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Marwane Pallas Gallup y la felicidad

Leonardo Parrini nos informaba este martes 31 de marzo que, después de Paraguay y según la famosa encuestadora Gallup, Ecuador es el segundo país más feliz del mundo.

Gallup puede afirmar lo que quiera, pero decir que somos la segunda nación con mayor felicidad en la Tierra debe ser un truco publicitario o una broma pesada.
Uno se pregunta qué tipo de cuestionario y qué tipo de universo (número y clase de encuestados) utilizó Gallup para llegar a esa conclusión.
Imaginemos a quiénes y dónde preguntó: si en Guayaquil lo hizo en la isla Mocolí y en la zona más pudiente de Samborondón y en Quito lo hizo en la también zona más pudiente de Cumbayá, ciertos edificios de la zona de la avenida Eloy Alfaro y en el barrio Quito Tennis, podría creer a Gallup.
Esos ecuatorianos deben ser muy felices porque lo tienen todo: dinero, empresas, bancos (propios), los mejores servicios públicos, los mejores automóviles, en especial los gigantescos 4×4 casi tipo Hummer.
(Aunque, nunca se sabe, hay gente que teniéndolo todo arrastra un hueco insondable en su corazón).
Pero, bueno, regresemos al tema del principio. De lo que conozco, en el Ecuador las encuestas, no solamente las políticas, se hacen con “universos” en Guayaquil y Quito.
Si la encuesta fue hecha así por Gallup, en principio diríamos que sí, que los ecuatorianos son (no digo somos) muy felices, aunque siempre con el estigma del complejo de inferioridad (¿recuerdan cuando en la escuela nos enseñaban que nuestro himno nacional es el más bonito del planeta pero después de La Marsellesa, o sea, había que ser francés para realmente enorgullecerse de cantar el mejor himno del mundo).
Ahora, si nos ponemos a pensar con mayor cuidado, la pregunta de fondo es acerca de lo que es la felicidad para Gallup y lo que es la felicidad para nosotros.
¿Cómo podría medir la famosa encuestadora mundial que hace media hora fui feliz porque almorcé con mi esposa y mientras comíamos tomábamos decisiones tan relevantes para nuestra relación y para nuestro futuro?
¿Cómo podría medir la famosa encuestadora -que, de paso, a mí ni a ninguno de los conocidos de mi entorno nos ha preguntado nunca nada- que hace diez horas me alegró muchísimo conocer que a un colega y amigo al que quiero mucho le han propuesto que dirija un medio privado en el cual -puedo asegurarlo- él hará historia por el cambio y la excelencia que pondrá al servicio de ese medio?
¿Cómo podría medir la famosa encuestadora algo más relevante que un sí o un no soy feliz sino por qué o qué o cuándo o en qué casos o en qué situaciones siento que emano felicidad a borbotones?
Imposible, también, que Gallup (a menos que sus diseñadores de encuestas sean unos arcángeles elegidos por Dios a propósito de la Semana Santa) alcance a trazar parámetros de felicidad que excluyan la infelicidad.
Tan relativo todo esto. Ser feliz. Ser infeliz. Cuándo. Cómo. Por qué. En qué momento somos diez sobre diez en felicidad o somos diez sobre diez en infelicidad. En qué momento somos cero en felicidad y diez en infelicidad. O al revés: diez en felicidad y cero en infelicidad.
Tan absurdo todo esto. Como si una encuestadora publicara que los ecuatorianos somos los más cariñosos. O los más solidarios. O los más pacientes. O los más sensatos. O los más responsables. O los más soñadores. Después de Paraguay, claro. Y después de La Marsellesa.
¿Se pueden medir los sentimientos? ¿Con qué herramienta? ¿Una regla de tres? ¿Un compás? ¿Un geolocalizador? ¿Un detector de mentiras o polígrafo? ¿Un estetoscopio sobre la zona cardiaca? ¿Una película de Cantinflas? ¿Una amenaza de Obama? ¿Determinado precio del barril de petróleo? ¿Cantidad de contrabando que alcanzas a traer de Ipiales o Pasto sin que te pillen en la frontera?
Puedes estar enamorado y eso implica ser feliz. Puedes no ser correspondido. Y eso implica ser infeliz.
Pero, ¿qué ocurre si aún no te enteras de que no existe esa correspondencia? Un arcángel o un fantasma llamado Gallup te detendrá en la calle o golpeará la puerta de la casa y te preguntará si eres feliz. Y tú dirás que sí. Y pasarás a integrar la columna de la izquierda donde se registra el Sí en el sondeo.
Puedes tener un trabajo que te agrade y ganes un salario alto. Y eso implicaría ser feliz. Puedes estar a punto de que te despidan del empleo. Y eso implicaría ser infeliz. En ese caso, ¿cuánto de felicidad y cuánto de infelicidad existe dentro de ti?
Pero, ¿qué ocurre si aún no te enteras de que al final de este mes serás despedido? Un arcángel o un fantasma llamado Gallup te detendrá en la calle o golpeará la puerta de la oficina y te preguntará si eres feliz. Y tú dirás que sí. Y, como en el caso anterior, pasarás a integrar la columna de la izquierda donde se registra positivo el sondeo.
Apenas son dos casos de felices infelices. Dos que creen ser felices y están a punto de ser infelices.
O puede suceder lo contrario en esos dos mismos casos. Respondes “No” y resulta que la otra persona sí te corresponde (y eso te hace feliz) y que el empleo te durará hasta que te jubiles (lo que también te convierte en happy).
¿Tendrá Gallup alguna manera de rectificar su encuesta si suceden aquellas dos posibilidades de Sí?
¿Tendrá Gallup algún lugar adonde puedas acudir a solicitar que se cambie la respuesta que quedó consignada en la columna donde se sumaron los No?
Y si el estudio resulta así de confuso, ¿en realidad seremos los ecuatorianos los segundos más felices del mundo o los terceros o los primeros o los quién sabe en qué posición estemos ubicados en la encuesta más abstracta de la que se ha oído en estos tiempos?
Se me ocurre que lo mejor sería que nos pusieran en el último puesto. Así no nos quedaría duda que las cosas o situaciones más sencillas nos hacen avanzar, aunque sea de a poquito, a espaldas de ese extraño y sospechoso mapa mundial elaborado por Gallup International Incorporated.

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Dibujo de Marwane Pallas