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foto Dorrit Harazim I

Dorrit Harazim estuvo en Vietnam durante la guerra y en Sudáfrica durante el apartheid. Fue testigo, en Santiago de Chile, del bombardeo del Palacio de la Moneda el 11 de septiembre de 1973 y —exactamente 28 años después— estaba en Nueva York cuando las Torres Gemelas fueron atacadas.

Ser testigo de la historia, sin embargo, no es lo mismo que ser protagonista de ella. No así para Dorrit Harazim. En sus 47 años como periodista, ya fuera que hiciera un reportaje sobre la periferia de São Paulo o sobre las trincheras de Camboya, nunca usó en sus textos el pronombre personal yo.

De ahí que, entre periodistas jóvenes, no sea raro encontrar a quien se refiera a Dorrit como él en vez de ella. Quien no sepa cómo es su fisionomía. «Me cansé de corregir la pronunciación del nombre de ella. Es Dôrrrrrrit, no Dórit», cuenta Cristina Tardáguila, reportera del periódico O Globoque trabajó con Harazim en la revista Piauí durante cinco años.

Ese tipo de confusión con el nombre de una de las periodistas más respetadas de Brasil da una idea de su personalidad. «No conozco mejor combinación de estilo de vida y escritura: la misma elegancia, la misma discreción, el mismo recato», señaló el escritor Zuenir Ventura en 2010, cuando Dorrit Harazim fue la homenajeada del Congreso Internacional de Periodismo Investigativo de São Paulo.

Antes que nada, el nombre de Dorrit Harazim resulta extraño para la sonoridad brasileña porque ella nació en la extinta Yugoslavia. A los 5 años llegó a Brasil con sus padres, dos hermanos y una horda de inmigrantes de la Segunda Guerra Mundial.

Pero aunque hubiese tenido un nombre corriente, Harazim sigue el principio de que no importa la carpintería del reportaje, sino el reportaje en sí. Y si no importa la carpintería, no importa el carpintero: el comentario que Dorrit Harazim publica cada domingo en el diario O Globo no lleva en lo alto de la página el pertinaz retrato de la autora de la columna; tampoco suele aparecer en televisión; no está acostumbrada a entrevistas; tampoco se ha unido a las redes sociales. Como resume Cristina Tardáguila: «Dorrit es idolatrada en la oscuridad».

Dorrit Harazim se volvió reportera por casualidad, al vivir otro momento histórico: mayo de 1968.

Como quería ser lingüista, Harazim dejó Brasil para estudiar en la Universidad de Heidelberg, en Alemania. De allí siguió hacia París, para proseguir sus estudios en La Sorbona. Envuelta en el debate de izquierda de aquellos tiempos, salía con un militante que era buscado por terrorista en tres países. Su destino cambió allí.

Llevada en cierta ocasión a la Sûreté nationale, tras haber sido fichada perdió su puesto de secretaria en la Alianza Francesa. Consiguió otro trabajo como investigadora de L’Express, revista semanal que fue un éxito de ventas en los años 60. Dirigida por Jean-Jacques Servan-Schreiber, la publicación tuvo como colaboradores a Albert Camus y Jean-Paul Sartre.

Fue en L’Express donde Dorrit Harazim, que a la sazón contaba 24 años, conoció a dos ítalo-brasileños, Roberto Civita y Mino Carta, que estaban de paso en París para enterarse del engranaje del semanario francés. Planeaban lanzar una revista en Brasil.

Ya habían visitado Der Spiegel, en Alemania, y se dirigían a Estados Unidos para conocer el funcionamiento de Newsweek y Time. Del encuentro con sus coterráneos salió una invitación para que regresara a Brasil y trabajara en esa revista que aún no tenía nombre. Ella quedó en que lo pensaría.

La «década de agitación estudiantil» —como el historiador Eric Hobsbawm llamó a los años 60— culminaría, meses después del encuentro de Harazim con los periodistas brasileños, con las sucesivas protestas de estudiantes y trabajadores de mayo de 1968. Con la agitación vino la represión. Fichada por el servicio de contraespionaje y sintiéndose cada vez más acosada, decidió que era hora de probar suerte en otro lugar.

