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Foto Julio Villanueva ChangJulio Villanueva Chang es el editor de una revista hecha en Perú, una referencia obligada en el mundo. Estuvo en Rosario, dando una conferencia para periodistas y habló con Rosario/12.

Por Julia Comba*

Julio Villanueva Chang dice que la entrevista suele parecerse demasiado a un acto teatral. La mayoría de las veces, explica, se asemeja más a una trampa que a una situación de conocimiento. Pero esta noche, en el hotel Riviera, Chang va más allá y convierte esta entrevista en una experiencia en sí misma. Vestido con una camisa gris oscura y cargando un bolso de cuero marrón que le cruza el pecho, Chang baja de la habitación 418 y elige una de las mesa del lobby del hotel. Apoya su teléfono con cubierta de madera y abre su laptop para comenzar la conversación. Esta no es una entrevista cualquiera: Además de dos copas, entre el entrevistado y la entrevistadora median dos pantallas. La única condición para acceder a la charla, había pedido Chang, era que se realizara cara a cara, por chat. ¿Por qué el fundador de la revista más influyente de crónicas, perfiles y ensayos en toda Latinoamérica le teme al grabador?

Hace ya varios años que Villanueva Chang dio a luz a Etiqueta Negra, una publicación hecha en Perú, con diseño elegante, cuyo nombre suena a whisky caro y que se ha dado el gusto de editar a autores como John Lee Anderson, Juan Villoro, Ryszard Kapuscinski, Alberto Salcedo Ramos o Mario Vargas Llosa. Etiqueta Negra nació con un subtítulo bajo la manga: “Una revista para distraídos”. La definición lleva el sentido que le diera Octavio Paz: “Distracción quiere decir atracción por el reverso de este mundo”. Es decir, otro modo de estar atento. Desafiando las convenciones del periodismo, la revista se convirtió en una referencia obligada en todos los puntos del globo y su creador, el padre de la bestia, en una especie de gurú occidental.

-Actualmente, muchos medios gráficos y digitales diseñan para un “lector que no lee”. La propuesta de Etiqueta Negra es radicalmente diferente. ¿Qué modelo de lector imaginan detrás de sus páginas?

El aviso de un nuevo mensaje de Facebook suena en la laptop de Chang. La pregunta llega y él sonríe. Después frunce el ceño, su rostro se tensa y su sonrisa se esfuma. Una luz blanco azulina le baña la cara. Piensa. Escribe. Lee. Piensa. Borra. Escribe. Pasan varios minutos hasta que cree haber logrado exactamente lo que quería decir; recién entonces, aprieta Enter:

Un lector último modelo, es decir, un ciudadano que vive en tiempos en que Google ha convertido la curiosidad en lo más fácil del mundo. Ante él no podemos resignarnos a publicar historias e ideas que de antemano sabemos más efímeras que nunca. Siempre he creído que el lector, más allá de estos tiempos, es un enigma, un traidor y un infiel. No hay un lector modelo, menos una revista emblemática. Hay que experimentar todo el tiempo y la experiencia, como casi siempre, será de ensayo error.

-Pareciera que el modelo de lector de Etiqueta Negra coincide con el de esos otros medios y lo que cambia es la interpretación sobre cuál es la forma de captar su atención.

Así es. Desde hace unos años creo más en nuestra intuición. Como editor, intento intuir qué recuerdo y olvido más pronto y por qué me sucede. Para mí la renovación del periodismo está fuera de los tradicionales criterios periodísticos. Necesitamos más intuición, sentido común y encanto que estadísticas de ventas. Pero sobre todo, necesitamos recordar que lo que más producimos de todo lo que publicamos es, por una fatal paradoja, olvido e indiferencia. Y que el oficio se trata de buscar, casi desesperadamente contra el tiempo, curiosidad, memoria y crítica sobre lo que nos sucede.

-¿Por qué recordamos algo y olvidamos todo lo demás?

No lo sé. Sólo me queda intuirlo una vez que lo discutimos con un autor, o lo leemos en una primera, tercera o quinta versión que hemos ido mutando de un texto original. Es como entrar en un cinema con la película empezada: al principio te tropiezas con todo a tu paso y sobre todo con tus propios pies; al final, sigue estando oscuro pero al menos puedes entender más tanta penumbra.

-¿Etiqueta Negra sería algo así como una escuela de intuición?

No, no, no. Eso suena a esoterismo post New Age. Aunque dentro de la oficina, debo decirte que a veces, les cambio los apellidos a los editores: a Budasoff lo llamo Buda, a Zárate lo llamo Zaratrustra y a mí me conviene ser Chuang Tse.

