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foto Manuela Picp

Los grupos indígenas y mestizos radicales que ocupaban el parque de El Ejido en Quito y que prometieron a sus seguidores mantenerse allí hasta que el Gobierno retire el paquete de enmiendas y cumpla otras demandas, finalmente se fueron de allí.

Se marcharon con la promesa de que volverán el próximo mes y que serán más duros en sus exigencias.

Se despidieron luego de que encendieran la llama de la violencia que dejó el trágico saldo de 200 personas heridas, entre ciudadanos, policías y soldados.

Se fueron después de que ante la indiferencia de las autoridades locales, en sus avances hacia el centro de Quito destruyeran partes de importantes monumentos, edificios y lugares patrimoniales del centro colonial más importante de América Latina.

En todas sus acciones de protesta, bloqueando carreteras, lanzando piedras y rocas, blandiendo gruesos maderos y lanzas, golpeando a los policías que, hasta entonces, habían mantenido una actitud pasiva mientras los violentos, identificados con claridad en las redes sociales, rompían a palazos las piernas de un policía.

Su retiro coincide (¿coincide?) con lo que cualquier principiante de analista pudo advertir: buscaban provocar al Régimen y obligarlo a reaccionar con dureza ante la provocación hasta lograr una víctima.

Y lo lograron: la alianza de la gran prensa con los dirigentes de izquierda radical, los indígenas de línea dura y la oligarquía trataba de obtener en esta etapa de su guerra política obtuvo aquella víctima: la académica brasileña devenida activista y compañera de uno de los más enconados dirigentes de los grupos antimineros en el sur del país.

El show que protagonizó el prefecto de Zamora, Salvador Quishpe, apareciendo tiznado ante los comedidos reporteros de la prensa, no dio resultado y más bien produjo una avalancha de incredulidad y burla.

Ironías que cayeron sobre él no porque Quishpe fuera indígena, como quisieron hacerlo ver algunos fanáticos que acusaron de “racistas” a quienes lo criticaron no desde lo étnico sino porque resulta inexplicable que un dirigente -quien hace más de una década fue humillado en el Congreso por la extrema derecha- ahora se junte a una marcha que mezcla los sueños golpistas de la extrema derecha y de los banqueros con las demandas y aspiraciones de mestizos e indígenas. Una alianza antinatural y antihistórica.

El retiro de los manifestantes que acampaban en el parque de El Ejido no es casual: si bien falló el perfomance de Quishpe, sí les dio resultado el caso de la exacadémica de la Universidad San Francisco, en Riobamba, y manifestante antigubernamental Manuela Picq, de 38 años, tanto así que CNN dedicó más de seis minutos a la noticia de que “la periodista (¿) Picq sería deportada por el Gobierno” (el discurso del “atentado” a la libertad de expresión) luego de que fuera detenida y llevada a un hotel donde suelen permanecen los extranjeros indocumentados.

Pero ahora que ella, compañera sentimental del dirigente indígena-mestizo Carlos Pérez Guartambel (43 años, viudo, dos hijas), se ha ido a Brasil sin que existiera una orden de deportación, los dirigentes de la alianza oligárquico-mestiza ya tienen su premio: una víctima de un gobierno “brutalmente represivo”, como ellos lo llaman, un trofeo político que exhibirán nacional e internacionalmente, un pretexto para “continuar su inclaudicable lucha contra la tiranía”.

Algún despistado vocero de la alianza antihistórica y antinatural quiso compararla con nuestras Manuelas (Espejo, Cañizares y Sáenz) e, incluso, añadirla a esas relevantes heroínas de nuestra historia.

Hay que guardar las proporciones. Picq tendrá sus argumentos para actuar como actuó, pero compararla con las grandes mujeres de la Patria es una ofensa a la historia.

En El Ejido, donde un shamán le hiciera una “limpia de despedida”, Picq dijo que volverá pronto una vez que arregle sus documentos y tenga la  visa Mercosur. ¿Algo así puede decir una persona que vive en un país donde reina, según ella, un modelo dictatorial?

Picq supo manejar su circunstancia (¿o lo hizo a propósito?) al aparecer en el grupo más agresivo durante una marcha en Quito: rápidamente, la prensa, vocera del pacto indígena-oligárquico, la convirtió en su heroína con titulares de primera página, amplia cobertura y extensas entrevistas, así como hiciera un día con el cantautor Jaime Guevara, a quien los grandes medios despreciaban y nunca tomaban en cuenta, pero aquella vez sí lo hicieron con entrevistas y grandes espacios cuando este tuvo un enfrentamiento callejero con el Presidente.

¿Queda alguna duda sobre los planes oscuros del pacto entre  la derecha ególatra-recalcitrante, los dueños de la gran prensa y la izquierda cegada por sus celos ideológicos y su extravío político?

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