En octubre de ese mismo año desembarcó en São Paulo para trabajar por primera vez como reportera en la nueva publicación brasileña, que recibió el nombre de Veja y llegaría a ser el semanario más vendido del país.

«Arrendó un cuartito y, todas las noches, cuando entraba en él, pensaba: “Ha pasado un día más y no se han dado cuenta de que no soy capaz de hacer lo que quieren”.

Nunca se dieron cuenta porque Dorrit aprendió rápido», cuenta el editor y fundador de la revista Piauí, Mario Sergio Conti, en el libro Notícias do Planalto.

Mino Carta, el jefe, le enseñaba a ser periodista y a comportarse. Uno de sus mandamientos era: «Nunca te pongas sandalias, porque solo una mujer en un millón tiene los pies bonitos». Ya José Roberto Guzzo, editor de internacional de Veja, la ayudaba con su portugués oxidado. «Antes de las computadoras, los jefes te garabateaban el texto. Después de la tercera versión que viene con correcciones en rojo, uno piensa: “Esa palabra debe de ser una porquería”.

Hoy en día, uno difícilmente tiene tiempo de releer lo que se ha editado en la computadora, y las oportunidades de un aprendizaje cotidiano son escasas. En aquel entonces esa enseñanza era más gráfica».

En Veja, el proceso de aprendizaje fue rápido: formaba parte de una publicación nueva, con un equipo joven, que apostaba por la importancia de vivir lo que se describía y que aún no estaba dominada por las jerarquías de los medios consolidados.

En 1970, Dorrit Harazim, con 27 años, ya publicaba relatos de guerra. «El no haberme quedado en una redacción tan jerarquizada como la de los cubículos europeos fue un privilegio. En Brasil fue todo más elástico», dice.

En la primera semana de junio de 1970, Veja anunció el relato de su enviada especial a las regiones de Neak Luong, Kompong Cham y Tonle Bet, en Camboya, en plena guerra:

“Una vez en marcha, los camboyanos se percataron rápidamente de que en cualquier momento podía venir una ráfaga de la artillería enemiga. La prueba más palpable estaba en el descubrimiento de escondrijos vietcongueses, que fueron encontrados a medida que las columnas avanzaban y habían sido abandonados poco antes por el enemigo, todavía con pistolas, radios, linternas y almohadas. La marcha prosiguió por cuatro aldeas del bosque, súbitamente desiertas. Solo se encontró a una joven camboyana agonizante que había recibido dos tiros, uno en la cabeza y otro en el pecho”.

Transplantada a conflictos en países distantes y complejos, siendo tan joven y con poca o ninguna tecnología para comunicarse con la redacción en Brasil (en otra misión, pidió que la redacción le enviase más dinero a Manama, la capital de Baréin, pero la transferencia se hizo a Managua, en Nicaragua), Harazim fue aprendiendo a base de errores. «Al desembarcar, yo no conocía nada, ni la geografía del lugar», recuerda.

Viéndose al lado de reporteros avezados, procuraba que no se transparentara su falta de experiencia. «Allí tu publicación no vale nada, tu nacionalidad no vale nada. Caes en paracaídas en el anonimato más desértico. ¿Qué haces en un ambiente en el que todos son periodistas veteranos? Tu autodefensa es simular saber mucho. Yo siempre supe que no sabía nada, pero fingía que sabía como defensa, para no denotar ignorancia».

Quien puso sus pies en el suelo —literalmente— fue el reportero Henry Kamm, del New York Times. Kamm (ganador del Pulitzer en 1978 por su cobertura de la guerra de Vietnam) la agarró por los tobillos y la arrastró hasta una zanja en el curso de una incursión en Tonle Bet. Él era de la generación de corresponsales veteranos de aquella guerra.

«Mira, no sé cómo ni por qué viniste a parar aquí. Supongo que para informar sobre la guerra. Pero si quieres mandar reportajes a tu periódico, es mejor que aprendas a tirarte al suelo como todos nosotros», recuerda Harazim que le dijo su colega. «En aquel momento me di cuenta del ridículo que estaba haciendo y aprendí a no llegar tan mal preparada».

