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foto amigos y política Los violentos no van a ceder.

Pero los demás sí podemos hacerlo.

No es mi enemigo quien piense distinto a mi. No odio a quien tenga un plan de vida diferente al mío.

Trato de ponerme en los zapatos del otro y entender sus razones, pero argumentadas, fundamentadas, como trato de que el otro se ponga en los míos si tengo la capacidad de sostener ideas claras y fecundas.

Pero eso sucede cuando no quiero violencia ni venganza.

Porque hoy, más que antes, me ha quedado claro que los violentos de uno y otro lado impedirán con todos sus recursos que podamos dialogar, que seamos un país de paz: cuando puse en mi cuenta de Twitter el símbolo que abre este post, la mayoría reaccionó de manera positiva, sin embargo hubo otros, escasos pero intensamente agresivos, que rechazaron la propuesta.

Dicen que están cansados de ocho años de agresividad, de burlas, de subestimaciones, de persecuciones, de prepotencia, de autoritarismo.

Dicen que están cansados de maltratos, de burlas, de estigmatizaciones, de acosos judiciales, de procesos contra los periodistas, de acusaciones y multas y sanciones contra los medios. Dicen cualquier cosa porque no les interesa dialogar.

Les interesa crear el caos, la convulsión social, “el calentar las calles” todos los días, el no dar tregua al Gobierno, el desprestigiar la propuesta de diálogo, el torpedear cualquier acción positiva del oficialismo en función de un acuerdo social para llegar a un consenso sobre el país que queremos la mayoría de ecuatorianos.

Yo también podría decir cosas que me molestan del Gobierno, pero no soy miope: la revolución es un proceso complejo, difícil, que requiere de todo nuestro esfuerzo, nuestro talento, nuestra lucha, nuestra decisión de defender ese proceso, pero, sobre todo, nuestra certeza de que ya no debe ser posible dar marcha atrás.

Cuando un legislador de oposición y otros tuiteros adversarios del Presidente advierten que su problema es que “no tienen pueblo” para su proyecto de derrocar al mandatario, lo están diciendo todo: el problema para ellos es que Correa no es Bucaram, no es Mahuad, no es Lucio.

Incluso estuvieron a dos cuadras de Carondelet alguna de las noches de la semana pasada y ellos mismos se detuvieron cuando se dieron cuenta de que, además de “no tener pueblo”, tampoco tienen alguien que, en el caso de un golpe de Estado, se siente a gobernar como un estadista.

(Punto de orden: si tumban a Correa asume Glas y si Glas asume, la vicepresidencia de la República le corresponderá a Gabriela Rivadeneira y la presidencia de la Asamblea a Rosana Alvarado. Es decir, PAIS seguiría gobernando).

Pero, lo esencial, es que aparte de no tener pueblo y no ser fácil derrocar al Presidente, saben que PAIS tiene una enorme capacidad de movilización popular para defender al Régimen y que sería alto el riesgo de una guerra civil.

Tampoco tienen a su favor a las cúpulas de las Fuerzas Armadas ni de la Policía Nacional, aunque sí a una parte de la prensa y aunque produzcan costosos videos dramatizados que suben en YouTube para provocar que los policías de tropa se rebelen.

Lo que no saben o no llegan a comprender, por su capacidad de estigmatizar y generalizar (justo de lo que le acusan al Presidente), es que quienes simpatizan con Correa también están exigiendo cambios internos en PAIS, renovación de la directiva nacional, un gabinete más democrático, una comunicación más proactiva que reactiva, más tolerante y mucho menos agresiva, rigor implacable con los corruptos y mediocres y aplicación real de la meritocracia (donde estén los mejores del país, en todo sentido, no los amigos de los amigos de los amigos ni los ubicados en puestos por cuotas de poder).

Los verdaderos revolucionarios exigen que el proceso se transparente, se limpie, se vuelva un asunto de verdaderos revolucionarios que aman el país y quieren una nación más justa, equitativa, plural y democrática.

El Presidente debe escuchar a quienes creen en él, pero exigen cambios inmediatos.

El Presidente debe escuchar a quienes no creen en él, pero que, no obstante, tienen argumentos e ideas sustentadas.

El Presidente debe hacer una autocrítica profunda del momento histórico-personal que él vive.

El movimiento en el poder también debe hacer una autocrítica profunda sin mirarse al ombligo sino mirando a la nación entera, entendiendo que no todos los que están en el gabinete y en la Asamblea son los más idóneos para ejercer sus cargos y funciones, mucho más en una etapa tan sensible para el país.

Los ecuatorianos, en su mayoría, somos gente honesta y buena. El resto, un pequeño porcentaje, no.

Ellos no quieren un mejor país. Ellos quieren volver al viejo país o buscan el caos y aprovechar de él.

Los violentos no deben tener espacio en el diálogo ni tienen espacio en el presente ni en el futuro del Ecuador.

Ni los opositores ni los seguidores del Gobierno, porque el lenguaje y las actitudes intolerantes y agresivas se encienden y atizan desde los dos lados.

Que los violentos sigan vociferando, descalificándose y amenazándose, que los violentos digan “que ya es muy tarde para hablar de reconciliación”, que los violentos continúen aprovechando los espacios que la prensa cómplice les ofrece.

A esa gente, ignorémosla. En la calle, en las redes sociales, en los espacios públicos. Que digan lo que quieran, porque no podrán hacer más: este proceso, que a diferencia de la oposición sí tiene pueblo, es irreversible.

El gran cantautor chileno Víctor Jara, asesinado por la  dictadura de Pinochet, cantaba: “Yo no quiero/la Patria dividida;/la quiero entera,/es la tierra mía”.

Muchos queremos esa patria unida.

Por eso, a los responsables del manejo de la nación que les quede claro: la manera más eficaz de luchar en un momento histórico complejo es depurar el movimiento responsable de conducir el país y revolucionarlo desde dentro.

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