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Guerra I

Y si no puedes odiar, ¿qué harás con esa persona o esa institución o ese algo monstruoso que te atormenta, te ataca, te impide dormir tranquilo, te acosa, te mantiene en vilo, quisieras matarlo aunque sea en la imaginación para que ya no te mortifique?

Cuentas a tus amigos, a tus parientes, a la gente de confianza y cercanía y todos te aconsejan lo mismo: la revancha.

Odiar entonces cobra sentido: dejas de estar contra la pared, dejas de sentir que la pesadilla cotidiana podría desaparecer, dejar de obsesionarte con el miedo y asumes que la venganza borrará para siempre el objeto de tu odio.

Pero, ¿qué podrías hacer? ¿Matar? ¿Cómo?

 

Claro que existen muchas maneras de hacerlo, sin embargo, ¿tú cometiendo un crimen? ¿Tú segando la existencia de alguien? ¿Tú prendiendo fuego a una institución? ¿Tú ejerciendo el rol de dios y de satanás?

¿Tú planeando el momento, el lugar, la forma, el método, la manera de que nadie más se entere para quedar impune, inocente o como quieras llamar a esa condición post-criminal en la que decidiste convertir el futuro?

El odio te esclaviza. ¿Te has puesto a pensar en ello? El odio te encadena. El odio te centra en una fijación de la cual eres su esclavo, su siervo, su peón, su bestia de carga.

Así que míralo del otro lado: no puedes, no quieres odiar. No puedes envilecer tu espíritu. No puedes envenenar tu conciencia. No puedes (en realidad, no quieres, no le encuentras razón) ejercer la revancha.

La vida es como un boomerang (me gusta escribirlo así, no búmeran) y tiene sus complejos e incomprensibles mecanismos de compensar, de devolver, de castigar, de hacerte ver que el objeto de lo que debería ser tu odio cae solo, se embarra en su lodo, se hunde en sus miserias humanas, se enreda y cae en sus propias trampas.

Odiar, entonces, no tiene sentido. Déjalo ahí. El boomerang siempre vuelve solo al lugar de donde lo lanzaron tu enemigo o quienes te hicieron daño.

Lo lanzaron contra ti, es cierto, y es probable que te haya golpeado muy fuerte, pero vuelve, siempre vuelve. Es su sino, es su esencia, es su razón de ser.

Porque si odias y actúas en función de ese odio habrás arrojado tu propio boomerang no en contra de nadie sino contra ti.
Y te volverás un esclavo, siervo, peón, bestia de carga del arma que disparaste.

El arma que volverá un día cualquiera, cuando menos lo esperes.

Y tu odio al otro o a los otros se volverá odio a ti mismo: serás tu propia fantasma, tu propia sombra que cobre formas y te alucine con lo que más detestas. Serás tu propia condena, tu propio carcelero, tu propio guardaespaldas.

Pero me cuentas que no puedes odiar. Y eso es bueno.

Nunca serás capaz, por tanto, de construir un boomerang y arrojarlo con toda la fuerza contra quien arruinó parte, algo, un pedazo tan esencial de tu vida.

Así que es bueno que sonrías. Hazlo.

“La vida solita se encarga”, decía tu abuela Mercedes.

Y Mercedes, que sufrió mucho desde que se quedó viuda muy joven porque alguien asesinó a su esposo para apropiarse de sus tierras, dejó que todo fluyera.

Y Mercedes murió en paz.

Nunca fabricó ni envió ni arrojó con rabia una maldición o, peor, un arma o un boomerang contra nadie.

Nunca pudo odiar.

Feliz. Serena. Pobre. Con lo justo para habitar la Tierra. Sin rencores.

Murió sin jamás mirar con miedo hacia el cielo o hacia atrás.