Con la experiencia, pasó a armar bases de datos, a hacer exhaustivas investigaciones previas y a pensar en cada detalle. En 2006, antes de embarcarse hacia Pekín, donde iba a cubrir los Juegos Olímpicos, insistió en que la redacción de la revista Piauí, en la que trabajaba como editora, mandase imprimir tarjetas de visita con su nombre y datos de contacto en mandarín.

Con cada error —y lección aprendida—, Harazim acumulaba bagaje para desenvolverse en nuevas culturas y contextos, desde ir solita, en 1973, a una entrevista a medianoche con el emir de Abu Dabi en el palacio de verano de Al-Bahr a circular entre diez mil quinientos atletas en las Olimpiadas de Londres.

Aprovechaba su conocimiento de varias lenguas y su experiencia como inmigrante para causar cada vez menos extrañeza al introducirse en un ambiente distinto. «Ser diferente te deja enseñanzas valiosísimas y te ayuda en la profesión de las maneras más insospechadas. No llegas con un bagaje establecido. Curiosamente, puede que tu interlocutor no racionalice lo que está ocurriendo, pero baja la guardia», dice.

En 1980, a los 30 años, Harazim llegó a la Unión Soviética para informar sobre un tema que se volvería su especialidad: la cobertura de deportes olímpicos. Moscú fue sede de la Olimpiadas, y Harazim vio en el seguimiento de los Juegos la posibilidad de escribir sobre la política desde dentro del régimen.

«Moscú pensaba obtener, con la competición, algo así como un aval definitivo y elocuente de la comunidad internacional al régimen instalado por la Revolución de 1917», escribió en la introducción del artículo de portada que publicó en la revista Veja.

De Moscú, Dorrit heredó el gusto por la cobertura deportiva y también por una inmigrante rusa, que meses después de las Olimpiadas se presentó en la redacción de Veja para pedir asilo a la reportera a la que había conocido en Moscú.

Renata Lesnik, una escaparatista que se arriesgó a llevar a la periodista a conocer su casa de noche, desafiando las órdenes del régimen, quería llegar a Francia saliendo de Moscú y haciendo escala en Cuba.

Había conseguido una visa de salida casándose con un colega brasileño. Al no conseguir embarcarse hacia París, se fue a Brasil; pero allí no la pudo hospedar el marido de mentira (el chico estaba casado de verdad). Sin tener adónde ir, buscó a Harazim en la sede de Veja en São Paulo. Ella y su marido, el también periodista Elio Gaspari, alojaron a Lesnik durante una temporada y luego le compraron el pasaje que por fin la llevó a París.

Después de Moscú, Harazim cubrió ocho olimpiadas más. «Halló la manera de hacer el seguimiento de deportes olímpicos en un semanario», escribe Mario Sergio Conti en Notícias do Planalto. Pero así como descubrió un estilo propio de hacer reportajes deportivos, tuvo que enfrentarse a los retos y riesgos de hacerlo para una publicación semanal.

En las Olimpiadas de Seúl de 1988, Dorrit Harazim cuenta haber visto «uno de los momentos más sublimes de la máquina humana» cuando Ben Johnson, un canadiense nacido en Jamaica, fulminó su marca de 9,83 con la que había vencido el Mundial de Roma un año antes, corriendo cuatro centésimas más rápido. «¡Lo que sucedió en la pista fue totalmente inimaginable! Era la portada obvia para todos los semanarios. La imprenta retuvo la tirada para esperar la conferencia de prensa. Éramos quince mil periodistas acreditados», recuerda.

Al día siguiente fue a otra ciudad para seguir la competición de vela. En el barco de la prensa oyó a un italiano contestar el celular, aparato raro en aquel entonces, y conversar a gritos con quien daba la impresión de ser su editor: Johnson había caído en la prueba antidoping —el primer gran escándalo olímpico— y había sido descalificado.

El estadounidense Carl Lewis era el nuevo campeón, con lo que las portadas que se habían enviado a la imprenta estaban equivocadas. «Las revistas norteamericanas pudieron hacer una segunda portada, Veja no. Hoy, en Internet, uno corrige el error en una hora. En un periódico, el error dura un día. En una revista, uno tiene que convivir con ese error una semana».

