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foto Cotopaxi II

El afiebrado e importante asesor e ideólogo, frustrado porque su estrategia de mantener inestables las principales calles del país con movilizaciones y protestas no funcionó, llega al hospital más caro de la ciudad en estado de shock y empieza a delirar. Los médicos y enfermeras lo escuchan, atónitos:

“Más de 40 soldados de las tres ramas de las Fuerzas Armadas se movilizan de forma silenciosa, en mitad de la noche, con destino a las principales cementeras que funcionan en el país.

Su objetivo: expropiar cientos de miles de quintales, subirlos a los camiones y llevarlos en secreto con dirección a la provincia de Cotopaxi.

Ningún funcionario, desde los guardias hasta los gerentes de las empresas cementeras, puede hablar del operativo militar que acaba de observar, bajo amenaza de ser encarcelado y deportado, si en caso de ser ciudadano extranjero su visa no estuviera actualizada y legalizada, como dice la ley.

Tampoco puede hablar con nadie, ni siquiera con sus familiares, ningún  soldado ni oficial que participa en el proceso.

Bajo aquel silencio, los soldados terminan de cargar los 250 camiones de las Fuerzas Armadas y se dirigen a las faldas del volcán Cotopaxi, por vías secundarias, para que ningún ciudadano ni automovilista civil puedan percatarse de lo que está ocurriendo.

Horas después, en medio de un frío intenso, los soldados arriban en sus camiones a la zona del lago Limpiopungo, en las faldas del volcán. No instalan carpas: los alimentos, sleeping bags y herramientas para realizar un transporte fluido de los sacos de cemento los distribuyen los soldados desde los camiones.

Desde el centro operativo de la Seguridad del Estado, en Quito, el presidente de la República y sus ministros observan todo lo que sucede en Limpiopungo mediante cámaras  que proyectan y graban imágenes infrarrojas en alta definición y emiten señales auditivas a través de sus dispositivos de ultrasonido.

Los soldados más expertos para trepar volcanes, cargados cada uno con un quintal de cemento y una pieza de una extraña maquinaria, llegan a la cumbre cinco horas después de haber partido del primer refugio.

El presidente de la República ordena que lo hagan más rápido, porque queda poco tiempo antes de que amanezca. Entre tanto, recibe reportes de que los manifestantes opositores están decididos a permanecer en Quito hasta que se deroguen todas las leyes que ellos reclaman como injustas.

Esa información hace que el mandatario ordene, otra vez, que la Distractor II, como se denomina en el código secreto, se concrete en poco tiempo más.

El primer grupo de 20 soldados se ubica en la cumbre y un oficial dirige el montaje de la maquinaria que se alimenta de cemento y que al amanecer, cuando el volcán sea visible desde distintos puntos del país, en especial desde Quito, deberá expulsar, con el suficiente ruido como para que se escuche en todo el valle que rodea las faldas del volcán, el cemento hacia arriba, en dirección absolutamente vertical.

La cantidad de cemento que arroje la maquinaria, conocida como Cedox III, tendrá que ser suficiente como para que se asemeje a una columna de humo que parezca salir de lo profundo del cráter y que luego se esparza por distintos lugares, según la dirección del viento, aunque la máquina está diseñada para dirigir el material hacia los puntos que se necesite, en este caso el Valle de Los Chillos y el sector oriental de Quito.

Cuando llega el amanecer, el máximo jefe del operativo Distractor II pide al Presidente que mire lo que va a ocurrir. Y, tal como estaba previsto, desde lejos se ve que el Cotopaxi lanza su primera columna de humo y pocos minutos después partículas ardientes del cemento que la máquina se ha encargado de triturar y calentar, empiezan a caer sobre algunos sectores como si fuera ceniza volcánica.

La atención de los ecuatorianos se centra en la actividad del volcán, en los riesgos que implicaría una gran erupción del coloso más alto del mundo, en las cientos de miles de personas que resultarían afectadas y en los costos que implicarían para el Gobierno los movimientos de evacuación, la entrega de alimentos y vituallas a los damnificados, el mantenerlos en escuelas y canchones gigantescos con decenas de médicos, enfermeros y paramédicos  para velar por su salud.

A lo largo del primer día de acción del Distractor II, el Presidente y sus ministros están satisfechos. Millones de ecuatorianos están a la expectativa de lo que ocurra con el volcán y van olvidando que la oposición política declaró un paro indefinido que nunca lo fue.

Los días pasan y como el estado de excepción dura ocho semanas desde la expedición del decreto, a la oposición se la neutralizará por completo.

Sesenta días después ya no hay rastros de los intentos del paro y el volcán no ha erupcionado. El Presidente amplía el decreto por dos meses más y mantiene el control del país mediante la estrategia del miedo”.

Cuando se queda dormido el afiebrado e influyente asesor e ideólogo, el médico principal ordena que se le dé un sedante porque en su delirio sigue elaborando teorías y escenarios descabellados.

El psicólogo que acompaña al doctor lo reafirma: si sigue así puede enloquecer, pues el diagnóstico establece que lo que sufre el paciente es el SPP, síndrome del poder perdido, enfermedad incurable porque nunca más podrá recuperar ese poder.

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  • Esta es una fábula construida sobre declaraciones y especulaciones de políticos de oposición.