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foto libro Massucco

Jorge Massucco nunca dejará de ser crítico ni rebelde. Vean, sino, la portada de este libro…

En Massucco no encaja aquel lugar común de cierta izquierda ideológica, muy repetido ahora, de que “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”.

Este guayaco argentino o argentino guayaco, de barba blanca y de tez apacible, podrá tener 50, 60, 70, 80 o 90 o los años que alcance a vivir, pero nunca cambiará  en su irreverencia social.

Siempre será crítico. Siempre rebelde. Siempre cuestionador de lo que muchos dan por cierto, de lo que muchos, desde la falta de reflexión y pensamiento propio, aplauden a ciegas, sin análisis ni filtros.

Ha escrito un nuevo libro y aunque con seguridad pocos lo comprarán (puedo dar fe, propia, de lo que eso significa en un país como Ecuador donde, en promedio, la gente lee menos de un libro por año).

Pero eso no importa. El nuevo libro de Jorge Massucco, “De la risa a los referentes compartidos”, es un nuevo capítulo de su obsesión teórica y social mayor: cómo se maneja en el Ecuador la comunicación social y el periodismo.

Y es un nuevo episodio intelectual relevante en este país de noticias intrascendentes o sesgadas, dramáticas o malintencionadas, conmovedoras o forzadas al dramatismo del rating. Noticias construidas por medios de información (no de comunicación, como lo precisa Massuco) que cada vez más se hunden en su propia incompetencia, en su incapacidad de entenderse en el contexto y en la época, en su vocación por la irrelevancia.

El epígrafe del libro (entre paréntesis, con una hermosa portada donde Massucco es, en el ojo de quien lo retrató, el Massucco auténtico) es innecesario, casi, porque más que elaborar una teoría de la comunicación, lo que el autor hace es fabricar dardos de inteligencia, flechas envenenadas de criterio, balas que llegan al corazón de nuestro peor mal como sociedad: la incapacidad de entendernos, de escucharnos, de comprendernos, de explorarnos, de tener la certeza de que el Otro (con mayúsculas) no son yo (con minúsculas) y que Yo (con mayúsculas) no soy el otro (con minúsculas).

Y que, en esa dimensión, no es posible una coexistencia plena sin tolerar, sin aceptar, sin escuchar, sin dejar que se multipliquen por todos los rincones las voces, los sentires, los pensares, los pesares nuestros y de los muchos otros.

Será por eso que, con la humildad que, digno y lúcido, lleva sobre sus hombros, Massucco intenta en su libro explicar lo inexplicable: “Sobre el arduo trabajo de escribir”.

Y dice:

Este libro fue escrito sin prisa y sin pausa, con la esperanza de que, si no en lo inmediato, en algún otro momento se lo reconozca como referente. Mucho de los dicho merecería ser revisado y desarrollado. Sirva así de estímulo para que no dejen de escribir quienes tienen algo que decir. Y si no, ¿qué importa? Me voy a mi caleta y listo”.

Este es Jorge Massuco. Un ser humano con capacidad de que su palabra trascienda, aunque él no lo quiera o diga que no lo quiera. Aunque rechace las luces, los reflectores, la fama (¿la fama?), la admiración, los autógrafos.

Se va a su caleta. Y listo.

Lo dice por decir. Porque tampoco le creo. Me consta cuánto ha luchado en todos sus años en el Ecuador (tras venir como exiliado de la Argentina de los milicos más criminales de la historia), en el Ecuador guayaquileño, por sostener y proyectar una identidad colectiva desconocida por los propios protagonistas de esa identidad, oculta por los medios de información porque los complejos de inferioridad son mayores que el orgullo, la pasión y la pertenencia por lo local, por lo propio, por lo nuestro, por lo que nos hace distintos, por lo que configura nuestra visión del mundo y de nosotros mismos.

Cuestionador implacable y contundente detrás de su rostro apacible y sus ojos serenos, Massucco rechaza todo lo que lo encasille, desde que lo llamen “escritor” hasta verse obligado por los cánones académicos a colocar en formato APA la bibliografía en que se basó para repensar lo que han escrito otros.