El bagaje que fue adquiriendo en cada olimpiada fue sofisticando su visión de los deportes y los deportistas. Sus reportajes no se limitan a las reglas de las competencias y sus vencedores. Harazim analiza la política deportiva de cada país, la personalidad de los equipos, la fragilidad emocional de los atletas, en general muy jóvenes, que dedican su corta vida a romper récords por milésimas de segundo.

Y lo maneja todo con extrema delicadeza: sabe que está tratando con jóvenes poco expuestos a los medios, que pueden hablar más de lo que deben y a los que hay que proteger de sí mismos. «Una persona no preparada te da frases que son titulares. A mi entender, salvo que sea relevante para lo que uno está averiguando, no se puede dejar en evidencia innecesariamente a una persona solo porque eso sea lo más sabroso».

En Rotina de 15 mil braçadas, retrato del nadador brasileño César Cielo realizado cuando él se preparaba para competir por primera vez en una olimpiada, Harazim muestra esa sensibilidad desde el principio del texto.

En el párrafo de introducción, Cielo sueña que un australiano bate el récord mundial de su especialidad, los 50 metros libre, y se despierta cuando su técnico abre la puerta de un puntapié. En Sídney, Eamon Sullivan, australiano de 22 años, ha roto el récord de la prueba con un tiempo de 21 segundos y 56 centésimas. O sea, que Cielo no soñaba, sino que oyó la noticia mientras dormía.

Brett Hawke, el técnico, explica a Harazim por qué despertó así a su pupilo, de forma abrupta y brusca, pocas horas antes de que él disputara esos mismos 50 metros libre en el Grand Prix de Misuri: «No quería que se llevara una sorpresa en la piscina porque alguien le soplara la noticia poco antes de competir». La frase de Hawke está allí, en las primeras líneas del artículo, porque es clave para entender cómo funciona la cabeza de un competidor que aspira a romper récords por milésimas de segundo:

Aquella misma mañana, Cesão —apodo familiar del brasileño— iba a disputar los mismos 50 metros libre en el Grand Prix de Misuri. Al llegar al parque acuático para el calentamiento, se cruzó con el eterno bad boy de la natación, el estadounidense Gary Hall, dueño de la prueba en su país.

—¿Te enteraste de que hoy cayó el récord mundial? —le lanzó Cielo sin ningún tipo de inocencia.

—¿Hoy? —balbuceó Gary con cara de sueño.

—Sí, el de los 50 libre. Fue Eamon. 21,5.

El estadounidense abrió bien los ojos, se llevó la mano a la cabeza y salió.

—Rápido. Ya le echamos a perder el día —le comentó el brasileño al nadador francés Fred Bousquet, su colega en Auburn.

Resultado de aquella mañana: Gary Hall en último lugar, Bousquet en tercero, y Cielo en primer lugar, con un tiempo de 22,01. Además, también salió vencedor en los 100 metros.

El retrato de Cielo se publicó en la revista Piauí en junio de 2008. En agosto, el brasileño fue campeón olímpico de los 50 metros libre en los Juegos Olímpicos de Pekín.

Para ese reportaje, César Cielo dejó que Harazim lo acompañase hasta que entendiese la cultura alrededor de una piscina. Elementos que para un lego pueden parecer simples herramientas o accesorios (como el agua de la piscina, el body o el gorro de un competidor) se convierten casi en personajes vivos.

«Yo me puse su body. Claro que él es enorme, y me quedó muy grande. Pero me lo quise poner para comprender cómo se siente en la piel. Claro que, como yo no uso la palabra yo, no lo vas a saber. Pero para que el lector tome nota de que yo sabía de qué hablaba, el caso es que me lo puse».

En Notícias do Planalto, tal vez el libro más conocido sobre los entretelones de la prensa en Brasil, se describe a Dorrit Harazim como «una de las claves del éxito de Veja».

Ella «ideó un enfoque de los temas femeninos, apartándose de los dogmas del feminismo norteamericano y de las fórmulas de las revistas nacionales que consideraban a las mujeres como consumidoras de productos y servicios.

Con una delicada sensibilidad hacia las miserias de la vida nacional —tal vez derivada de su visión como extranjera no acostumbrada a los mecanismos de explotación del patriarcalismo—, realizó innumerables reportajes que captaban el heroísmo cotidiano de brasileños anónimos.

