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foto oppenheimer

Andrés Oppenheimer es un periodista y escritor argentino que reside en los Estados Unidos y que defiende a muerte a los gobiernos de extrema derecha de América Latina.

Escribe artículos y hace entrevistas que aparecen en muchos de los periódicos asociados a la gran prensa, ese poder fáctico reunido en la nefasta Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), con sede en Miami, por supuesto.

Trabaja en uno de los periódicos más representativos de esa tendencia, The Miami Herald, y tiene un espacio en CNN.

Pero lo más simbólico de este articulista es su odio a Cuba y a su líder Fidel Castro, de quien ha dicho una decena de veces que “ya está a punto de morir”.

En 1992 publicó un libro titulado “La hora final de Castro”, con el epígrafe “La historia secreta de la inminente caída del comunismo en Cuba”, libro con el que ganó el premio Pulitzer, el más reputado de la prensa estadounidense y el más apetecido por los periodistas de ese país.

Pero han pasado 23 años y Fidel no ha muerto y el sistema comunista en Cuba no ha caído. ¿No debería la fundación Pulitzer retirarle el premio por su grave error como adivino?

Ahora se ha metido con el Papa y su visita al Ecuador. Con sus característicos tres o cuatro datos y entrevistas sesgadas, arma un artículo en el que concluye que “si Francisco permite que el presidente Correa controle su agenda y no incluya a las voces críticas en su reunión con grupos de la sociedad civil, estaría cometiendo un gran error, y sería una gran decepción”.

En este tema podemos frotar la esfera mágica y decirle a Oppenheimer que no espere a decepcionarse cuando se vaya el Papa: tras la espiral del silencio político que vivimos ahora que nos visita el pontífice, la oposición violenta volverá a salir a las calles, cada vez con mayor rabia y furia, en su empeño de derrocar al Gobierno de Correa.

Y esa oposición violenta, cuyas acciones viles no aparecen en los medios “independientes” (¿), como por ejemplo cuando al día siguiente la prensa calló cuando el jueves pasado rompieron la pierna a un policía con un grueso madero que el agresor manejaba con destreza y experiencia, no podría entrar en una diálogo porque, simplemente, no quiere hablar, quiere la confusión, quiere el caos, quiere retomar el poder del que no ha podido disfrutar en los últimos ocho años.

Otra de las mentiras de Oppenheimer es aquella de que “como resultado (de la Ley de Comunicación), al menos tres periódicos — incluyendo Hoy, el segundo diario más grande de Quito —y varias emisoras de radio se han visto obligadas a cerrar”.

¿No hubiera sido equilibrado y justo que el premio Pulitzer al menos se enterarara que el periódico Hoy cerró por una pésima administración financiera de sus propietarios y que hasta ahora, un año y medio después, no paga ni un centavo de liquidación a los cientos de trabajadores de CetraHoy, que dejó en la calle?

¿No hubiera sido propio que el premio Pulitzer dijera los nombres de las radios que se han cerrado por culpa de la Ley?

En un dejo inconsciente de amargura, Oppenheimer dice en su reciente artículo que “los críticos señalan que la jerarquía católica de Ecuador apoya a Correa, entre otras cosas porque — a pesar de su discurso izquierdista — es uno de los pocos presidentes latinoamericanos que se opone a los abortos de todo tipo, y está en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo.

“Otros activistas a favor de la libertad de prensa dicen que temen que el Papa no critique la censura porque es probable que Francisco comparta en parte la posición de Correa de que los medios son irresponsables y deben ser controlados.

Citan la reacción del Papa tras el ataque terrorista de enero contra la revista satírica francesa Charlie Hebdo, cuando — mientras los franceses inundaban las calles en apoyo a la libertad de expresión, coreando “Yo soy Charlie Hebdo” — Francisco criticó a la revista diciendo que la libertad de expresión “tiene un límite”. Correa inmediatamente aplaudió la declaración del Papa sobre la revista francesa”.

¿Quiénes serán “los críticos” que supuestamente cita Oppenheimer, o serán parte de sus propias opiniones disfrazadas de fuentes? ¿Soportaría él -a propósito de Charlie Ebdo- que lo difamaran en nombre de la “libertad de prensa” y atacaran sus creencias, su religión, sus valores, su historia?

Pero es importante conocer que Oppenheimer no es inocente. Si escribe ese artículo ahora y anticipa que el Papa lo decepcionará al no poner en su sitio al presidente ecuatoriano, algo más debe saber, él que es tan cercano a los máximos poderes estadounidenses y a la oligarquía latinoamericana, porque el remate de su texto (“sería un gran decepción”) augura que se vienen tiempos peores (¿más violencia? ¿una  guerra civil?, ¿más terrorismo telefónico con los perversos rumores sobre un supuesto feriado bancario en el país?, ¿más rumores sobre presuntos comandantes de las FF.AA. que habrían “retirado el apoyo” al presidente Correa?, ¿conoce de la “guerra sucia” preparada por asesores extranjeros para desestabilizar al Gobierno?).

Aunque, quién sabe también, pueda ser que se equivoque y Ecuador recupere el rumbo de los últimos años, porque desde que Oppenheimer escribió su libro sobre “la inminente caída del comunismo en Cuba” y predijo la muerte de Fidel Castro, han pasado más de dos décadas, Fidel no ha muerto y lo único que ha caído y va muriendo es su capacidad de acertar en sus predicciones.

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