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Por Rubén Darío Buitrón

Este hombre nunca dejará de sorprenderme. Aunque ya no escriba. Aunque hace más de siete años haya decidido apagar su luz. Aunque el mundo dejó de sentir sus pasos.

Este hombre al que nunca conocí me enseñó tanto en cada párrafo que escribió, en cada texto que publicó, en cada pensamiento y en cada reflexión y en cada propuesta teórica y temática que hizo en los 20 libros que alcanzó a ver publicados mientras existió, en los millones de jóvenes periodistas que lo siguieron y que nunca han dejado de intentar convertirse en otros hombres íntegros, amantes de la palabra, gigantes de la crónica, maestros de la descripción precisa y exacta, militantes de un oficio que él puso al servicio de los pobres, de los humildes, de los hambrientos, de los derrotados, de los sedientos, de las víctimas inocentes de las guerras culpables.

Este hombre que me hizo vivir, como si yo hubiera estado allí, en recónditos lugares abandonados del continente más discriminado del planeta, allí donde los bosques ya no están más, allí donde los desiertos desatan tormentas de arena para recordar al ser humano cuánto daño hace a la naturaleza, al futuro, a la paz, a la existencia, a la armonía.

Este hombre que un día me llamó desde uno de sus libros y me dijo que los cínicos no sirven para este oficio y que solamente las buenas personas pueden ser buenos periodistas.

Este hombre al que después de muerto un mal periodista (que se hacía pasar como amigo) quiso enlodarlo con un libro que hoy ya nadie recuerda.

Este hombre que se llamó Ryszard Kapuscinski y que nos enseñó los cinco mandamientos del periodista: ir, ver, comprender, sentir y contar.

Este hombre que caminó el mundo con la pluma y la ética en la mochila.

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