De temperamento didáctico y disciplinado, enseñó a decenas de reporteros a no darse por satisfechos con nada que no fuera lo excelente, lo mejor. En un medio predominantemente masculino, se impuso por su profesionalidad.

Una profesionalidad por la que era temida (sus broncas escocían) y admirada (sus reportajes y ediciones especiales eran modelos de solidez y rigor). Dorrit servía también de referencia emocional en la redacción. Acogía en su sala a colegas con dificultades familiares, sicológicas, profesionales e incluso monetarias».

Flávio Pinheiro, hoy en día director del Instituto Moreira Salles, colecciona anécdotas que muestran ese rigor, esa insatisfacción con lo que no fuera excelente, lo mejor. «La devoción de Dorrit a la información es patológica», dice.

En una de ellas, los dos —Pinheiro como jefe de la sucursal de Veja en Río de Janeiro y Harazim como editora de la revista en São Paulo— estaban terminando un artículo de portada sobre el actor Paulo Autran, patrón del teatro brasileño. Esos últimos toques, como de costumbre, seguían entrada la madrugada, cuando la extensión de Flávio Pinheiro sonó. Era Dorrit. «O la foto está mal o Paulo Autran tiene ojos de colores distintos».

A pesar de que el reloj marcaba las dos de la mañana, Pinheiro se vio obligado a telefonear a la casa del actor. No de un actor, sino del mayor del país. El periodista se acuerda de un Paulo Austran que se despertó sin furia, pero sí arrastrando un molesto enfado. «Tengo ojos de distintos colores», fue todo lo que dijo, y colgó. Pinheiro estaba avergonzado, pero la portada se había salvado.

Anécdotas como esa surgen entre los que formaron parte del equipo de Harazim, ya fuera en Veja, en el Jornal do Brasil o en Piauí. Está la historia de que un avezado reportero que trabajaba para ella en la redacción de Internacional colocaba la mano en el tubo de escape del carro de ella para saber si había llegado mucho antes que él.

Ella no niega la fama: «Yo era terrorífica como jefe, terrible». Con el tiempo se suavizó. «Yo cambié en mi trato de los demás. Cambié conmigo misma, porque el rigor también valía para mí. Y cambié en mi forma de comunicarme con los otros. Pero no en el rigor. No es necesario, ni obligatorio, ni útil que el rigor se verbalice de manera categórica. Es posible conseguir el mismo resultado manteniendo el rigor y siendo más agradable con el interlocutor».

Después de esta primera fase en Veja, Harazim trabajó en el Jornal do Brasil en Río de Janeiro y regresó a la revista en 1975. «Fui una periodista de diario que escribía mejor habiendo trabajado en una revista y viceversa. Cuando volví a Veja, había adquirido agilidad, me había deshecho de vicios de la lengua típicos de una revista, lo que me ayudó a ser una mejor reportera de revista».

En 1988, de vuelta en Veja, se mudó a Estados Unidos con su esposo, Elio Gaspari, y la hija de ellos, Clara. Pasaron cinco años en Nueva York, Harazim como jefa de la oficina de la editorial Abril (que engloba las principales revistas del país, desde publicaciones noticiosas como Veja hasta masculinas como Playboy) y Gaspari como corresponsal de Veja.

La experiencia de Estados Unidos cambió su forma de ver el reportaje. Para Mulher, Crime e Castigo, que fue artículo de portada de la revista en 1995, Harazim convenció al entonces nuevo secretario de Seguridad de Río de Janeiro para que la dejase pasar una semana en la prisión Talavera Bruce, en Bangu.

Quería hablar del sistema penitenciario sin necesidad de que se lo dictara una rebelión o el encarcelamiento de un bandido conocido. Quería hablar, especialmente, de un aspecto del sistema penitenciario aún menos explorado: el femenino.

«La gente cree que para hacer un reportaje tiene que suceder algo. No es así. Uno tiene que narrar, narrar lo que ve, saber escuchar. En mi opinión, solo ese universo es un tema tan indispensable para comprender la sociedad como un robo de 5 millones de dólares. Eso es lo que me gusta de la profesión de periodista. Me proporciona un placer tan grande como entrevistar al Papa».