-Algo de eso debe haber. Además de escritores desvelados, la revista tiene mística.

Cada vez que recibe una pregunta en su pantalla, Chang se transforma en el héroe de una película hollywoodense que debe cortar el cable indicado para que la bomba no explote ante sus ojos. Aunque no se lo ve sudar, la tensión está allí y recién cuandotermine de dar forma a la respuesta, con la precisión de un cirujano y la pasión de un artesano, se dará el lujo de respirar. Aliviado, entrelazará sus dedos, alejará su cuerpo de la pantalla y entregará su espalda a la silla.

Su fama de editor perfeccionista y obsesivo ha trascendido tanto como su nombre, al punto que Jorge Herralde, padre de Editorial Anagrama, lo definió como “un maniático del editing”. No hay nada que deje librado al azar: tampoco esta entrevista. Chang elije una modalidad extraña para ser reporteado, la única que le permite tener un tiempo extra para pensar las respuestas, corregirlas y no dictar sentencias apresuradas.

-¿Es la primera vez que estás en Rosario? ¿Qué te sorprendió de la ciudad?

Es mi primera vez, y como las primeras veces, estoy enamorado. Es, por supuesto, un estado de agradecimiento en medio de una falsa calma: vengo como un improvisado a dar una charla en el Sindicato de Prensa y van unos cien espectadores que no saben casi nada de mí y, sin embargo, más de la mitad, se quedan unas tres horas y media a tolerarme. ¿Es eso una evidencia de generosa curiosidad o de una alta tasa de desempleo?

Rosario tiene lo suyo y desde hace años quise venir. Me cuentan que allá afuera los narcos se están matando y que hay un hirviente caldo de cultivo de delincuentes. Que es muy posible que un cómico grosero sea gobernador de la provincia y espero que los periodistas estemos a la altura de entenderlo y recordarlo. En ese sentido, apenas soy un turista que pasa por aquí y preferiría mil veces más enterarme de cómo se organizan los periodistas y ciudadanos locales para producir menos olvido e indiferencia y leer crónicas singulares y conmovedoras sobre esta situación en lugar de ser un invitado a quien le regalan la camiseta del Rosario Central.

-Hace algunos años apareció revista Anfibia y también Orsai, que ya no existe como tal. ¿Qué opinión tenés sobre ellas?

Son revistas que siento de la misma familia, pero que cada una de ellas es singular en su búsqueda: Anfibia trabajando con cronistas y académicos para intentar entender qué está sucediendo en medio de un presente que a menudo es invisible; Orsai contando historias y apelando a un espíritu más lúdico y de producción en comunidad digital.

-¿Creés que existe el mentado boom de la crónica? ¿O la crónica sigue siendo algo endogámica, en el sentido de que las leen sólo quienes las escriben?

En verdad, pienso que no es asunto mío. Si existe o no, no me preocupa. Tarde o temprano, como en todos los matrimonios, el aburrimiento está garantizado. Todo lo que sube tiene que bajar.

-¿Y Etiqueta Negra está al margen de eso?

Hace unos siete años, publicamos un texto de Martín Caparrós titulado Contra Los Cronistas. En él Caparrós afirmaba que antes ser cronista era parte del margen y no del centro del mundo. Pues, es eso.

-¿Pensás que el periodismo impreso mudará indefectiblemente a lo digital?

Hace un mes estuve en Nueva York y durante quince días observé el comportamiento de los pasajeros en el tren subte. La mitad de los lectores jugaban videojuegos o escuchaban música desde su teléfono y la otra mitad tenían un libro de papel en la mano. La sorpresa es que la mayoría de los que miraban un artefacto impreso no tenían más de treinta años. No sé si habrá mudanza mayoritaria de lo impreso a lo digital, lo dudo. En tiempos en que lo tecnológico ha adquirido ya un sentido de naturaleza, las mudanzas no sólo son de ida sino también de vuelta. Tengo la sensación de que, aunque buena parte de nuestro tiempo nos la pasemos mirando la pantalla de un teléfono, algunos no podemos vivir demasiado tiempo sin tocar ni oler el papel. Por cuestión generacional, a mí me gusta consultar en la red y me gusta aprender en papel. En resumen, nos encantan las predicciones, pero, sobre todo, nos encanta equivocarnos con ellas.

