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foto Aylan I

La fotografía apareció en las redes sociales como si nada.

Era una imagen extraña. ¿Un niño vestido durmiendo al filo de la espuma que dejan las olas?

Como rara.

Como descolocada de la realidad.

¿Un niño solitario, gordito, tierno, en una posición insólita sobre la arena?

Después empezó a aparecer en las páginas web de los periódicos. Y cuando algún editor se dio cuenta de que la escena era “vendedora”, rápidamente la foto se divulgó en todos los medios de comunicación del mundo.

La paradoja fue inmediata: mientras la prensa empezó a mercantilizar la imagen, por su irónica belleza estética y el misterio que la envolvía, sin que la mayoría de nosotros supiera que se trataba de una tragedia, la escena no logró conmover a los líderes del mundo, los que sabían qué implicaba la foto, los criminales, los asesinos, los que mataron a ese niño.

Porque son ellos los culpables, los que alientan las guerras, los que venden armas, los que entrenan terroristas, los que desatan el caos para lucrar de él, los que apoyan gobiernos autoritarios y, al mismo tiempo, crean regímenes paralelos para ganar o ganar con cualquiera de las dos facciones, con quien se quede con el poder y se vuelva servil a sus proyectos geopolíticos.

La imagen serena, tibia, tierna, dulce, nos sensibiliza hasta las lágrimas.

Nilüfer Demir, la fotógrafa turca que retrató la foto del cuerpo de Aylan Kurdi ahogado en la playa, narró así lo que observó: “Cuando vi a Aylan Kurdi se me heló la sangre”.

La imagen se convirtió en un símbolo de los refugiados de Europa, en momentos en que se intensificaron los movimientos migratorios, en especial por los graves conflictos en Siria, donde Estados Unidos juega a dos ases: deja de apoyar a su dictador y ahora, subrepticiamente, empuja al terrible grupo terrorista Estado Islámico a que se tome el poder. Después, como suele hacer la Casa Blanca, impondrá un títere a su servicio.

Y los países europeos, igual que el cavernícola precandidato Donald Trump, impidiendo la entrada de los inmigrantes, mostrándoles su odio, colocando inmensas alambradas, levantando muros, estudiando la posibilidad de “repartirse” en porcentajes a los recién llegados, dejándolos prisioneros en los trenes, abandonándolos en el mar hasta que las frágiles embarcaciones se hundan.

 “Cuando vi a Aylan Kurdi ya no había nada que hacer. Allí había un cadáver con la camiseta roja levantada y pantalón azul marino. No había nada que yo pudiese hacer por él. Podía darme cuenta por la ausencia de gritos. Lo único que podía hacer era apretar el botón del obturador, e hice la foto en ese momento”, indicó Nilüfer.

Pero la imagen de Aylan nos llena de preguntas, de reflexiones, de rabias, de dolores que cuestionan a la misma vida.

¿Qué derecho tuvieron Dios o el destino o la historia o la casualidad o los que hacen las guerras para dejar que muriera el pequeño Aylan Kurdi, de tres años, cuya familia intentaba llegar al Canadá huyendo del conflicto en Siria, pero al negarle la visa terminaron a la deriva en las playas turcas?

¿Qué derecho tienen de hacernos esto a los seres humanos?

¿Por qué están tras los peores crímenes masivos los Estados Unidos y Canadá y los países más ricos y poderosos de Europa, que son quienes promueven los conflictos bélicos en Oriente Medio, que son aliados del estado terrorista de Israel, que buscan la destrucción de los países musulmanes?

¿Qué poder les asiste ahora para negar el derecho a la movilidad humana a los millones de ciudadanos inocentes que solo desean un mínimo espacio en el planeta para trabajar, amar y vivir en paz?

Quiero maldecir.

Quiero que la imagen del pequeño Aylan Kurdi muerto en la playa al menos les produzca pesadillas o no les deje dormir a los dueños del mundo que le negó la vida.

El mundo, sí, porque nosotros lo permitimos al creer sus discursos o al no aborrecer y no luchar contra los criminales que nos manipulan.

Yo no soy nadie ni nada.

Pero, al menos, tengo un poder: puedo decirles, en voz alta, que los poderosos líderes del mundo son unos miserables hijos de puta.