Al salir de São Paulo, donde vivía, para dirigirse a Río, donde está la Talavera Bruce, Dorrit no sabía cómo vestirse y optó por ponerse jeans y camiseta. «Fue una pifia. No sé cómo lo hice», recuerda. Los vaqueros eran la ropa típica de los funcionarios de la cárcel. Al llegar a la penitenciaría, «donde los rumores se esparcen en segundos», me tomaron por una espía de la policía. Por suerte, había visitado la misma prisión años antes con Herbert José de Sousa, conocido como Betinho, famoso activista de los derechos humanos, y una presa me reconoció. Otra vez, en cuestión de segundos, otro rumor recorrió la cárcel: Dorrit era de confianza.

A lo largo de aquella semana se volvió sicóloga, confidente y hasta recadera de las reclusas: salió del edificio con mensajes para los novios de las presas. Una vez más, consiguió incorporarse a un medio hostil. «Fui a parar, joven, mujer, blanca y soltera, al mundo árabe de los años 70. Como inmigrante y en el ejercicio de la profesión, uno aprende de la diversidad, del multiculturalismo. Tal vez por eso siempre logré integrarme, ya fuera en la prisión, ya fuera en el mundo árabe».

Durante ocho días durmió en la cárcel, comiendo lo que comían las reclusas, durmiendo cada noche en una celda distinta. A los pocos días ellas la buscaban, ávidas de hablar, hablar y hablar.

Conoció así historias como la de Djanira Metralha, condenada a 200 años de cárcel, y la de Marta Pistola, «la musa del amor bandido».

Dorrit ganó, por ese reportaje, un Esso, el principal premio de periodismo de Brasil. «A mí eso me encanta porque considero un privilegio ser periodista por eso. Te pone en situaciones en las que no te verías jamás si no fueses periodista».

En una profesión en la que por lo general se comienza cubriendo temas de ciudad y cultura y se culmina la carrera con temas de política y economía nacional y, quizá, haciendo una corresponsalía de guerra, Harazim siguió el camino inverso.

«En mi caso fue exactamente al revés. Pero creo que tuve el buen sentido de percatarme a tiempo del privilegio que representaba hacer lo que normalmente se considera lo máximo: cumbres, elecciones americanas, viajes, guerras, revoluciones. De pronto eres ni más ni menos que la reportera estrella con la que se fantasea en las novelas. En determinado momento entendí que lo que debería ser el ápice de la carrera me había dado la sabiduría, la cualificación profesional para querer cubrir a la mujer que vende productos Avon en el interior de Pará».

En 1999 Dorrit Harazim comenzó a incursionar en el cine documental. «La primera vez que vi a Dorrit fue en el 98. Ella vino a Videofilmes para hacer un reportaje para Veja sobre el documental Futebol, de João [Moreira Salles, dueño de la productora], que estábamos lanzando. La recuerdo bien vestida, siempre elegante y perfumada. Me pareció una profesora de alemán, de las buenas, seria, concentrada y competente, de las que hablan pausadamente y no desperdician ni una palabra. Su expresión ya viene editada, afilada y certera», recuerda Raquel Zangrandi, que trabajó de productora de los documentales de Harazim.

Contratada por Videofilmes para participar en un proyecto que unía a directores y periodistas en una producción especial que inicialmente iba a ser sobre los 500 años del Brasil, ella y la directora Izabel Jaguaribe acompañan a un inmigrante nordestino que trabaja en un restaurante de São Paulo y vuelve a su casa de Piauí para visitar a su familia, en un viaje en bus que dura tres días. El filme se titula Passageiros.

Seguidamente, Harazim trabajó en una serie de seis documentales sobre temas brasileños. Uno de sus trabajos más bonitos es la serie de documentales titulada Travessias, producida por Videofilmes y que apareció en el canal GNT.

En Travessia do Silêncio, un matrimonio joven y prometedor espera su primer hijo, que nace sordo. Travessia da Dor cuenta la saga de dos nadadores de alto rendimiento que procuran conseguir una plaza en las Olimpiadas de Atenas.