El libro, incluso en un aspecto tan formal como ese, va contra la rutina y las normas impuestas desde una academia que se autoerige en faro y luciérnaga del pensamiento universal, un pensamiento -sin embargo- cada vez más fragmentado, roto, partido en pedacitos de conocimiento tomados de algún motor de búsqueda informatica.

Porque el autor tiene razón: si no hay libro, ¿no hay pensamiento? ¿No quedan en el aire y en el corazón los aportes y las ideas de amigos, familiares, alumnos, esposa, colegas, gente de la calle, cualquier papel escrito en una servilleta para no olvidar unas palabras tan precisas? ¿Cómo les cita a ellos según las normas APA? ¿Cómo los clasifica, enumera y coloca como pie de página?

Y con su infantil perversidad, fruto de tantas décadas de observar con atención la vida cotidiana y de leer las entrelíneas de tantas páginas redactadas por pensadores considerados “históricos y brillantes”, de los cuales también deberíamos reírnos un poco (¿no dicen ahora que el gran Hemingway era agente de la CIA cuando vivió en Cuba y escribió El viejo y el mar?).

Sí, es probable que las bibliografías de muchos libros deben ser una expresión del ego de quien se jacta de haber leído y escrito y estudiado tantos textos que ya no pudo más se vio obligado a escribir su propio libro, un libro -según él- capaz de recoger los fragmentos de lo que quedó de ellos y convertirse en un “best seller”.

En De la risa a los referentes compartidos, este antiguo y nuevo Massucco, siempre sorprendente por su inapelable coherencia para vivir como piensa y pensar como vive, se interesa por el humor como manifestación de lo compartido y hasta llega a preguntarse por qué reímos y lo sitúa dentro del gran tema intelectual de su vida: la cultura en su más vasta definición, en la identidad popular, en la inutilidad de los medios de información como productores de elementos de comunicación que nos unan.

Leído en su conjunto, De la risa a los referentes compartidos 

O a cuestiones tan elementales como la inexplicable interrogante acerca de por qué no se estudia algo de quichua en algún nivel de nuestra educación formal. O a lo más esencial que, sin duda, a él no le deja dormir: ¿cómo puede existir una sociedad sin referentes identitarios colectivos?

Con frases como esas (¿Y a mí, qué?), Massucco es capaz de destrozar teorías presuntamente profundas acerca de la vida, propuestas filosóficas, racionalidades para existir, pretextos para elaborar pensamiento que, aunque suene sacrílego decirlo, da las vueltas entre los mismos del círculo libresco, sus apóstoles, sus iniciados y sus seguidores, fanáticos enceguecidos.

Y dice, irónico:

“Lo cuestionable es el seguimiento y la veneración que a cada vuelta de tuerca conferimos a lo más nuevo que nos llega del más allá”.

Sobre la base del rechazo al convencionalismo y a la aceptación de tesis sin ningún intento de generar debate o, al menos, deliberaciones alrededor de lo que se nos impone desde afuera con la consigna de que siempre será mejor, siempre será profundo, siempre será inteligente, siempre será nuevo, siempre será de vanguardia, sacude también nuestro viejo concepto de universidad de tercer mundo:

“Las universidades, que son las instituciones llamadas a formas gestores culturales, se han transformado en organizaciones (o instituciones) destinadas a proveer de títulos habilitantes. Y los jóvenes se quedaron en eso porque no se plantearon el cambio de los modelos que la dependencia nos impone. No han sido capaces de desprenderse de ese lastre y de encontrar otras fórmulas coherentes con nuestra propia realidad”.

Se trata, en realidad, de una certera bofetada a la estructura no solo educativa sino social. Los periodistas, por ejemplo, y mucho más con las actuales regulaciones, llegamos a creer que ser periodista es tener el título.

Y no. Ser periodista es una construcción socio-individual diaria, de toda la vida, con altibajos, con encuentros insólitos e insospechados, con tropezones siniestros, con trampas puestas por nosotros mismos, con destellos de luz (muy pocas veces).