Hay ciertas cosas que el papá de Etiqueta Negra no sabe: conducir, por ejemplo. Dice que tiene miedo de hacerle daño a otra persona. Tampoco sabe bien cómo es dormir durante muchas horas. El hombre que transformó sus anteojos pequeños con marcos de colores en una especie de sello personal, no duerme más de cinco horas diarias. La mitad de sus sueños ocurren mientras reposa en su cama, en Lima; la otra mitad suceden mientras pernocta en aeropuertos, aviones, hoteles y casas de amigos en diferentes puntos del mundo: cada año, Chang pasa cerca de seis meses fuera de su ciudad.

Además de lo dicho, Villanueva Chang tiene algunos otros puntos en su currículum: obtuvo el Premio de la Sociedad Interamericana de Prensa en crónicas, publicó los libros Mariposas y Murciélagos y Elogios criminales, dictó conferencias en decenas de instituciones prestigiosas y publicó textos en medios de todo el globo. Sin embargo, al elegir aquello que mejor ha hecho, no opta por ninguna de estos ítems: “Supongo que lo mejor de mí ha sido mi estilo de fracasar pareciendo que soy un hombre exitoso”, escribe en su Mac, sentado frente a la periodista.

El exigente editor no sólo es custodio de las palabras sino también de una extraña colección que, aunque aclara que no es una extravagancia, bien podría haber sido parte de las “ocupaciones raras” que Cortázar se inventó en Historias de Cronopios y de Famas. La tarde del martes en Rosario, Chang visitó la librería anticuaria de Armando Vites. Compró una revista Panorama del ’71, un libro de Victoria Ocampo, otros de Ezequiel Martínez Estrada y una nueva pieza para su muestrario: la primera edición en Argentina de Crónica de una muerte anunciada. Con este volumen, ya suman nueve las ediciones que el hombre de lentes de colores conserva de la obra de García Márquez.

-¿Pensaste alguna vez en operarte de la vista y no usar más tus lentes?

Cuando uno está en la playa o juega fútbol pero sobre todo cuando lee, se tropieza con el inconveniente de tener algo encima de las orejas y la nariz. Con el tiempo uno va adquiriendo cierto consuelo estético en elegirlos, los incorpora y se mete con ellos a la ducha o se queda dormido sobre ellos. Tengo tres anteojos, y cada uno de ellos está celoso del otro. De cuando en cuando, la sombra de un oculista radical nos aguarda tentador a la vuelta de la esquina.

-¿Cuál crees que es el mejor inicio de novela?

El de El Extranjero, de Albert Camus. Por lo conmovedor.

-¿Qué crónica te hubiera gustado escribir?

Una que no ha cesado de asombrarme y que pertenece al país de la ficción: Crónica de una muerte anunciada. Pero también Hiroshima, de John Hersey.

Ya casi es medianoche. Hace más de una semana que Chang dejó su casa y tardará otra más en regresar. En su heladera de Lima lo espera un poco de mantequilla francesa, un pote de helado de vainilla, lúcuma y fresa y una botella de Inca Kola pero ningún perro moviendo la cola. El incansable editor está algo cansado y la periodista promete que será la última pregunta.

En la charla que diste en el Sindicato de Prensa de Rosario, comentaste que García Márquez se enojó mucho cuando escribiste la crónica sobre él a partir de las entrevistas que tuviste con su dentista. García Márquez no daba entonces entrevistas y sospechaste que su enojo fue porque no pudo controlar el mito. En este momento estamos haciendo una entrevista por chat, cara a cara: ¿No crees que esta modalidad tiene que ver también con controlar el mito?

En primer lugar, para querer controlar el mito, primero hay que convertirse en uno. García Márquez escribió una obra que le permitió convertirse en un mito, casi en una alucinación, y, con una que otra excepción, decidió nunca más volver a conceder una entrevista. En segundo lugar, el género de la entrevista oral suele ser, con cierto tipo de preguntas, un modo muy propenso al error de explicarse a sí mismo. En ese sentido, el trabajo de editor con un cronista consiste en aprender a escuchar no sólo lo que dice, sino lo que ha querido decir y nunca dijo la persona que entrevista. No es transcribir al pie de la letra lo que dicen, sino sobre todo entender y traducir qué han querido decir. Sin embargo, es raro encontrar un cronista al que le preocupe esa diferencia. En general, una mayoría de periodistas trata a una persona como un asunto técnico: has dejado de ser una persona para convertirte en una entrevista. Yo mismo no siempre estoy muy seguro de lo que quisiera decir y a menudo acabo estando en desacuerdo conmigo mismo. No me siento cómodo con una entrevista al paso. Responder una entrevista por chat sólo es un modo de evitar más malentendidos.

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* Tomado del diario argentino Página 12