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Racismo revista TIME

La fuerza del periodismo es así.

Y lo es cuando asume la realidad con valentía, con decisión, con un proceso reflexivo interno en la sala de redacción en el que lo que prima es mostrarle a la sociedad frente a un espejo de cuerpo entero para que vea cómo se reflejan todas sus miserias.

“Un medio es una nación hablándose a sí misma”, decía el dramaturgo norteamericano Arthur Miller.

Y lo que ha hecho la prestigiosa revista TIME en su más reciente edición son las dos cosas: ponerle a la sociedad gringa un espejo de cuerpo entero y generar en esa sociedad un profundo debate acerca de sus propias hipocresías, prejuicios y actitudes mojigatas.

Con su portada, en apariencia tan simple pero en realidad tan estremecedora y contundente, TIME dice a Estados Unidos y al mundo que es solo un mito la democracia norteamericana cuando tocamos el tema de los derechos humanos, el racismo contra los negros o “afroamericanos”, la impunidad policial y militar, la igualdad, el cuento de que es el país de las oportunidades porque, supuestamente, en EE. UU. triunfa todo el que quiere triunfar.

Con un simple tachón de marcador rojo a un año simbólico, 1968, TIME cuenta al mundo y a su país la mentira de que en ese año terminó la larga e histórica lucha de los negros contra su discriminación, contra la falta de trabajo, contra la persecución de los fascistas del Ku Klux Klan (movimiento que defiende la preminencia de “la raza blanca” en su país), contra los asesinatos en masa, contra el desplazamiento de los negros a barrios marginales, contra el crimen a los líderes Marthin Luther King y Malcom X.

En Estados Unidos la segregación racial fue practicada como un hecho usual de la “sociedad blanca” hasta mediados del siglo XX, pero como resultado de la lucha por el Movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos se firmó la Ley de Derechos Civiles en 1964, en la que se prohíbe la aplicación desigual de los requisitos de registro de votantes y la segregación racial en las escuelas, en el lugar de trabajo e instalaciones que sirvan al público en general (“lugares públicos”) y en 1965 la Ley de derecho de voto.

Pero una ley no es suficiente. Los negros siguieron en su lucha por los derechos que ya estaban en el papel, pero no se hacían realidad.

Y de esa lucha surge el liderazgo de Marthin Luther King, asesinado en forma impune -de nuevo- en Memphis, el 4 de abril de 1968.

Los seguidores de Luther King reaccionaron con ira y rebeldía. Se tomaron las calles en decenas de ciudades estadounidenses. Fueron reprimidos con brutalidad.

Y cuando se pensaba que aquella lucha había tenido sus resultados, justo cuando el poder político lo maneja un negro de ancestro africano, el presidente Barack Obama, se suceden uno tras otro los asesinatos a jóvenes negros, la mayoría de ellos atravesados por las balas de los policías “blancos”.

El último incidente colmó la paciencia de una raza y un sector social heridos por la justicia no aplicada, por la falta de sentencia a los asesinos, por un poder que permite a los “blancos” y a su Policía cometer crímenes atroces.

Fue en Baltimore, en la Avenida Pennsylvania, donde se concentró la mayor parte de protestas tras la muerte bajo custodia policial del joven negro Freddie Gray.

Hubo motines, protestas violentas, comercios quemados y saqueados.

Como cuenta diario El País de España, “los casquillos de las granadas de gas usadas para implementar el toque de queda o la todavía fuerte presencia policial, reforzada por la Guardia Nacional que no se desplegaba en la ciudad desde 1968, recordaban que la situación dista aún de ser normal. Nadie baja la guardia en esta ciudad que seguirá bajo toque de queda entre las diez de la noche y las cinco de la mañana lo que queda de semana”.
La calma regresa tímidamente a Baltimore. Pero la rabia por la muerte de Freddie Gray, que está bajo investigación, sigue ahí. Y no se debe solo a la brutalidad policial contra los negros.
“Esto es por Freddie, pero va más allá de Freddie”, decía Malvin Towns, un joven afroamericano que en las protestas portaba una pancarta con el lema: “Freddie no murió en vano. Derechos civiles ahora”.
Una demanda ampliamente compartida en una ciudad donde la mayoría afroamericana -el 64% de la población- es mucho más pobre que la minoría blanca. Tan solo en el barrio negro de Gray, Sandtwon-Winchester, el 51% de la población activa está desempleada y el salario promedio es menos de la mitad de la media nacional.
“Frustración”, “ira” son los términos que más se usan para definir el estado de ánimo de los jóvenes afroamericanos en Baltimore.
Y ellos son los protagonistas de las protestas y disturbios en una ciudad incapaz de ofrecer a esta juventud salidas al círculo vicioso de pobreza, falta de oportunidades, drogas y cárcel en el que tantos se sumen. El 89% de la población carcelaria de Baltimore es negra, según el Justice Policy Institute. La mayoría no ha cumplido los 35 años.
Christiane Smith, una joven madre afroamericana, escuchaba junto a su hijo de cinco años estas discusiones. ¿La solución? “No lo sé -admitió- pero queremos que se haga justicia para todos los hombres que murieron a manos de la Policía. Y también para nosotros. Tenemos que hacer algo, tenemos que cambiar esto”.
Desde esas mismas calles, el congresista afroamericano Elijah Cummings llamaba a todo Estados Unidos a prestar mucha atención a las voces de Baltimore.
“Esta es la voz de los derechos civiles de esta generación y América debería estar escuchando”, sostuvo el demócrata. Si no, reiteró ante las cámaras de CNN el miércoles, “Baltimore puede volver a pasar en cualquier otro lugar. Y en cualquier momento…”.

Está visto. Quienes suelen ponernos a Estados Unidos como ejemplo de la democracia, la libertad y las oportunidades, están mintiendo.

Estados Unidos es un país enmascarado. Condena a las naciones por la falta de democracia y, sin embargo, no la ejerce a plenitud. Condena a las naciones por violar los derechos humanos y, sin embargo, allí se lo hace todos los días. Condena a quienes luchan por cambiar la sociedad y, sin embargo, su sociedad se cae en escombros por la falta de cambios, por los abismos sociales, porque los pobres son muy pobres y los ricos son muy ricos.

TIME nos ha dado una lección de civismo. Una lección de sensibilidad. Una lección de cómo los periodistas debemos conectarnos con la gente común.

Eso se llama periodismo.