En este nuevo libro de Massuco he encontrado algo más que estos legítimos cuestionamientos y estas ideas que comparto con él casi a ojos cerrados (el casi es porque si comparto sus tesis a plenitud, sin matices ni criticidades, ya no tiene sentido que yo crea en él y, por tanto, no habría razón de que yo apareciera como el feo de la fiesta estropeando un inteligente libro con un prólogo reverencial y protocolario).

He hallado que el autor es capaz de dar las vueltas en el mismo círculo crítico, en el de siempre, pero buscando visiones distintas y enriquecedoras mientras camina en su propio terreno, como dirían mi general, mi coronel, mi sargento o mi cabo.

Con una aparente sencillez -porque él no podrá negarme cuánto le habrá costado escribir un libro complejo que lo que menos pareciera fuera eso- bucea en el sorprendente tema de “la risa desde la comunicación social” y se pregunta qué sentido tiene o, mejor, qué sentido tiene hacer humorismo sin referentes compartidos.

Compartir suena a compadecer. Y compadecer suena a com-padecer.

Me recuerda a Adela Cortina cuando explica que compadecer no es sentir lástima sino entenderle al Otro, padecer juntos, padecer hasta el punto de que padecer no es sufrir sino existir (amar, caminar, proteger, entender, escuchar).

Y que todo eso y que solo eso nos hace humanos en la medida en que somos capaces (¿lo seremos?) de dejar de ser nosotros mismos desde nuestros egos y vanidades.

Su cita de Abdón Ubidia es pertinente:

“Acaso sea hora de volver a lo que creemos y queremos verdadero; hora de recordar el simple referente de la escala humana y sus demandas básicas; hora ya de escuchar el clamor de las cosas, la rebelión de las formas concretas del mundo; contundentes cosas, datos, hechos, definiciones, realidades”.

En esa perspectiva parece ser que Jorge Massucco intenta armar el rompecabezas o el cubo de Rubick de la relación humor, risa, comicidad con las teorías de la Comunicación Social.

Su análisis sobre el chiste es original, pero podría caber una pregunta que va más allá de este trabajo: si la risa solo es posible cuando se comparten referentes, ¿qué pasa con la tristeza, con el desamor, con el llanto?

Le dejo al maestro Massucco la tarea. Quizás estoy empujándolo a un nuevo libro. Crucemos los dedos.

Pero volvamos al texto que estamos comentando.

Tomado como un elemento esencial de la identidad social, de la identidad nuestra, Massucco precisa que:

“En el afán de no dejar que los otros piensen por uno, es necesario remitirse a las experiencias personales y cotidianas que nos alejan de los libros (de los otros) y nos acercan a la realidad (de nosotros) (…). Tenemos que aprender a vernos con nuestra propia mirada”.

¿Qué significa vernos con nuestra propia mirada en un contexto en el que es tan difícil mirarnos (¡) y, peor, reírnos de nosotros mismos o, como diría el propio autor, reírnos del Nosotros?

Él analiza que, en consecuencia, el chiste no tiene sentido global, pese la globalización que, aclara, se nos impone hace más de un siglo).

La globalización –subraya- nos impone una visión unívoca a la que se nos quiere incorporar y frente a la cual no atinamos a reaccionar. Alfonso Sastre dice esto mismo con otras palabras: ‘porque no sabemos nada de otras risas, o yo al menos, como la risa china o loa risa iraquí o la risa egipcia, por poner ejemplos de mi enciclopédica ignorancia”.

Más serio y analítico, explica que:

“El humorismo apela a la dualidad y contradicciones del individuo para consigo mismo. Mientras que lo cómico lo hace entre el individuo y la sociedad (…) El humor involucra al emisor como persona real. Siempre tiene un dejo de autocrítica, de autobiografía. El humor es más sutil, más exclusivo, porque el autor se reconoce en el otro: él, tú y yo funcionamos de la misma forma. Compromete una opinión personal sobre uno mismo.

