“Si sabes exactamente cuál es tu verdadera fuerza y cuál es la del enemigo, nadie te derrotará. Pero debes estar seguro de saberlo”. Sun Wu.

Lo dijo hace algunos siglos uno de los teóricos chinos de la estrategia de la política y la guerra y, sin embargo, días después del fatídico 25-O, la izquierda latinoamericana no parece reaccionar a los resultados electorales adversos en Argentina, en Guatemala y en Colombia (comicios locales), donde la tendencia socialista perdió de largo y, en el caso argentino, donde cierto tufo a triunfalismo ha dejado a los tuiteros kirchneristas con un discurso que ni ellos mismos se creen.

El pasado martes 27, uno decía, casi textualmente: “Nos derrotaron el diario Clarín, la CIA y los grandes empresarios”.

Pero, ¿cómo? ¿No era que lo tenían todo controlado? ¿No era que en Argentina la Ley de Medios decretada por Kirchner debilitó de manera profunda a diario Clarín? ¿No era que a pesar de la CIA y de los grandes empresarios, y debido al extraordinario gobierno que se hizo estos años, se vendría un inmenso caudal de votos en favor de Scioli, vicepresidente de Cristina y candidato presidencial del oficialismo?

Eso no lo ha dicho nadie, al menos hasta ahora. Y las cosas no se pueden ni deben explicar desde lo burdo y simple, porque la política es más compleja: “Nos derrotaron el diario Clarín, la CIA y los grandes empresarios”.

¿Y la autocrítica? ¿Y el análisis de qué se hizo mal? ¿Y la pregunta de por qué se escogió a Scioli si él mismo hace algunos años, desde la propia vicepresidencia, complicó ciertos planes de Cristina? ¿La gente estaba cansada de más de una década de kirchnerismo, una mezcla de socialismo y populismo que ya son legendarios desde que el general Perón se convirtiera en el Velasco Ibarra de ese país del sur latinoamericano?

Lo más grave es y será siempre eso, la falta de autocrítica.

Y, quizás, como ocurre en el Ecuador, la lenta y poco efectiva depuración de las filas del movimiento PAIS, la falta de un cambio de timón en la conducción política de la agrupación (¿Doris Solís es la líder adecuada para el momento que vivimos, agudizado por un frenazo económico nacional cuyas consecuencias aún no las vemos en su real dimensión?) y la falta de rigor en la cúpula gubernamental para mantener exclusivamente a los ministros más capaces, no solo a los más fieles o leales. De eso nos han hablado tanto, de la meritocracia, y, sin embargo, el barco hace agua por algunos frentes ministeriales estratégicos.

Los periodistas conscientes de su deber cívico tampoco ayudan a esclarecer lo que ha pasado en Bogotá, Colombia.

¿No decíamos que Petro era un gran alcalde y que la izquierda seguiría de largo al frente de la capital de ese país? ¿No es una nueva muestra de exceso de confianza y de mal trabajo con las bases y –de nuevo- de una dramática falta de autocrítica interna en los partidos y movimientos de izquierda que dominaban el espectro político en Bogotá?

Más grave aún, en Guatemala se produjo el voto castigo a un presidente como Otto Pérez, que muchos consideraban progresista, al menos, y que ahora está preso junto a su exvicepresidenta por graves denuncias de corrupción?

Los guatemaltecos, un pueblo que ha sufrido tanto la represión de militares sanguinarios de extrema derecha y vinculados con organizaciones religiosas fascistas estadounidenses, sorprendieron al continente al escoger como presidente de la República a un payaso (payaso de verdad) que entró a competir por la puerta de atrás y que ahora gobernará o desgobernará Guatemala con rumbo incierto.

¿Hemos aprendido de las lecciones del pasado? Todo parece indicar que no. Y que aunque tratemos de convencernos de que ya quedaron atrás las partidocracias y las largas noches neoliberales, de nuevo están a la puerta de la esquina, por ejemplo con un Macri, de extrema derecha, que competirá con ventaja moral en la segunda vuelta de noviembre con un Scioli desconcertado que busca culpables en sus propios compañeros legisladores pero que no es capaz de mirarse en un espejo y decirse, a sí mismo, cuatro verdades urgente y necesarias.

No en vano, otro legendario maestro chino, el del Arte de la Guerra (Sun Tzu), aconsejó siempre:

“Conoce a tu enemigo, conócete a ti mismo, conoce dónde estás, conoce por qué sucede lo que está sucediendo”.

Es absurdo y hasta inoportuno exigirle a un ciudadano ecuatoriano común, ensimismado en sus problemas cotidianos o preocupado por su trabajo o su familia, que tome conciencia de que el pasado domingo 25 de octubre de 2015 América Latina dio un giro inesperado en su presuntamente irreversible proceso de camino al socialismo del siglo XXI, al socialismo democrático y más justo.

De repente aparece en Guatemala (como resultado de la corrupción de un expresidente “serio”, ahora procesado por corrupción) una tendencia clara: la antipolítica, el voto como rechazo.

Y así, un popular payaso (literal) llega al poder convertido en Primer Mandatario y ligado con la extrema derecha de su país, una sanguinaria derecha militarizada que mató a miles en los años 80, una izquierda miope y una tendencia religiosa populista y proestadounidense, como un clon de Bucaram mezclado con Álvaro Noboa, Rodríguez Lara y León Febres Cordero.

