foto periodista suscitador

Una de las grandes confusiones de la inmensa mayoría de periodistas ecuatorianos a partir de la batalla mediática planteada por el presidente Rafael Correa en contra de la gran prensa desde el 2007, es creer que su papel es defender las ideas, las directrices, y sobre todo, los intereses económicos de sus patrones o dueños de los medios donde trabajan.

Lo que al parecer no entienden (y me refiero a los periodistas de la prensa privada y también de la prensa gubernamental) es la diferencia entre lo que significa ser un actor político y ser un suscitador político.

El actor político ejerce o intenta ejercer el poder fáctico para incidir, influir o presionar al poder político y conseguir sus objetivos, en especial económicos, financieros, comerciales. Y mucho mejor si de paso también consigue puestos para sí mismos, para sus familiares y amigos en embajadas o en funciones estratégicas.

El suscitador político, por el contrario, desde su ética profesional y sus creencias ideológicas no defiende ningún interés ajeno a la sociedad ni obedece ciegamente y sin objeciones las líneas progubernamentales, sino que busca ser una herramienta social capaz de generar reflexiones, debates, deliberaciones, análisis y críticas de todos aquellos sectores ciudadanos que tienen algo que decir o que quieren expresar públicamente sus puntos de vista para que alguna autoridad los escuche y cambie lo que proponen que cambie.

El suscitador político no teme mostrarse como un ciudadano de a pie porque es un ciudadano de a pie: siente, piensa, sufre, tiene esperanzas, alegrías, frustraciones y logros. Crea o no crea en una ideología y en una forma de administrar el Estado y, en consecuencia, es un ser humano con sus propias posiciones, criterios y conceptos.

Lo más importante de esta confusión semántica es que, muchos de forma inconsciente, han tenido que retirarse las máscaras de sus rostros y confesar cuál es su verdadera posición, como debe ser: uno de los vacíos que aún tiene la Ley de Comunicación y que ojalá pronto se lo llene es aquel que se propuso en la Asamblea Constituyente de Montecristi pero no cuajó: que cada medio se identifique sin tapujos, es decir soy de izquierda, soy de derecha, soy de centroizquierda, soy del Opus Dei, soy de la NED (la organización financiada por la CIA para “auspiciar” proyectos periodísticos en contra de los gobiernos socialistas o de izquierda).

Si se dijera, de frente y con sinceridad, a qué línea ideológica pertenece el medio, ganaría el país, ganaría el medio, ganaría el periodista y ganarían los ciudadanos: todos sabríamos a qué atenernos y no nos dejaríamos seguir engañando con el manido lema de “periodismo independiente”, que, por supuesto, no existe en ninguno de los casos.

La confusión entre actor político (el que vela por sus propios intereses) y el suscitador político (que buscar servir a la sociedad) se origina en un mito cuya invalidez y falsedad ya están demostradas.

El periodista suscitador es provocador, agitador y tiene posición política, pero no debe olvidar que su actitud frente al público tiene que ser, siempre, equilibrada, honesta, contrastada y, estrictamente, apegada a lo que ocurre, no a lo que él o su patrón o su propietario o su autoridad superior quisieran que ocurriese.

 

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