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Libertad de prensa, un mito manoseado (FOTO) Alexandra Manukyan

Hay una creencia generalizada que es necesario analizar porque muchos la repiten como si fuera una verdad irrefutable: que en Estados Unidos la prensa, por más deficiente que fuese, puede decir lo que quiera y decirlo como quiera, sin que ello tenga consecuencias políticas o jurídicas. Y, claro, que cualquiera puede ser dueño de un medio.

Viéndolo desde el mito, el país del norte sería el paraíso de la libertad de prensa. Pero no es así.

El famoso científico social estadounidense Noam Chomsky, una de las voces más respetadas en el mundo, afirma que en su país existen al menos cinco filtros desde que se produce el hecho hasta que llega al público.

Cinco filtros. ¿En realidad podemos hablar de libertad de prensa?

De esos cinco filtros, el tamiz más difícil de pasar es el de la idea de que la información que llegue a la audiencia implique un elemento que se esconda entre los entrelíneas y llegue al inconsciente del público: existe el peligro permanente de que está por atacarnos un enemigo terrible y, por tanto, debemos cobijarnos bajo el manto del poder nacional.

En otras palabras, todos los medios de comunicación que hacen informaciones u opiniones deben manejar esa matriz ideológica como requisito tácito (ojo que digo tácito) en la producción de sus contenidos.

Chomsky, quizás sin proponérselo, también habla de otros modelos de comunicación en el mundo, por ejemplo un segundo filtro que usan los poderes políticos y fácticos y los gobiernos en muchas naciones:

“Siempre hace falta algo para asustar a las personas, para evitar que presten atención en lo concreto. Hay que encontrar el modo de sembrar el miedo y el odio para canalizar todo la furia, o al menos el malestar que generan las condiciones socioeconómicas”.

La información que le llega a la audiencia, por tanto, está muy lejos de ser “libre” y en la mayoría de países del mundo está expresa o sutilmente controlada por diversos factores.

Esos factores van desde los intereses de quienes manejan el Estado –que en el caso de EE.UU. no son los gobernantes sino quienes están más arriba de ellos: los grandes poderes económicos como la industria de armamentos, la del petróleo (como los productores internos y sus aliados en el mundo (Arabia Saudita, por ejemplo), la industria de los alimentos “fast food” y los grandes capitales sionistas que financian las campañas electorales norteamericanas a cambio de suculentas ventajas tributarias y de que Israel sea su letal Policía para vigilar en el Oriente Medio a los estados musulmanes y fundamentalistas).

El tema de si existe “prensa buena o mala” trasciende, entonces, los adjetivos calificativos.

Lo que en realidad tenemos que preguntarnos es a quién sirve la prensa, de qué lado está (porque también es falso el mito de lo objetivo, veraz e imparcial), quiénes la comandan, quiénes trazan sus líneas ideológicas y editoriales, a quiénes se debe, quiénes son sus propietarios y quiénes sus financistas, qué realidad exhiben en sus espacios y quiénes terminan siendo favorecidos con esos fragmentos de realidad escogidos desde las direcciones de los medios y desde las jefaturas de las salas de redacción.

“Lo que importa, en realidad, son los deseos y conveniencias de quienes poseen y controlan los medios de comunicación”, reflexiona Chomsky, porque quienes los poseen y controlan los usarán, en todos los casos, en su beneficio o en beneficio de sus aliados, estén a favor o en contra de un gobierno, de unas políticas estatales o de unos intereses que van desde el fortalecimiento de sus negocios mediante la venta de espacios publicitarios, hasta la consecución de ventajas como la influencia en las decisiones que toma el poder político mediante la colocación de personajes que en apariencia sirven al país pero representan y ejecutan aquellos intereses particulares.

Cuando los mandatarios autoalaban su modelo de democracia mediática, aseguran que en su país sí existe la libertad de prensa. En consecuencia, un modelo que no repita sus parámetros es aquel donde no existe democracia mediática y tampoco libertad de prensa.

Pero los gobernantes debieran reflexionar en profundidad cuán sincero y cuán real es lo que afirman, como nos hace pensar Chomsky (lo que va entre paréntesis es mío):

“La forma más inteligente de mantener una población pasiva y sumisa es cuando los medios limitan estrictamente el espectro de opiniones aceptables (escogidas por el aparato político o por los dueños de los medios, según la conveniencia de cada uno). Así permiten un debate enardecido sobre los temas de interés nacional, pero según cómo les conviene a unos u otros, fomentando las posturas más disímiles y críticas (y creando un escenario de aparente libertad de expresión)”.

“(Lo que no se dan cuenta quienes defienden la libertad de prensa en unos países y critican su falta en otros es que) así se genera la idea de que en los medios hay libre pensamiento, pero (pocos se percatan) dentro de los límites previamente impuestos al espectro del debate (desde el mismo poder mediático y desde quienes controlan y manipulan ese poder de enmarcar las fronteras de la deliberación)”.

¿En Estados Unidos no se compran medios para defender intereses particulares, como The New York Times y The Boston Globe se vendió a Jeff Bezos (el multimillonario dueño de Amazon.com) y un enorme paquete de acciones a Carlos Slim (uno de los empresarios más ricos del mundo, propietario de la telefonía celular Claro)? ¿Qué tan democráticos serán Bezos y Slim si un periodista de su medio se atreviera a tocar sus intereses económicos en un artículo o noticia?

¿O qué diremos de aquella prensa (toda la gran prensa norteamericana) que ocultó durante seis meses, por orden del corrupto presidente Nixon, las atrocidades del ejército de EE.UU. en Vietnam y la humillante derrota militar que sufrió el país más poderoso del mundo a manos de un pueblo heroico y digno?

¿De esa “libertad de prensa” (o de empresa) estamos hablando?

Preguntémonos, entonces, ¿qué es, entonces, la libertad de prensa? ¿Cómo funciona? ¿Quiénes determinan si su concepto idealista se ajusta a la realidad real?

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Ilustración de Alexandra Manukyan