“La clave del humor está en la capacidad de reírse de uno mismo. Reconocer lo diverso en uno mismo”.

El autor llega, en esta parte,  a un momento fundamental, a lo que a lo largo de su vida ha perseguido: la necesidad, la urgencia, la imposibilidad de existir sin reconocerse en el otro.

Y el humor, aunque parecería un aspecto irrelevante de ese reconocerse, en realidad es vital. Por eso saca tres conclusiones:

“Si el autor y yo no tenemos referentes compartidos no podemos comunicarnos: lo que es cómico para el autor no me hará reír”.

“Si el autor y nosotros no tenemos referentes compartidos no podemos comunicarnos: lo pretendidamente cómico no nos hará reír”.

“Si el emisor y los receptores no tienen referentes compartidos no pueden comunicarse: lo pretendidamente cómico para el emisor no hará reír a los receptores”.

De la mano de su análisis sobre el humor, Massucco nos lleva a consolidar la tesis que él siempre ha mantenido a lo largo de sus escritos, clases y conversaciones: la necesidad de los referentes compartidos como única posibilidad de comunicarnos entre los seres humanos.

Es decir, más allá de su reflexión acerca de la risa y la alegría y lo festivo y el humorismo, el mensaje que nos envía es contundente, tanto así que lo pone como título del capítulo cuatro del libro: “El humorismo como manifestación de una identidad compartida”.

“La comunicación no es con lo escrito o dibujado, sino con quien escribió o dibujó. (…) Se diría que lo cómico radica en el descubrimiento. Y desde mi perspectiva, en el descubrimiento de ‘otro’ referente compartido.

“Tal vez todo se reduzca a un juego de descubrimientos que culminan en la risa compartida cuando descubrimos que el otro (el vecino) comparte el mismo descubrimiento que uno”.

El libro de Massuco está concebido como un juego donde el lector no puede dejar de ser partícipe. Incluso, la mayoría de capítulos está matizada con gráficos, dibujos, cómics…

Y sumergen a quien revisa el texto en un conocimiento que va más allá de la simple enunciación de una hipótesis o una tesis cuando ilustra al lector con definiciones académicas (en la que seguramente no cree a pie juntillas, pero que le son útiles para redondear sus ideas), fragmentos de diccionarios, definiciones de palabras…

El autor no puede, o no quiere, desconectar su primera tesis sobre el humorismo con los referentes compartidos y, como correlato, con los medios de información.

El periodismo no escapa ni escapará nunca de la irónica y dura mirada de Massucco sobre el sentido real, la utilidad, la vida que tiene que expresarse (y no siempre lo hace) en los medios de información.

Con estos conceptos pasa a un segundo bloque de reflexión:

“Toda palabra en uso se emplea con determinados hipersentidos que responde a la historia cultural, a las vivencias acumuladas del hablante. Y esto, que suena a perogrullada, tiene mucho que ver con el ejercicio del periodismo…”.

La tesis de los “referentes compartidos” se vuelve, con en anteriores obras de Massucco, en el eje por donde transcurre el resto del libro y en la razón por la cual –me atrevo a imaginar- el texto nos lleva a una áspera crítica de la estructura de los medios de información y de su incapacidad de convertirse en lo que deberían ser: medios de  comunicación.

Por eso, en el capítulo 8, donde intenta “una clasificación de referentes según el ámbito en el que operan”, conmina a los periodistas a construir metáforas de los referentes compartidos y exhorta, a quienes escriben, a difundir y posicionar esos referentes y hacer metáforas con ellos.

A partir de entonces, el libro cobra una especial relevancia cuando Massucco desestructura el discurso informativo (él, seguro, se negará a hablar de “discurso mediático” y, con toda razón, porque no lo es):

“La comunicación no está en el discurso explícito, ni en ese juego de significante y significado que todos reverenciamos, ni en lo denotado y connotado que llega a nosotros como la respuesta a muchas preguntas que nosotros repetimos tan bien como seamos capaces”.

