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foto periodismo público Julia Comita

El rol del periodista en los medios privados no es nuevo, así que no tiene mucho sentido quedarse en este punto.

Ese periodista obedece supuestas o reales líneas editoriales que, en realidad, no son rectas sino sinuosas: van en la dirección en la que caminan los grandes intereses económicos y políticos de los dueños de las empresas mediáticas.

¿La alternativa es desaparecerlos? No. Para nada. Más bien hay que fortalecerlos: el lema nacional debiera ser “más Cordicom y menos Supercom”. Es decir, más socialización de los temas informativos y su deontología y menos, mucho menos, represión.

La alternativa, en una democracia, es que existan medios privados bien hechos y que existan otros, de igual forma bien hechos, que se llamen “medios públicos”, lo cuales, en apariencia, en el Ecuador existen desde hace ocho años.

El lector Fabricio Cerón me pregunta: ¿Cómo separar a los medios públicos -que no existen en el país-, de los gubernamentales?

¿Tiene razón Fabricio? Yo creo que sí.

Los mal llamados medios públicos no lo son: son medios gubernamentales u oficialistas.

Si somos honestos, hay que admitir que es así, aunque el debate siempre tiene objetores del otro lado.

Patricio Lovato Rivadeneira me escribe al Facebook y dice que en este análisis no tomo en cuenta que “hay un escenario de guerra donde (los medios gubernamentales) intentar llenar los silencios u olvidos voluntarios de los medios tradicionales”.

Puede ser, pero no es un argumento de fondo: hay que tomar conciencia de que si en realidad se quiere construir un medio público, habrá que caminar mucho, desde una actitud ética y sincera, construida desde la gente y no desde el capricho de quien manda en el medio, para que este tipo de prensa nos acoja a todos, primero como constructores y luego como protagonistas.

El papel del periodista público (cuando existan él como periodista público y el medio también como público) debiera ser, primero, negarse a convertirse en caja de resonancia del poder, sin posibilidad de objeción de conciencia o de crítica a una línea editorial que le parezca que también podría estar sinuosa.

Segundo, el periodista que pertenece a los medios oficiales debe esforzarse, junto con sus compañeros y colegas, a convertir al medio donde trabaja en un medio público.

Pero, ¿sabe ese profesional qué es un medio público? ¿Entiende cuál sería su rol en ese medio donde todos los ciudadanos debiéramos tener voz o, al menos, estar ampliamente representados?

No, no lo sabe. O prefiere no saberlo.

Porque su prioridad tendría que ser defender y extender el derecho ciudadano, el derecho de la gente a participar en cada esfera de la vida social cotidiana y en cada decisión gubernamental.

Y esa prioridad no sabe ejecutarla. O no puede.

O no lo dejan sus actuales jefes, la mayoría provenientes -paradoja total- de los prensa privada, es decir, gente que viene arrastrando todas las taras de los medios empresariales autodenominados “cuarto poder”- con toda su verticalidad y su sumisión a lo que diga la cúpula del medio, siempre interesada en sus objetivos personales, políticos, económicos o corporativos.

Hacer periodismo no es hacer propaganda, es contar al mundo lo que es el mundo -como dicen los maestros- y no contarle lo que nosotros quisiéramos que fuera el mundo.

Pero, en el Ecuador de ahora, la prensa oficialista actúa bajo los mismos parámetros de la prensa adversaria.

No crea ni construye otro modelo (una tercera vía, por ejemplo) sino que imita sus acciones y su conducta, callando, omitiendo, hablando siempre a favor de la política que establecen sus superiores.

Coincido con mi lector Cristóbal Rodríguez:

“Muchos periodistas están fuera de los públicos y de los privados por no ser sumisos. Y sufriendo las consecuencias”.

Tiene razón. Porque en Ecuador -seamos claros de una vez-, los privados y los oficialistas hacen exactamente lo mismo, pero con actores que desde un medio se enfrentan a sus adversarios desde otro medio. Con poquísimas excepciones, la posibilidad de sentarlos juntos es improbable.

Patrick Charadeau, en su libro El discurso de la información, lo dice claro:

“Los medios crean una jerarquía de acontecimientos (a espaldas de la gente) que de una u otra manera terminan imponiéndole al consumidor de información”.

¿Cómo hacer nuevo periodismo (o periodismo público) con directivos y jefes que hace diez años ya eran obsoletos y que, además, muchos de ellos eran subalternos de los banqueros Isaías y hoy siguen al frente de los medios autodenominados públicos?

¿Cuál es la diferencia entre unos y otros?

Los medios privados, en especial los de mayor rating y lectura, al menos muestran hambre de calidad en la forma (aunque su contenido sea sesgado ). ¿Por qué los públicos no alcanzan ni siquiera ese nivel técnico?

Qué bueno sería en el Ecuador una competencia de calidad y no de odios ni revanchas ni discriminación a quien no piensa como piensan los que dirigen esos medios.

Qué bueno sería que en el Ecuador cada periodista pudiera responderse a sí mismo, como pide Robert White, la pregunta: “¿Estoy siendo honesto conmigo mismo, con mis colegas, con el público al que sirvo?”.

Porque, si no es así, el país es el que pierde.

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Fotografía de Julia Comita