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foto fundas plásticas foto supermercado II

¿Se imaginan qué incómodos nos sentiríamos si María o yo o los dos fuéramos al Supermaxi con un tradicional canasto de carrizo o una funda de yute con agarraderas, un poco estropeada por el peso de las seis libras de papas compradas la ocasión anterior, o una bolsa tejida con crochet por la abuelita o simples fundas de papel empaque?

No se vería cool.
Con mi esposa hemos hablado de este tema muchas veces, y hemos estado a punto de romper el molde del típico cliente de supermercado gringo, que se autodenomina “politicamente correcto”.
Es el clásico comprador compulsivo que va acompañado solo de su tarjeta de crédito y dos horas después sale con dos carritos colmados de artículos de comida chatarra, licores importados y cajas con bocaditos, cada uno en una funda plástica donde dice Supermaxi y abajo de Supermaxi escrita una leyenda que pide al usuario no consumir demasiadas fundas plásticas o asegurar que esa funda es “biodegrable” (como diciendo “no se preocupe, consuma nomás) o pedir que recicle la funda la próxima vez.
María suele decir que es difícil sobrevivir en medio de una sociedad donde los prejuicios y las comparaciones y las habladurías hacen daño a los más inocentes y prefiere evitar una mirada irónica o un murmullo al pasar.
Por eso es que en casa guardamos tantas fundas como si algún día tendríamos el objetivo de invertir en un megasuperhípermercado, borrar la marca de las fundas y fingir que son propias.
Pero no, qué va. El problema es nuestro prejuicio de no usar ni el canasto ni la bolsa de yute ni la bolsa de papel ni la funda de crochet.

Porque siempre es feo que hablen mal de uno. Y peor la gente plástica.