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foto laberinto de los espejos

¿Qué actitud adoptar ante el otro? ¿Cómo tratarlo? ¿Hay que intentar conocerlo? ¿Es ético buscar la manera de acercarnos y entenderlo?

Esas preguntas debieran asaltarnos con frecuencia. Acecharnos y obligarnos a salir de la casa de espejos donde estamos atrapados.

Atrapados en la casa de espejos donde hablamos para nosotros. Donde no nos importa lo que piensen los otros. Donde escribimos contra los otros.

Donde subestimamos a los otros. Donde repudiamos la opinión de los otros. Donde no escuchamos la voz de los otros. Donde quisiéramos callar, para siempre, las ideas de los otros.

Atrapados en la casa de espejos que nos impide mirar, entender, admitir que por fuera de estos enormes espejos habita una sociedad más vital y compleja que no la vemos, que no la escuchamos, que no la sentimos, que no somos capaces de percibir.

Atrapados en la casa de espejos donde no son posibles la deliberación ni el disenso.

Donde solo reconocemos nuestra propia imagen y al mirarnos en ella arrasamos con todo lo que no encaje en nuestros proyectos, visiones, maneras de entender la vida, la realidad, el futuro.

En la casa de los espejos no es posible la tolerancia, el respeto, el espacio para el otro.

Ni siquiera es posible la coexistencia con el otro: si nosotros tenemos la razón, si nosotros representamos la sensatez, si nosotros somos los heraldos de la ética, ¿para qué escuchar la palabra del otro, del diferente, del distinto?

¿Para qué tomar en cuenta a los agoreros que pretenden alarmar advirtiéndonos que el desprecio a los otros podría conducirnos a la derrota de la sociedad, al funeral de los procesos reflexivos y a la demolición de escenarios para el debate y la búsqueda de consensos?

Citado por el maestro Kapuscinski, el sabio griego Heródoto -quizás el primer cronista de la historia universal- solía decir que cuando unos individuos cierran la puerta a otros individuos, por las razones que fueran, en el fondo son sujetos miedosos que adolecen de un complejo de inferioridad y tiemblan ante la perspectiva de verse reflejados en los sentimientos y las demandas y las necesidades y los pensamientos ajenos.

Muchas veces los periodistas nos dejamos cegar por el resplandor de los espejos.

Sin visión precisa, quizás enredados en un espejismo, olvidamos que nuestro oficio tiene sentido en función de los demás y que el destino moral del periodismo son los otros, conectados a nosotros.

Cercados por esas murallas que nos impiden mirar más allá de nuestras narices, no alcanzamos a entender que será imposible construir una sociedad más humana si seguimos atrapados en aquella obsesión de escucharnos y mirarnos solo a nosotros mismos.