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GG y RDB

Gustavo Garzón fue mi hermano en la poesía y el relato y la lectura y, por tanto, en la vida.

Con él, ambos veinticincoañeros, y unos 15 compañeros más (Huilo Ruales, Pablo Salgado, Galo Galarza, Alfredo Noriega, entre otros), hicimos la “maestría” en literatura durante tres años bajo la tutoría del querido maestro Miguel Donoso, quien no solo nos enseñó a escribir textos sino a que la escritura y la vida son actos de rebelión incesante.

Poco antes de terminar los 36 meses de taller, Miguel recopiló lo que para él eran nuestros mejores cuentos elaborados en esa etapa y editorial El Conejo publicó El libro de posta.

Y luego, como si fueran nuestras tesis de grado, bajo su mirada rigurosa e irreverente, Miguel y la Casa de la Cultura, dirigida por el mejor presidente que ha tenido la institución, Edmundo Ribadeneira, publicaron nuestros primeros libros.

El de Gus, a quien yo lo llamaba “el monstrito tierno”, se llamó Brutal como el rasgar de un fósforo, una serie de cuentos dedicados a los guerrilleros de aquellos años. El mío, Instrucciones para llegar al orgasmo (instrucciones que, en realidad, eran una provocación experimental, un intento de bofetada a la sociedad hipócrita y mojigata de aquellos años).

Cuando concluyó el taller de Miguel nos sentimos huérfanos, solos.

No había otra manera de seguir que juntándonos de nuevo.

Y entonces, Gustavo y otros compañeros (entre ellos Rubén Vásquez, médico, dibujante y poeta exquisito; Byron Rodríguez, periodista, novelista y un maestro de la crónica; y Ramiro Pérez, un personaje singular e indescriptible) fundamos nuestra propio taller y revista literaria, La Mosca Zumba, una expresión y un espacio de todo lo que aprendimos con el maestro.

Alcanzamos a publicar cuatro números. Todo un récord en el Ecuador.
Con orgullo recuerdo que nuestra mosquita más brillante en esa segunda etapa fue Lucrecia Maldonado, quien hoy es, sin duda, una de las mejores escritoras contemporáneas del Ecuador.

A Gustavo lo encarcelaron por supuesta tenencia ilegal de armas y la policía “antisubversiva” le robó su camioneta. Un año después quedó libre por falta de pruebas.

Luego de la cárcel quería terminar su doctorado en Literatura en la U. Católica y seguir escribiendo.

Rodrigo Borja (Izquierda Democrática) ya era presidente dos años antes. Y pese al simulacro que este hiciera al cerrar el tenebroso Servicio de Investigación Criminal (SIC) como un gesto de poner fin al pasado oprobioso, represivo y de terror de Febres Cordero, algún oscuro grupo militar o policial desapareció a Gustavo el 9 de noviembre de 1990.

Dejó unos diez o doce cuadernos con decenas de poemas, cuentos y un borrador de novela. Todo inédito hasta hoy, aunque existen ciertas ediciones de escasa circulación u otras que hizo el Municipio de Quito, pero que quedaron embodegadas para que se devoraran los roedores.

Con su madre, doña Clorinda, y grupos de amigos y compañeros, lo buscamos por todas partes. Los criminales del Estado no dejaron un solo indicio. Aprendieron a matar sin dejar huella.

Una vez fuimos al cuartel de paracaidistas en Latacunga, donde desde la época del conservador Osvaldo Hurtado ya torturaban a los detenidos por sospecha de rebelión armada.

No estaba allí. Ni acá. Ni allá. Ni en ninguna parte.

Nunca más apareció. Nunca más lo vimos.

Los funcionarios del gobierno socialdemócrata no supieron o no quisieron explicar por qué mantuvieron la estructura criminal-represiva de Febres Cordero.

Por eso yo acuso de la desaparición de Gustavo Garzón al presidente Rodrigo Borja. A sus ministros. A sus generales. A sus jueces. A sus fiscales. A sus diputados. A todos los que desgobernaron el país de 1988 a 2002.

Porque en este caso de tanta nostalgia no hay inocentes: el febresborjismo cometió el crimen perfecto.

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Fotografía: Archivo particular (a la izq., Rubén Darío Buitrón. A la der., Gustavo Garzón)

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