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Las marchas contra el Gobierno ya empezaban a agotarse, cayendo en la rutina, en el discurso hueco, en la monotonía de limitarse a gritar “¡Fuera, Correa, fuera!”, en no saber cómo responder cuando el presidente de la República suspendió el trámite de las leyes que, supuestamente, eran la causa de la agitación callejera.

Cuando los violentos encontraron al mercenario adecuado, creyeron que si este cumplía su estrategia, la situación daría un vuelco.

La consigna era clara: conseguir un arma contundente –que no fuera una pistola para que no pareciera premeditado- que fuera capaz de hacer daño y golpear a los policías de manera tal que estos reaccionaran y contraatacaran.

Ahí, según los violentos, cambiaría todo: si lograban agredir con extrema violencia a un policía, sus compañeros reaccionarían, alguno podría devolver el ataque, otro podría disparar al aire, otro podría lanzar bombas lacrimógenas al cuerpo de los manifestantes –como en la época de Hurtado, como en la época de Borja, como en la época de Bucaram, como en la época de Mahuad-. Habría heridos y hasta muertos del lado de los eufóricos opositores. Y esos muertos serían los nuevos héroes de la vieja oligarquía que intenta recuperar el poder a la fuerza.

Si eso ocurría, los líderes de los violentos -que miran los escenarios de enfrentamientos desde los lujosos hoteles y que en las marchas desfilan dos o tres cuadras para que los medios privados constataran que sí estuvo con la masa enfurecida y que él no es el cerebro de la brutalidad- ya podían incrementar su táctica de victimizarse, de hablar de un “régimen asesino”, de convertirse en supuestos “objetivos de guerra” y en “héroes internacionales” de la lucha contra el socialismo latinoamericano (para eso están los medios privados, cómplices del silencio en la agresión posterior y, por supuesto, CNN).

El matón, un hombre grueso, llevó un madero lo suficientemente grueso y grande y pesado.

Lo suficiente fanático y agresivo para matar a palos a quien se le pusiera al frente y, como todo cobarde, escondido bajo una gruesa capucha de una chompa deportiva de color blanco-gris, con escudo de Liga, y con la nariz y la boca tapada con un trapo azul, se acercó a la primera línea de custodia policial en la esquina de las calles Guayaquil y Espejo, aprovechó la confusión cuando decenas de opositores empujaban a los gendarmes, surgió de un grupo que protegía su identidad, eligió a su víctima, un uniformado que cumplía la orden de no reaccionar frente a las provocaciones, levantó el garrote, lanzó el golpe y trizó el escudo con lo que se protegía el policía.

El matón, que tenía intenciones precisas de extremar la agresión para que la Policía se volviera violenta, no logró su propósito y su adrenalina se desbordó.

Siguió golpeando al gendarme y cuando se dio cuenta de que este en la parte inferior no tenía ninguna protección más que sus pantalones, con toda la furia y la fuerza golpeó las piernas del policía Israel Alomoto, quien cayó de bruces por la intensidad del dolor que le producía la fractura de peroné en su pierna izquierda y luego perdió la conciencia.

Mientras tanto, otros delincuentes que integraban la manifestación, esos delincuentes que gritaban, casi sin saber por qué, “¡Fuera, Correa, fuera!” pero que actúan como mercenarios que custodian a los “intelectuales” de la oposición –como el asambleísta que desfiló hasta una distancia prudente y luego se retiró a un lugar clandestino desde donde él y sus secuaces evaluarían los hechos-, destrozaban y se apoderaban de los materiales de construcción destinados a la construcción de una pequeña plazoleta cercana.

Los policías Marcos Galarza y Eduardo Arequipa, y el cadete Marcelo Meza, que integraban también la línea de custodia, igualmente recibieron golpes de matones con herramientas, enormes piedras destinadas al piso de la plazuela, vigas, tubos de acero.

El líder de los violentos, desde un lugar donde no corría ningún riesgo y acompañado de sus cómplices, que quieren arrebatar al poder a la fuerza a un gobierno elegido democráticamente, en su cuenta de Twitter escribía “Ahora ponen infiltrados pegando a los policías. Dejen de mentir”.

Después, como un mediocre relator deportivo, siguió escribiendo: “Quito le dice basta a esta aventura fascista” y luego subió un video donde los matones gritaban contra el Presidente una consigna aprendida en el diseño de la estrategia del golpismo: “Hay que sacar a este comunista”.

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Reconstrucción de hechos con testimonios de testigos presenciales

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