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foto caravana aeropuerto III

La confusión social generada por los grandes empresarios y por los políticos obsesionados contra el Gobierno logró su propósito: movilizar a grupos sociales pobres –a quienes poco o nada les afecta las leyes de la herencia y de predios- y desestabilizar al país.

El Presidente respondió con una inusual jugada de ajedrez: marcó la pausa, detuvo el trámite de las leyes  y logró que el tsunami golpista empezara a ceder.

¿Qué pasa en los medios, mientras tanto? Ahora, los pocos periodistas que se han quedado trabajando en ellos –me refiero a los silenciosos y frecuentes despidos masivos que esos medios y sus colegas callan- tienen dos caminos.

Uno, aferrarse a su puesto mediante la absorción de las creencias y valores de la empresa (lo cual es inaudito porque unos trabajan para que otros se lleven el dinero), que hábilmente los dueños llaman “línea editorial”.

Dos, laborar en silencio, obedecer y no expresar en voz alta lo que piensan de la realidad (de la política, de la economía, de lo social, de su misma relación laboral, de la situación del medio donde trabajan).

Pero ahora que la prensa y el poder económico se regocijan, entre dientes y murmuraciones, de que el Presidente haya aplazado el trámite de las leyes de herencia y plusvalía en función de la paz social y con el objetivo de escuchar a todos los sectores, urge ser honestos y sinceros: seguir dedicados a lanzar dardos contra el Gobierno o abrir sus espacios informativos y opinión y convertirlos en un abanico multicolor de voces y posiciones que sean escuchadas por todos.

Ese abanico, si la prensa en realidad quiere contribuir a la paz social del país, debe convertirse en el espacio donde todos podamos expresar nuestros puntos de vista sobre los polémicos temas que generaron inquietud y movilización.

Los sectores, en especial los más pudientes, se sintieron afectados en sus bolsillos y se dejaron influir, con un patético egoísmo social y con una ceguera inaudita para entender las cifras, por dirigentes políticos obsesionados contra el Régimen y por precandidatos presidenciales que utilizaron con poca habilidad pero mucho dinero el argumento que más impacta a la sociedad: el miedo.

Miedo que atizó la hipersensibilidad de la clase alta con la complicidad de la derecha ideológica, amparada en una prensa y unas redes sociales que desinformaron, sesgaron, torcieron la realidad y lograron convencer al poderoso sector económico para movilizarlo y generar opinión contra el oficialismo, opinión que se transformó en una abierta convocatoria a derrocar al presidente Correa.

La imagen de los lujosos autos que el domingo 14 hicieron la caravana hacia el aeropuerto para enfrentarse al Presidente lo dice todo.

Desactivada, en parte, la razón de las movilizaciones de los grupos con mayor poder económico -representados en los medios-, ahora le corresponde a la prensa despojarse de sus banderas y camisas negras como símbolo de sus afanes conspirativos.

Les corresponde hacer periodismo, que es lo que menos hacen.

Su deber, si quieren refutar este análisis, es convertirse en el ancho y profundo espacio de debate nacional.

Buscando el justo medio, mostrando todas las posiciones políticas y ciudadanas, escuchando y amplificando a la sociedad las propuestas, las tesis, las teorías, los pros y los contra que cada ecuatoriano observa en los proyectos de ley.

¿Serán capaces de dejar a un lado sus intereses empresariales y de clase, despojarse de sus prejuicios, subjetividades y odios y, ahora sí, hacer el periodismo social que se espera de ellos para que merezcan conducir la opinión pública desde una computadora, un micrófono o una cámara de televisión?

Y la otra prensa, la que tampoco es independiente, la que sigue las líneas oficiales, también tiene el mismo deber: ser pluralista, democrática, abrir espacios para que todos los sectores se pronuncien.

A partir de todo lo ocurrido en estos días, si algo ha quedado claro es que en el país no existe periodismo independiente. Todos, los privados y los que deberían ser públicos pero no lo son, están obligados a cambiar sus estrategias y sus maneras de hacer periodismo, de entender que hacer periodismo no es hacer propaganda, de contar al mundo lo que es el mundo -como dicen los maestros- y no contarle lo que nosotros quisiéramos que fuera el mundo.

No puede ser que los ciudadanos no tengamos la posibilidad de contar con un solo medio al cual llamar equilibrado y pluralista.

Cómo estamos destruyendo la democracia a partir de un enfrentamiento mediático en el que la gente común solo es una espectadora de una batalla ciega.