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foto El punto en la mano

No he visto en el Ecuador, todavía, a ninguna mujer con un punto dibujado en la palma de una de sus manos.

Me parece que eso se debe a que la violencia doméstica todavía es de puertas adentro, de temores, de encadenamientos económicos, de terror a la soledad, de la falta de decisión de quienes sufren violencia intrafamiliar.

En el país, pese a que existen leyes contra el feminicidio y que se han hecho campañas masivas no estatales sino de Organizaciones No Gubernamentales, pocas mujeres o niños se atreven a denunciar a sus agresores, a que estos agresores todavía ejercen sobre sus víctimas un poder represivo o chantajista o de miedo para mantenerlas calladas.

¿No debería existir una campaña permanente en los llamados medios públicos y en los espacios gratuitos que tiene el Estado en los medios de comunicación?

Porque la situación es muy grave, pero su falta de difusión la vuelve invisible o ajena a nosotros.

Pongamos un solo ejemplo, tomado al azar, de Diario El Comercio del año pasado:

“En los últimos dos años, 114 mujeres fallecieron a escala nacional por casos relacionados con violencia intrafamiliar.

El dato corresponde a los registros de la Policía Nacional y los difunde el portal web de la Red Latinoamericana de Seguridad y Delincuencia Organizada (Relasedor).

Se trata de homicidios agravados cometidos contra mujeres en contextos de violencia familiar.

Por un caso de este tipo, un hombre fue acusado por la Fiscalía en la audiencia preparatoria de juicio que se realizó la tarde del 14 de julio del 2014, en Quito.

Johny E. es investigado por un cuádruple crimen registrado la noche del 18 de mayo pasado en Carcelén, norte de Quito.

Ese día, la Policía levantó los cadáveres de dos mujeres y dos niñas, quienes habían sido degolladas. El sospechoso era pareja de una de las mujeres fallecidas con quién se había separado y padre de dos menores que fueron halladas muertas.

El fiscal que maneja el caso manifestó que en dos cuchillos de cocina de la casa en donde se registró el crimen, se encontró ADN que correspondería a Johny E.

También halló su perfil genético en las manos de los dos cadáveres de mujeres adultas”.

Por eso, justamente, la idea de dibujarse un punto en la palma de la mano es para que las víctimas puedan expresarse desde el silencio, a espaldas de su agresor, y pedir ayuda a quien pueda observar aquella desesperada señal en busca de ayuda.

El silencio nunca ayuda en estos casos. Más bien consolida una situación que puede atravesar una frontera inenarrable y terminar en una tragedia.

Sucede todos los días.

Del grito se pasa a la agresión física y de la agresión física a una acción moral. Si la víctima no decide pedir auxilio, la situación empeorará cada vez más.

En otros casos, cuando se trata de abusos de adultos a menores de edad, en especial niñas y adolescentes, no existe otra manera de que alguien se percate de, gracias al punto, ocurre una situación anómala y que se produzca, por fin, la acción solidaria.

Que el punto deje de ser un signo ortográfico.

Que pase a ser el más importante símbolo de una realidad que, por muchos años, en el Ecuador se ha mantenido callada, cómplice, mortal.

Que pase a ser una noticia social, de primera página, y abandone, para siempre, la crónica roja.