ella, alimentándose bien? ¿Cuándo podía hablar de eso antes? ¿Hacer eso?
Quizás porque hay algo o alguien (¿ella misma? Sí, ella misma) que le ha hecho entender que la dignidad es el valor humano más importante de su existencia solitaria y solidaria.

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fotografía de Guinter Knop

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