“Para llegar a la Presidencia, el actor cómico Jimmy Morales echó mano de los chistes y pasajes bíblicos a fin de explotar al máximo el descrédito de la élite político hundida en una ola de escándalos de corrupción, dijo la BBC y añadió:

Pero ahora tiene el reto de gobernar un país que no está para bromas. Sin experiencia política y ni siquiera un plan de gobierno, Morales prometió sacar a la mayor economía de Centroamérica de su peor crisis institucional en décadas a la cabeza del Frente de Convergencia Nacional, una heterogénea y patética alianza de militares de extrema derecha e izquierdistas exguerrilleros que combatieron contra esos militares”.

Y así, más abajo del continente, de pronto, 15 años después de que la izquierda controlara el poder local en Bogotá, gana la alcaldía un hombre de derecha que ya dirigió la ciudad, el exalcalde Enrique Peñaloza, cuya gestión hace dos décadas fue cuestionada.

De repente, el socialismo latinoamericano se sorprende de que el candidato oficialista del kirchnerismo izquierdista, que aparentemente “lo tenía todo bajo control”, no logre la votación para ganar en primera vuelta y ahora deba enfrentarse en segunda vuelta al poder de la extrema derecha y los grandes medios de comunicación.

Ese ciudadano no tiene por qué saber que aquel día sucedieron las cosas al revés, o al menos no como el triunfalismo fanático de izquierda lo presagiaba.

¿Por qué se perdió en Argentina, en Bogotá y en Guatemala (aunque en este último la otra candidatura tampoco era una alternativa de izquierda)?

¿Caímos en la sobrevaloración?

¿Subestimamos al rival?

¿No somos capaces de  trazar escenarios y entender cómo enfrentarlos si ocurriera algo parecido en otros países como en Ecuador?

¿En Ecuador creemos que basta con tener al popular líder Rafael Correa de Presidente, pero no exigimos mayor autocrítica a su movimiento PAIS y más rigor a su equipo de trabajo, que tiene la obligación de representar a la llamada “meritocracia” que en algunos casos no hace honor a su calificativo?

“Si deseamos remediar las condiciones adversas, debemos tener la valentía para entender dichas condiciones y cómo nos afectan”, dijo la Premio Nobel de Literatura Doris Lessing en un momento geopolítico parecido al que vivimos ahora.

¿Y qué pasa con el periodismo regional? ¿La prensa de izquierda entiende mejor lo que está ocurriendo o la prensa de derecha tiene más claro el panorama?

Los periodistas tenemos la obligación de entender y reflexionar. Pero muchos, al menos en el Ecuador, aún ni siquiera asimilan o aprehenden lo que ocurrió en Argentina, en Guatemala y en Bogotá.

La globalización demanda un tipo de periodista que no solo informe, sino que analice. Que no solo sepa, sino que contextualice.

Porque, de lo contrario, en el Ecuador, por ejemplo, tampoco hay una autocrítica regional y se llega a la simpleza de decir que como “Correa no es Scioli” no se perderá el poder el 2017 o que “mientras tengamos a Correa no hay que preocuparse”. Lo dicen tuiteros y analistas superficiales.

Pero hay otros tuiteros que reflexionan con más realismo. Dicen que no se trata de afirmar que acá “nunca pasará algo así” si no trabajamos todos los días desde la autocrítica, el esfuerzo por la excelencia y el fin del aburguesamiento de ciertas elites enquistadas en el poder político.

Por suerte, algunos ciudadanos en redes sociales tienen claro que el triunfalismo nos puede hacer mucho daño y precisan que el diálogo por la equidad, esa herramienta de consensos y disensos que no terminó bien desde la Senplades, no ha llegado a todos los rincones de la Patria y de esa manera el proceso de cambio corre un serio peligro.

No podemos compartir aquel exitismo anticipado. Mantener un proceso de transformación requiere un trabajo extenuante para entender qué estamos haciendo mal y una conciencia clara de que aún hay muchos errores que se cometen y que alejan del proceso a una parte de la población.

“Mientras PAIS o AP siguen de brazos cruzados, es una lástima que los militantes sigan con la idea de que Rafael Correa debe asumir todo el peso de la continuidad del cambio”, analizaba una tuitera.

Es necesario tener claro que no solo son los medios, la CIA o los empresarios los que llevan al poder a un político de derecha. Eso es demasiado simple y frívolo como análisis de coyuntura.

En algunos casos, son los errores de la misma izquierda.

Y por eso los ciudadanos debemos exigir que esa autocrítica al y desde el movimiento en el poder sea profunda y honesta, que se convierta en decisiones y hechos.

Solo pensémoslo un momento, de nuevo: si en Guatemala un payaso de extrema derecha y sin ninguna formación política llega a Presidente, algo falla en la izquierda continental: malos líderes o malos procesos o malas alternativas.

Un analista que no se identifica en su cuenta de Twitter sostiene que lo que ocurre es el resultado de “un torpe inmediato popular, convencido por la prensa privada, hostigante y corrupta, y un gobierno acosado por una economía injerencista”.

 Quizás. Pero, sin embargo, elude, el implacable análisis de lo que estamos haciendo mal.

Y todos sabemos que en política, como en muchos otros aspectos esenciales de la vida, solo la autocrítica rigurosa impide cometer o repetir errores históricos. La izquierda de América Latina debe hacerlo antes que sea tarde.

Los resultados electorales del 25-O en América Latina demuestran, además, que no es posible ni sensato subestimar a ningún rival, por dinosaurio o por incapaz que parezca.

La lección es no confiar en la cantidad de victorias obtenidas sino en las que se deben ganar.

Por eso hay que repetir la lección de Sun Wu, ahora en un tono más admonitivo:

“Si sabes exactamente cuál es tu verdadera fuerza y cuál es la del enemigo, nadie te derrotará. Pero, ¿estás seguro de saberlo?