Lo más interesante de la propuesta que nos hace el autor es, sin embargo, la ratificación de que existe una indisoluble relación entre el humor, los referentes compartidos y la comunicación:

“La risa no es gratuita; detrás de ella hay una función que apunta a la integración social”.

Cuando entra de fondo al análisis de la función social de los medios de información, el autor se muestra mucho más crítico y frontal que en las páginas anteriores.

Para él, las desconexiones de la sociedad, la incomprensión de unos individuos con otros, la falta de una identidad que nos identifique y enorgullezca, la incapacidad de “leer” las obras de arte y las manifestaciones culturales, tienen responsables: los medios.

Si bien se comprende que los dueños de los medios no tengan la obligación de tener formación cultural, Massucco conmina de nuevo a que los periodistas:

“… tienen que saber cómo establecer conexiones entre la noticia y los modelos que la propia historia (lejana o próxima) les ha dejado como legado, es decir su propia cultura. Del criterio con que selecciona y utiliza esa herencia se deduce la calidad con que el periodista cumple su función social”.

El autor propone un modelo integral de periodista, si cabe llamarlo así, para que se oponga y llene los vacíos que construyen los medios en su afán de engordar el negocio:

Los medios construyen referentes degradados que nos hacen cómplices de una sociedad sin valores y sin destino. No se detienen en el trabajo sino, cuando mucho, en la obra terminada. Y, lo que es más grave, son muy pocos quienes desde la academia logran escapar a esa misma red que los atrapa”.

“Los procesos están devaluados. Solo se reconoce el triunfo”.

En el año 2003 tuve la oportunidad, por invitación del mismo Jorge, de presentar su libro El nosotros: comunicación, identidad y ciudadanía.

Más de una década después, me encuentro con un nuevo y distinto pero el mismo texto, ahora pletórico de madurez y mucho más convencido de sus tesis, sus críticas, sus irreverencias.

Ahora nos habla con la certeza del modesto catedrático, ampliamente experimentado, del maestro de la palabra y de la imagen, del periodista y del fotógrafo.

Nos enseña desde la certidumbre de que ningún trabajo periodístico se plantea el tema de los referentes compartidos, pese a que son estos los únicos hilos capaces de tejer la historia y la red social.

Y establece, en sus páginas finales, que esta ausencia podría deberse a que “asumimos la racionalidad europea desde la afectividad latinoamericana. Pero raramente somos capaces de construir una racionalidad desde el Nosotros y cuando alguien lo hace se lo ignora”.

“Son –según Massucco y según quien escribe este prólogo- dos maneras de ver la vida cuyo enfrentamiento nuestra sociedad vive cotidianamente”.

Y lo dice de manera contundente en un mensaje tipo conclusión que intenta sacudirnos:

Orientar sobre los referentes, fortalecerlos, afirmarlos y reafirmarlos es un problema de honestidad, sentido común y ciudadanía”.

Sí, es cierto. Pero, ¿lo comprenden los medios?, ¿lo asimilan los periodistas? ¿lo entienden medios y periodistas y lectores como un “sine qua non” de la comunicación?

Lo dudo. El chip burocrático, vertical y no deliberante nos invade cada vez más. El chip de la pasividad, de la aceptación de los hechos sin pasarlos por filtros o hacerlos rebotar en muros de conciencia.

Son cosas, asuntos, perspectivas, visiones, principios, valores y deberes que aún nos falta mucho trabajar. A todos.

Y cuando digo a todos me incluyo, incluido al autor del libro, incluyo, sobre todo, a esta que dice llamarse sociedad o Estado u organización político-económica incapaz de des-individualizarnos, incapaz de des-envanecernos.

Porque no sabemos reír con el Otro, no entendemos la urgencia histórica y coyuntural de escuchar al Otro, no comprendemos -y quizás nunca seamos capaces de hacerlo, porque nuestros egos van en dirección contraria- que no es posible construir una sociedad, mucho peor una nueva sociedad, sin asumirnos como un “Nosotros”.

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Prólogo del libro de Jorge Massuco, por Rubén Darío Buitrón

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