En Travessia do Ar se expone la ardua rutina de unos atletas de gimnasia olímpica. Los otros tres documentales de la serie son Travessia da Vida (sobre la labor de Zilda Arns en la Pastoral da Criança), Travessia do Tempo (la última semana de un preso que cumple una pena de 37 años y su primera semana de libertad) y Travessia do Escuro (sobre un grupo de adultos analfabetos que aprenden a leer).

«Los documentales son el reflejo de mi interés por el brasileño invisible», dice Harazim. En Família Braz, Dorrit Harazim y Arthur Fontes radiografían a una típica familia brasileña de clase media, con cuatro hijos, de la periferia de São Paulo.

Diez años después, en el momento de pujanza del gobierno de Lula, ambos directores vuelven con esa familia para mostrar cómo ha cambiado su vida. En una de las escenas, los seis integrantes de la familia aparecen delante de su vivienda al lado de un carro usado, el único de la casa. En la escena filmada diez años después, delante del mismo portón aparecen los mismos seis acompañados de cuatro carros. Dois Tempos ganó el premio É Tudo Verdade de 2011.

Del trabajo con Videofilmes, del documentalista João Moreira Salles, surgió otro proyecto: el de fundar una revista. Así fue cómo nació Piauí. «Dorrit siempre estuvo en el ADN de la revista y, para mí, lo sigue estando. En todo lo que hago siempre pienso: “¿Qué haría ella?”, y me escribo con ella casi a diario», dice Zangrandi, aún hoy en día secretaria de redacción de Piauí.

Piauí es una revista mensual cuyo ropaje se cosió con lo que Harazim más preció a lo largo de su carrera profesional: el tiempo para pensar en un tema, el celo por hacer averiguaciones, la precisión del texto, el rigor de la verificación y la corrección gráfica. «También indagamos lo que se hacía en América Latina y descubrimos que estábamos llegando tarde. Revistas como Etiqueta Negra ya lo hacían, mayor motivo para que Piauí comenzara a existir enseguida».

En Piauí, Harazim escribió sobre la vida de los expresidentes de la República y sobre el Torneo Americano de Crucigramas, publicó un retrato de un diputado que luchaba contra las milicias de Río de Janeiro y un análisis de un discurso del presidente boliviano Evo Morales en cruzada contra el pollo industrial, la papa holandesa y la Coca-Cola, «agentes y síntomas de una civilización a la deriva».

Desde la batalla judicial entre Brasil y Estados Unidos por la tutela de un niño hasta la historia de la última fábrica de máquinas de escribir, los textos de Harazim para Piauí se destacan por el mismo rigor.

Para redactar un artículo sobre la decisión de la alcaldía de Río de cambiar las canecas públicas de la ciudad, por ejemplo, pidió ayuda a los reporteros para conseguir incluso la parte gráfica. «Después hizo cálculos con diversas hipótesis para ver qué productos cabrían o no en las nuevas canecas», recuerda Tardáguila. Un fragmento del texto dice:

“El vecino que desafíe las leyes de la física y trate de meter un coco verde por la abertura de la simpática caneca tendrá dificultades. Podrá golpearlo todo lo que quiera, que no conseguirá hacer pasar la fruta por la boca del receptáculo, la cual mide 11 centímetros. Con mayores obstáculos se encontrará el ciudadano que pretenda librarse de una botella de PET de dos litros que mató su sed estival: no entrará ni por su anchura ni por su circunferencia. Las botellas de un litro tampoco son aceptadas fácilmente por los recipientes”.

«El juicio de Dorrit parece probar todas las hipótesis en busca de la veracidad», analiza Flávio Pinheiro. Cristiana Tardáguila concuerda con ello y lo ha experimentado en carne propia. Otra hipótesis que Harazim quiso probar para ese reportaje fue la siguiente: si la caneca fuera menor, ¿cuántas veces más tendría que pasar el camión para recoger la basura? Para eso le pidió a Tardáguila que fuese a la avenida Rio Branco, la principal de Río de Janeiro, y contase cuántos tachos de basura había a ambos lados de la calzada, información que al final no usó en el texto.

