foto caso Restrepo Luz Elena y Pedro

Conocí a Pedro Restrepo Arismendi en la Clínica Internacional, en Quito, casi al final del año 1988.

Ya había asumido el poder el socialdemócrata Rodrigo Borja tras los nefastos cuatro años de fascismo democrático (?) de León Febres Cordero.

Pedro estaba enfermo, con gastroenteritis. Pero, en realidad, estaba enfermo de tristeza. Y de frustración.

Una mujer policía era, en parte, la culpable.

Ella había sido la pieza clave del silencio que envolvió el caso Restrepo desde que se produjo la desaparición, tortura y asesinato a los adolescentes Carlos Santiago y Pedro Andrés Restrepo Arismendi.

El padre de los chicos, Pedro, acostado en una cama de la clínica, trataba de descansar bajo los ciudados de su esposa, Luz Elena.

Ninguno de los dos sabían, aún, lo que había ocurrido con sus niños, como Pedro los llama hasta ahora, 28 años después.

Pero la intuición materna suele ser tan fuerte que se anticipa a los acontecimientos: Luz Elena ya sospechaba que algo grave, muy grave, había pasado con sus hijos.

Después de meses de infructuosa espera y de silencio, porque la subteniente de policía Doris Morán les daba esperanzas (como parte de la estrategia de silenciarlos) y les pedía que no hablaran con nadie, mucho peor con periodistas.

Morán recibía dinero cada semana para “las investigaciones”, según contaba Luz Elena, pero al mismo tiempo les decía que no se preocuparan, que “los chicos estaban bien y pronto regresarían a casa”.

Mas, no sucedía nada de eso. Y Luz Elena empezó a sentir un hondo vacío en su corazón.

Razonaba, repetía cada detalle, contaba lo que la subteniente Morán les decía casi todos los días, cuando los visitaba para evitar que ellos salieran a denunciar en un juzgado o a los periodistas, pero algo en el interior de Luz Elena le decía que era irreversible la desaparición de los chicos.

Cuando entrevisté a Pedro y Luz Elena en su lujosa residencia de Miravalle (Cumbayá aún no era el lugar preferido por los ricos y la clase alta de Quito) me estremeció escuchar a Luz Elena las mismas palabras y la misma historia, con los datos exactos (porque la tenía grabada) que ya me había contado en la clínica, mientras su esposo Pedro, más cuidadoso con los conceptos, la oía con ternura.

En el segundo piso de la casa,  los dormitorios de los chicos estaban intactos, tal como los dejaron el día que salieron en su Trooper a recoger a sus padres en el aeropuerto. Y Luz Elena estaba decidida a que nunca, nadie, tocaría las cosas de sus hijos.

En la residencia, ahora con la piscina vacía y descuidada, vivían, hasta entonces, Pedro, Luz Elena, los dos chicos y María Fernanda (hoy cineasta, autora del documental “Con mi corazón en Yambo”), una niña de ocho años que no entendía lo que pasaba.

Cuando publicamos la historia en la revista Vistazo, el primer medio que lo hizo, estalló lo que se llamaría “el caso Restrepo”.

Fue extraño: la edición circulaba recién el día siguiente y, sin embargo, 24 horas antes recibí dos llamadas, una de un tipo que dijo ser “abogado de la Policía” y otra de una mujer, de voz tenebrosa.

Ambos hablaban a nombre de “mi comandante” y me dieron un mensaje claro: “¿Sabe lo que le puede pasar si publica algo de los Restrepo?”.

Yo, asustado y al mismo tiempo orgulloso (extraña mezcla de sentimientos), les respondí a los dos que sí, que me imaginaba lo que podía pasarme porque ya había recibido, en otros casos, amenazas, persecuciones y advertencias de “voceros” del gobierno de Febres Cordero por reportear para Teleamazonas las actividades del grupo guerrillero Alfaro Vive Carajo.

Incluso estuve a punto de caer de lo alto de la represa de Paute cuando otro personaje nefasto, en ese entonces principal custodio militar presidencial y pariente del posteriormente mandatario Lucio Gutiérrez, hizo el ademán de golpearme con la cacha de su metralleta al tratar de acercarme a preguntarle a Febres Cordero.

Pocos días después de aquella entrevista y cuando algunos medios pequeños siguieron la investigación, llegó Martha Cecilia, hermana de Luz Elena. Era una notable periodista en su país. Al percibir que su hermana empezaba a derrumbarse, decidió venir a quedarse y ayudar.

Y claro que había que ayudar, porque “la gran prensa” callaba. Por su estrecha relación con la Policía y con el poder político. Porque los periodistas que hacían relaciones públicas en la Policía durante la mañana, en la tarde y noche eran los encargados de las páginas de crónica roja.

Porque nadie se atrevía (ni quería ni le convenía) investigar ni al ministro Robles Plaza, al ministro Heinz Moeller o, peor, al mandatario León Febres Cordero.

Porque los gobiernos posteriores, aunque el de Rodrigo Borja echó abajo (simbólicamente) el mamotrero donde funcionaba el SIC y le cambió de nombre y armó una comisión de la verdad, nunca se atrevieron a enjuiciar a los autores intelectuales del crimen.

Con la torpeza con la que la Policía defendía sus mentiras, fue haciéndose evidente que algo grave había sucedido y esa evidencia la iba armando Martha con su suspicacia periodística.

Cuando se supo que un grupo de policías los había detenido en la carretera de Cumbayá a Quito y los había llevado al Centro de Detención Provisional (CDP), la trama fue fácil de armar.

El país vivía el último año del nefasto gobierno socialcristiano de León Febres Cordero, época en la que era usual informar de torturas y asesinatos a subversivos de grupos alzados en armas que contaban con militantes colombianos.

En ese contexto, todos éramos sospechosos. Los universitarios, los jóvenes, los periodistas, los colombianos.

Pedro, Luz Elena y Martha empezaron a salir a la Plaza Grande con carteles. Exigían a Febres Cordero que los atendiera, lo cual nunca ocurrió.

Insistieron. Lucharon. Lograron que, poco a poco, gente común y solidaria se juntara a ellos cada miércoles, a las 12:00, para gritar consignas en demanda de la verdad.

Pedro, Luz Elena y Martha, colombianos, nos enseñaron a los ecuatorianos algo que no sabíamos: defender hasta con la vida los derechos humanos, enfrentar al poder criminal mirándolo de frente.