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foto Jorge Enrique Adoum

Un gracias enorme, Rubén Darío, por haberme regalado tus “batallas personales”, muchas de las cuales conozco, comparto y me son del todo cotidianas.

Y para nada es “modesto” (como me dices en la dedicatoria) el homenaje que le haces a Jorgenrique compartiéndolas conmigo.

Yo, que “toqué con sus manos”, vi con sus ojos, escuché con sus oídos sitios, personas, calles, parques y plazas de ya ni sé cuántas ciudades en el mundo, también opté por mi Quito en un regreso que por fortuna ya no tiene remedio.
Leyendo tu conversación con el Turco, lo encontré más hijo que nunca de esta ciudad, sobre todo porque él se le pareció tanto, tantísimo… “peligroso por intelectual, beligerante, irreverente, rebelde, altivo, imposible de someter”.
Ya era así cuando escribió Carta para Alejandra  y yo tenía apenas tres añoscrecí junto a él mirándolo ser así, compartimos muchos años y él seguía siendo así, y siguió siéndolo hasta el final, hasta poco antes de que decidiera mudarse al otro barrio, cuando conversaste con él y lo mirabas tras el humo de su cigarro y con un vodka en la mano, ya temblorosa para entonces.
Me has hecho extrañar más aún su presencia, que me hace falta todos los días, especialmente cuando “la lluvia golpea los vidrios de los ventanales del departamento donde el poeta vive con Nicole” (ahí siguen ambos, te aseguro, y por eso uso el mismo tiempo en el verbo) y donde hasta el final me fue dado constatar que siguiendo el consejo de Alberti, en algún momento comenzó a contar los años al revés… y me tocó constatar que, por eso mismo, murió más joven que muchos jóvenes que han optado por pensar y vivir como viejos, y lo hizo “en plenitud”.
Abrazos multicolores es lo único que se me ocurre hacerte llegar para seguirte agradeciendo.
Alejandra
foto batallas personales