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foto prensa y ética

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La precarización, la flexibilización, la degradación profesional, el sometimiento a las leyes del mercado y la decadencia gremial son algunos de los males que sufre el periodismo al promediar la segunda década del siglo XXI.

La dignidad profesional de muchos trabajadores anónimos, la proliferación de comunicadores que buscan llegar a la audiencia a través de las redes sociales y de otras herramientas que ofrece Internet, los intentos de reorganización gremial y el fin de la sacralización de los medios configuran, tal vez, una perspectiva que despierta alguna esperanza por el futuro del periodismo.

Es un momento en el cual la libertad de expresión, la creación de ciudadanía y la responsabilidad social de los comunicadores han quedado sometidas al mandato de empresarios cuyos negocios se conjugan con intereses comerciales, políticos e ideológicos con raíces en en el poder financiero nacional e internacional.

Los procesos de concentración de los medios, las grandes sumas de dinero que los grupos destinan no sólo a multiplicar hasta el infinito sus redes de comunicación sino a sostener la formación y cooptación de analistas refugiados bajo una pátina de supuesta neutralidad académica, son parte de la degradación de un oficio o profesión que deberían ser base de la publicidad democrática.

La ecuación no tendría sentido si no se hubiera desarrollado por décadas un proceso de pauperización de los trabajadores de prensa, cuya precarización bajo la figura de “colaborador” o el término anglosajón “free lance” se aceleró gracias a los cambios económicos introducidos a comienzos de los años 90.

La proliferación de “colaboradores” en los medios, la aplicación de regímenes en los que no se respetan los horarios, la tendencia a confundir la participación de la audiencia a través de las redes sociales con el trabajo gratuito, contribuyen a la decadencia de la profesión, término que, por cierto, no usamos en el sentido liberal.

Con la precarización, la flexibilización y la concentración de medios se produjo, además, un quiebre en las organizaciones gremiales de prensa.

En la Argentina el día del periodista se celebra el 7 de junio. Pudo haber sido otra fecha, pero es la que eligieron los delegados de todo el país reunidos en mayo de 1938 en el Primer Congreso Nacional de Periodistas, que se realizó en Córdoba. Es un homenaje a la aparición de La Gazeta de Buenos Ayres, cuya cabeza era el patriota Mariano Moreno.

Como asegura el docente e investigador platense César “Tato” Díaz -sin por ello disminuir la grandeza de Moreno, un símbolo de jacobinismo revolucionario- el primer periodista del Río de la Plata fue otro luchador de mayo, Manuel Belgrano. Pero Moreno y La Gazeta quedaron como un ícono por la oportunidad de la publicación y la impronta que dejó en aquellos días cruciales para la región.

El acto de fijar una fecha simbólica fue una de las 18 resoluciones que tomó aquel primer congreso y no se trata de la más importante.

Los derechos sociales -como un sistema jubilatorio- y la demanda de los derechos fueron algunos de los reclamos que, para desagrado de los dueños de los grandes diarios, se fueron concretando durante la gestión de Juan Domingo Perón en la secretaría de Trabajo y Previsión y luego como Presidente.

Crearon la Federación Argentina de Periodistas (FAP), un mensaje directo al corazón de los círculos porteños que pugnaban por mantener a los periodistas como profesionales liberales cuya tarea era, supuestamente, la de defender la libertad de expresión que, como ahora, se suele confundir con la libertad de empresa y con los intereses de los empresarios periodísticos.

Los Mitre (La Nación) y los Paz (La Prensa) miraban con horror a quienes imaginaran a los periodistas como trabajadores y mucho peor si pretendían agremiarse.

El decreto ratificado por el Congreso y finalmente promulgado por Perón en 1946, se basaba en gran parte en los reclamos de la FAP y en el primer proyecto, que databa de 1926, cuyos fundamentos, rescatados por el periodista Daniel Parcero, decían mucho sobre lo que ya se estaba gestando en el seno de una actividad que se debatía entre la condición de trabajadores y la de profesionales:

“Nadie que conozca las condiciones de trabajo de los periodistas, el término medio de los sueldos que se les paga, su incierta situación dentro de las empresas que utilizan su actividad intelectual, las perspectivas que para su bienestar ofrece su carrera, podrá considerar innecesaria o superflua una legislación que les fije una remuneración decorosa, les garantice una relativa estabilidad en el empleo, y los ampare ante las arbitrariedades y las injusticias que esterilizan tantos esfuerzos y terminan tantas carreras iniciadas con entusiasmo y abandonadas luego con desencanto y amargura.

“La profesión de periodista en nuestro país es una vocación a la miseria. No proporciona reputación, desde que la modalidad de la prensa aprisiona en el anonimato la colaboración del talento más claro, la obra de la conciencia más lúcida, la prestación material del espíritu más cultivado. Toda actividad intelectual alcanza su recompensa. Dolorosa excepción es la labor periodística, al servicio de la cual se pone tanta ignorada inteligencia, tanta probidad moral, tanto espíritu de sacrificio prodigado sin énfasis…”

“El periodismo no da gloria, pero tampoco da provecho… Lo común, lo corriente es que un obrero del periodismo viva y envejezca sin estímulos ni compensaciones, adosado a su mesa de labor, para retirarse de la redacción, cuando las agotadas energías mentales y físicas tornen ineficaces sus servicios y decidan su relevo o sustitución.

“Tal es el destino, a no ser que un niño afortunado de la suerte le haya permitido acogerse a tiempo a un refugio burocrático de alguna plaza administrativa, en donde, cuando menos, pueda aguardar sin mayores sobresaltos el día de su jubilación… Me ha sido dado comprobar que existe en el país un proletariado periodístico cuyos lamentables destinos se elaboran sordamente desde la apariencia fastuosa y próspera de esa prensa cuya grandeza se amasa con tanto sacrificio, miseria y abnegación en las salas de redacciones y en los talleres de la imprenta…

“Un diario no es simple empresa industrial o comercial consagrada a la elaboración y venta de opiniones y noticias, bajo el aliciente utilitario del lucro que habrá de reportar la operación. Su naturaleza es otra, su función social muy diversa e infinitamente más noble…”.

Los periodistas lucharon colectivamente durante casi toda la primera mitad del siglo XX para ser reconocidos como trabajadores con sus derechos, fueron consolidando sus organizaciones gremiales durante las primeras cuatro décadas de la segunda mitad del siglo XX y comenzaron su decadencia en los años 90, no por casualidad en un marco de avances de la concentración de los medios y la aparición de recursos tecnológicos que fueron aprovechados para potenciar la expansión de los grupos concentrados y convertir, otra vez, a los trabajadores de prensa en profesionales más productivos pero menos reconocidos.

Son algunos de los desafíos del siglo XXI.