«Ella no debe de usar ni el 10% de lo que averigua», dice Tardáguila. En cierta ocasión, orientada por Harazim, la periodista cubrió la competencia de bowling en los Juegos Panamericanos de Río. Cuando regresó, no supo aclarar las dudas de la editora sobre las reglas del juego. «Me dijo: “Pero ¿estuviste al lado de los mejores de América y no preguntaste?” Respondí que pensaba que no me iba a hacer falta, y ella me dio una lección: “Pero te puede hacer falta, entonces mejor preguntarlo todo».

Incluso hoy en día, Tardáguila, como muchos reporteros que han trabajado para Harazim, la consulta como a una gurú.

«Ella dice que el periodista tiene el síndrome del medallista olímpico, que consiste en pasar mucho tiempo dedicado a un asunto y aun así tener que volver a empezar al día siguiente. El periodista tiene dificultades para entender que no basta con hacer un reportaje muy bueno en una ocasión. Cuando acaba, tiene que comenzar otra vez todo el proceso. Su humildad tiene que quedar allá abajo y resurgir. Ella me enseñó que hacer periodismo es recomenzar todos los días».

En su paso por Piauí, un reportaje que engloba todas las cualidades del trabajo de Harazim es Sobras de Guerra. La experiencia de haber estado en conflictos armados le dio credenciales para entrar en un hospital para heridos de guerra. Por su capacidad de crear empatía consiguió acceder a la intimidad de un estadounidense, aun siendo mujer, mayor que él, extranjera, de una revista brasileña todavía desconocida como era Piauí.

“Entrar en el apartamento del marine estadounidense Travis Greene, en San Diego, incomoda. El visitante siente que invade el sombrío refugio de alguien que se esconde de la vida. En plena mañana de sol californiana, en una ciudad tan abierta como Río, todas las persianas de la sala están cerradas, vedando la entrada de cualquier atisbo de luz procedente del mundo exterior. El residente del 303 prefiere la iluminación indirecta.

Él abre la puerta, vestido con una camiseta de manga corta que le acentúa el tórax. Excampeón universitario de los 100 metros y 400 metros vallas en el estado de Idaho, Travis Greene lleva puestas unas bermudas beige que le cubren la pelvis. Las dos piernas con las que conquistó los trofeos de atleta quedaron en Irak, a casi 13 mil kilómetros de distancia, entre la chatarra de un blindado en una carretera de Ramadi”.

«Me gané la confianza de un individuo mutilado, un individuo lleno de heridas físicas y emocionales. Puedes pensar: “Vaya, pero comparado con descubrir un desfalco de 50 millones en las arcas de Brasil, eso no es nada”. ¿Quieres que te diga algo? A mí me parece maravilloso. Muestra que he aprendido mucho en mi profesión y que la he honrado, porque sé que no hice nada impropio en ese reportaje», explica.

Otro acierto del reportaje es que ella no cae en lugares comunes, clichés y sentimentalismos. «Podría haber contado detalles indebidos, descrito escenas que presencié y que no es preciso describir». Dice: «La ética periodística es la misma para ti y para un florista. La ética es sustancial».

Harazim es, hoy en día, colaboradora frecuente de la revista Zum de ensayos y fotografía y publica una columna semanal en el periódico O Globo.

Escribe los domingos con una fórmula propia: deja los asuntos que le interesan en baño María antes de escribir sobre ellos.

Así, hay «hechos de la semana que sobreviven a la masacre de la diseminación y llegan fresquitos e inéditos al domingo», como explica Flávio Pinheiro.

Lo más prodigioso de sus artículos, dice Pinheiro, es la vivacidad de estilo con que presenta información que no apareció en el radar de otros periodistas. «En sus artículos, lo que a veces parece accesorio no es ornamental, sino esencial».

El secreto de los textos de Dorrit Harazim es que muestran, en los detalles, la explicación de todo. Su carrera siguió el mismo curso: comenzó por las estruendosas guerras y las altas cúpulas para encontrarse luego en la periferia de los asuntos, en personajes incógnitos, como si la explicación del mundo no estuviese en los grandes acontecimientos, sino en sus detalles más insignificantes.

«Lo que considero curioso en mi caso como periodista fue haber empezado en un nivel extraordinario —una novata que circulaba entre periodistas de los principales diarios del mundo— y después decidir buscar lo menudo. Y en ese sentido, tengo la alegría de decir que, después que me metí en esto, he sido siempre feliz».

Por Carol Pires

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