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Foto Carros ecuatrianos a Ipiales

“Usted y yo somos responsables de que Tulcán esté muriendo”. La acusación la recibo como un golpe directo al corazón del país, a nuestra falta de sensibilidad, a nuestro egoísmo.

Quien lo dice es un feisbuquero carchense, el joven Christian García. Él nos acusa a todos los ecuatorianos de lo que está sucediendo en su tierra.

Porque no solo es cuestión de que el peso colombiano se devalúe y gane ventaja frente a un dólar al que nos ataron ¿para siempre? los que a fines de los años 90 destrozaron la economía del país (los banqueros que robaron nuestros ahorros, los partidos políticos que no entendieron qué país queríamos, los empresarios que pensaban en su enriquecimiento y no en el desarrollo de la sociedad).

Es cuestión de nuestra idiosincrasia. De buscar lo fácil. Lo inmediato. De pensar en lo que nos conviene personal o grupalmente, no en las consecuencias macroeconómicas o sociales de lo que puede pasar si con nuestra simple actitud de ir a comprar en Ipiales ahondamos la crisis económica de la nación.

En Ipiales han visto llegar todo tipo de ecuatoriano: no solamente a ciudadanos comunes o particulares, sino a ciertas autoridades de nuestras ciudades, de nuestras provincias, de nuestra asamblea, de nuestros ministerios.

Llegan con sus familias a comprar, incluso, lo que no necesitan. Comprar desde refrigeradoras y televisores LCD hasta artículos de primera necesidad, de uso personal, zapatos, lencería, implementos deportivos, celulares, laptops, tablets, vajillas, utensilios de cocina, neumáticos para vehículos…

Puede culparse, dice Christian García en su conmovedor post, al tema de las salvaguardas y los impuestos, que encarecieron las importaciones, pero no es tan así, expresa:

“Gran parte de nuestra responsabilidad cae en nuestras manos. Usted y yo somos los responsables de nuestra ciudad esté muriendo, porque el momento que llega la plata a nuestro bolsillo no vamos a nuestras tiendas ni almacenes, sino que preferimos ir a Colombia”.

Y Christian no se calla nada:

“Somos muy valientes para salir a las calles a reclamar que el Gobierno haga algo al respecto. Somos bravos y groseros para reclamar que nos ayuden, pero cuando podemos hacer algo que solo depende de nuestras decisiones preferimos ir a Colombia hasta a comprar la leche”.

¿Con el Carchi no se juega? García dice que hace tiempo que perdió sentido aquella épica frase “porque hoy en día nosotros, usted y yo, no nos unimos por Tulcán, preferimos la mentirosa basura de ir a comprar a Colombia porque dizque está más barato. Si en verdad quieren ayudar –y esto va para todos los ecuatorianos-, entonces compremos todo lo que necesitamos en nuestro Tulcán (y no en el Ipiales ajeno)”.

Hay un centralismo mediático y un centralismo político que nos impide ver las cosas más allá de Quito, Guayaquil y, de manera esporádica, en otras zonas o regiones del país.

Ese centralismo mediático se define como la actitud de la gran prensa nacional que, preocupada por lo macro en lo nacional e internacional, en especial por los temas que son de interés de los grupos que representan, olvidan o no agendan los temas de la gente común, como la grave crisis social y económica de nuestros hermanos de Tulcán.

La gran prensa no le da prioridad a Carchi y como no está ahí, como no va por allá, no ve la avalancha de autos y ciudadanos ecuatorianos que todos los días va desde el Ecuador a consumir en Colombia y deja, cada día de un fin de semana o feriado, medio millón de dólares en compras.

Si fuera evidente esta preocupación en las agendas de los grandes medios y el problema humanitario que vive Carchi, muchos ecuatorianos nos enteraríamos y, quizás, cambiaríamos de actitud porque tomaríamos conciencia de la gravedad de la crisis.

Qué contradictorios somos a veces los ecuatorianos. Hablamos de solidaridad, de preocuparnos por los otros, de luchar por la justicia social, de jugarnos la vida para que todos, en especial los pobres y la clase media, podamos tener una existencia más digna.

Pero las palabras son huecas cuando caemos en el consumismo absurdo o cuando están ocurriendo cosas y hechos graves que debieran dolernos y no provocarnos indiferencia o ignorancia, que muchas veces es lo mismo.

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