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foto Betty Amores II

Sería un error estratégico muy grave para PAIS creer que fue inocente lo que la semana pasada dijo la exasambleísta y excorreísta Betty Amores acerca del millonario banquero y precandidato presidencial Guillermo Lasso.

Amores, a quien nadie debe negarle su inteligencia y preparación, lo dice conscientemente, frente a periodistas, micrófonos y cámaras, para que se divulgue su frase, aunque luego sea denostada por los seguidores del presidente Correa.

Cuando empieza su discurso diciendo “Guillermo Lasso es de clase media. Sí. Es de clase media”, lo que está proyectando es el análisis que ha hecho la alianza de la izquierda radicalista con la derecha opusdeicista: Lasso nunca podrá ganar las elecciones presidenciales si no cuenta con el voto de la clase media, que hasta ahora le ha sido esquivo.

Grábense, por favor, estas palabras, los analistas, los politólogos, los columnistas, los seguidores del presidente Correa: Lasso nunca podrá ganar las elecciones presidenciales si no cuenta con el voto de la clase media, que hasta ahora le ha sido esquivo.

Por eso la estrategia de unirse, no sé con qué clase de plan de reparto posterior del suculento pastel del poder, entre dos tendencias que ni la lógica ni el sentido común pueden entender.

Lasso quiere acercarse a la clase media, a la clase media baja y a los pobres, pero no puede hacerlo por sí mismo: para hacerlo necesita que lo ayuden los izquierdosos resentidos y el infantilismo, aquellos que pueden convencer a los sectores de clase media, clase media baja y pobres que han sido –escúchese bien- beneficiarios de las políticas de Rafael Correa.

“Lasso es de clase media, sí”. Lo dice una exasambleísta que en sus mejores tiempos defendía a muerte al actual Gobierno y que formaba parte de la cúpula legislativa de Alianza PAIS.

Y cuando lo dice recibe los aplausos justamente de los dos sectores. De la izquierda resentida y radicalista y de la derecha opusdeicista.

La mezcla suena ideológicamente indigesta, por supuesto, pero cuando se quiere tomar el poder solo importa eso: llegar a tomarse el poder con alianzas antinaturales, como la de los indígenas con los Nebot, los Lasso, los Noboa, los Carrasco, los Páez.

Nótese que, además, todos ellos están cobijados por la otra oligarquía, la de los poderosos medios de comunicación, también interesados en que la conspiración, aunque dure hasta el 2017, dé los frutos esperados: el desplazamiento del poder político de PAIS y el regreso de quienes destruyeron al Ecuador a punta de carajazos y billeterazos.

Lasso cree que es posible ganar las elecciones del 2017 y los radicalosos de la izquierda de ficción también lo creen, pero saben, los dos, que se necesitan.

Lasso los necesita para proyectar la imagen democrática y plural. Los izquierdosos resentidos lo requieren para financiar la campaña y para consolidar su revancha contra Correa, aunque luego Lasso (recordemos al coronel Lucio Gutiérrez, a quien muchos creyeron que era de izquierda) les dé una patada en el traste y les diga que él, como Lucio y de quien fue su asesor, es el mejor amigo de los gringos y gobierne para los banqueros (ese decir, para él mismo) y para la nostálgica oligarquía que tanto extraña el poder político.

Así que, no lo tomemos a la ligera ni nos consolemos ni burlemos de Betty Amores haciéndole memes o diciéndole de lo que se va a morir.

Pensemos que detrás de sus palabras, dichas en el escenario preciso y en el momento adecuado, existe un condumio muy peligroso para el Ecuador del futuro.

Esas clases sociales que ahora tienen mejores condiciones de vida pueden extraviarse gracias a la persistente estrategia mediática de crear la imagen de un Presidente que, como dice la revista Vistazo en su último número, “ha perdido el rumbo”.

PAIS debe consolidar su presencia y revitalizar su trabajo con esos sectores a los que el proyecto Lasso-Amores (qué romántico suena el binomio) quiere atrapar en sus redes.

Ya lo dijo Sun-Tzu hace tres mil años: el peor error es subestimar al rival, por más pequeño que parezca.

Así que, más que memes, burlas o insultos contra Amores, AP tiene que fortalecerse  o refortalecerse en los sectores a los que ha favorecido con sus políticas de inclusión y de salarios dignos, que han elevado su nivel de vida y, en especial, de la clase media entre la cual quiere involucrarse Lasso, ícono de la rancia aristocracia financiera, proyectando una imagen plural, democrática y, claro, de clase media, de clase media baja y de clase pobre.

Ya verán cuál será el próximo discurso de Amores: “Guillermo Lasso es banquero, pero es un banquero de los pobres”. O, como ya lo dijo: “Guillermo Lasso es un banquero que no huyó, como los otros, cuando hubo la crisis a fines de los años noventa”.

¿Aplausos? No. El Banco de Guayaquil, el de Lasso, ha sido uno de los que más ganó con la caída de los otros bancos y hoy es el segundo más poderoso del país gracias a los depósitos de esa clase media y de esos pobres que, ojalá, no se dejen seducir por los cantos de sirena de la izquierda-opusdeicista.