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Un asunto grave del escándalo de los Panama Papers, trabajado por periodistas supuestamente independientes, es que detrás del Corsorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ, por sus siglas en inglés), con sede en Washington (?) esté la USAID (agencia oficial gringa que financia en el Ecuador a ciertos periodistas y portales periopolíticos).

Lo triste es cómo acá los seis periodistas “investigadores” ecuatorianos, de dos medios de oposición al Gobierno, como El Comercio de Quito y El Universo de Guayaquil, niegan cualquier relación política o financiera con la investigación.

Pero el pasado 7 de abril, días después de que estallar el escándalo de los Panama Papers, el diario digital ecuatoriano La República, citando a la agencia EFE, informó que en su conferencia de prensa diaria, el vocero del Departamento de Estado, Mark Toner, reconoció que USAID, la principal agencia que financia en el exterior del país “proyectos de desarrollo”, ayudó al Proyecto de Reportajes sobre Crimen Organizado y Corrupción, el programa del Comité para la Protección de Periodistas (ICIJ) que colaboró en la investigación mundial desatada por millones de documentos financieros filtrados.

“Estados Unidos no financia esto para ir contra ningún gobierno ni individuo en particular, sino para apoyar la conducción de periodismo de investigación independiente que pueda arrojar luz sobre la corrupción”, defendió Toner, al subrayar que USAID “no controla” cómo se invierten los fondos que destina a esa organización.

En principio, hubo rumores, geopolíticamente dirigidos, de que uno de los mayores evasores y lavadores era el presidente ruso, Vladimir Putin.

El mandatario ruso respondió de inmediato: Estados Unidos estuvo detrás de las filtraciones de los Panamá Papers. “Y detrás de esto están cargos públicos y los órganos oficiales del propio Estados Unidos nos lo demostró WikiLeaks”, dijo Putin, en alusión a un tuit emitido por la organización mediática que desde 2007 publicó, a través de su página web, miles de documentos confidenciales estadounidenses.

Putin rechazó rotundamente haber cometido actos de corrupción y destacó que él no aparece nombrado en los Panamá Papers.

Wikileaks también cuestionó la decisión de no publicar todos los documentos y destacó que el gobierno estadounidense y el especulador devenido en filántropo, George Soros, financiaron a una de las instituciones involucradas.

Open Society, la fundación dirigida por Soros que financia a gran parte de las ONG de derechos humanos y libertad de expresión en el mundo, también está registrada como uno de los donantes del Proyecto de Reportajes sobre Crimen Organizado y Corrupción.

¿Entonces? Lo que está en la superficie es la revelación de que miles de personajes mundialmente famosos y de políticos, así como “personalidades y famosos” de la industria, de la cultura, de la literatura y del fútbol profesional estén involucrados en la creación de empresas “off shore” en Panamá con el propósito de evadir impuestos en sus países o en lavar dinero.

Pero lo que está en el fondo es más grave: hay asuntos sociales, políticos y económicos muy delicados.

El propio presidente de Panamá, Juan Carlos Varela, dolido porque desde Washington (EEUU), donde funciona la Corporación Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) –extraña coincidencia, justamente en Washington- ha dicho que ocultar el dinero no solamente es un delito y un acto inmoral, sino que toda esa enorme cantidad de plata retrasa el desarrollo de los países pobres, pues esos millones podrían servir  para educación, salud e infraestructura.

Desde hace muchos años, cuando Philiph Agee, exagente que operaba en el Ecuador en los años 60 y 70, publicó el libro “Diario de la CIA en el Ecuador” (una suerte de wikileaks, pero rudimentaria debido a los tiempos que corrían), se conoce que el gobierno de los Estados Unidos, a través de sus distintas “agencias creadas para combatir el comunismo”, auspicia, financia y paga a informantes, políticos, periodistas –algunos que trabajaron en Diario El Comercio- dueños de medios de comunicación, dirigentes gremiales de las empresas y de los sindicatos y militantes de izquierda (sí, militantes de izquierda).

El objetivo: recopilar información privilegiada, de primera mano, que pudiera –según los parámetros de la seguridad nacional gringa- afectar los intereses estadounidenses en el mundo y, particulamente, en América Latina.

La CIA, por tanto, es el arma esencial de la geopolítica de los gobiernos de Estados Unidos para corromper a gente local y convertirla en espía criollo. Supongo que paga bien. Y puntual.

No quiero debatir aquí por qué el “premio Nobel de la Paz” Barack Obama, siempre tan ambiguo como han sido todos sus antecesores demócratas (al menos los republicanos nos odian de frente), cuando está a punto de terminar su mandato, ni siquiera cumplió sus promesas de entregar Guantánamo a Cuba y terminar la invasión a Afganistán, sino por qué no desarticuló todo ese gigantesco aparato de inteligencia que tanto daño hace al mundo.

Pero es obvio que la CIA ha sido una suerte de camaleón capaz de aparecer como un organismo de ayuda humanitaria. Ejemplos:

– La Alianza para el Progreso, en los años 60, cuando tras la revolución cubana el presidente Kennedy se acordó que la región existía.

– La creación de medios de comunicación gratuitos e inocentes como La Voz de América o VOA (que entrega información diaria y manipulada a su favor a miles de radiodifusoras en todo el mundo y en decenas de idiomas).

–  La Agencia Interamericana de Desarrollo (AID) que luego se transformó en USAID y que no ha ocultado su auspicio financiero a organismos supuestamente defensores de la libertad de prensa y de expresión en los países donde estas libertades “están en peligro”: vean, si no, el caso de Ecuador y la profusión de fundaciones locales y portales web claramente posicionados en contra de un gobierno incómodo para la Casa Blanca.

La CIA es la siniestra operadora de golpes de Estado (como el de Guatemala contra Jacobo Arbens, el de República Dominicana contra Juan Bosh y el de Chile contra Salvador Allende, a quien sus lacayos militares locales asesinaron).

La CIA es la creadora de monstruos tiranuelos como Saddam Hussein (Irak), Manuel Noriega (Panamá), el general Jorge Videla (Argentina), el general Augusto Pinochet (Chile) o de células terroristas como la tristemente célebre Al Qaeda a la que reclutó, armó, entrenó y cuando se le fue de las manos se convirtió en su más peligroso enemigo con el líder del grupo, Osama Bin Laden.

Y ahora es la culpable del desangre en Siria con la creación de los macabros y sanguinarios ISIS o Ejército Islámico, según confesó la propia precandidata demócrata a presidenta de Estados Unidos, Hillary Clinton.

¿Por qué el interés de Washington para investigar la evasión de impuestos y el lavado de dinero en empresas Off Shore en Panamá y en otros países fiscales, si ellos, los Estados Unidos, tienen sus propios escondites bancarios en Delaware, Nevada y Las Vegas, entre los que se conoce públicamente?

Porque hace un año, como confiesan los periodistas involucrados en la investigación (entre ellos, seis ecuatorianos), cuando se reunieron en la capital estadounidense, los gringos plantearon que tenían millones de documentos filtrados por una persona anónima a un periódico alemán.

¿Qué tiene que ver todo aquello con América Latina?

Que, conociendo como trabajan la CIA y la USAID, esperaban encontrarse con actos de corrupción de los líderes del socialismo en nuestros países, pero lanzaron un boomerang tan poderoso que cuando volvió los golpeó en la nuca, pues la gran mayoría de involucrados en los Panama Papers son de derecha, son opositores a los gobiernos progresistas y son aspirantes al poder político en los próximos años.

Eso quería Estados Unidos: golpear en lo más sensible a la izquierda gobernante, en denuncias claras y probadas de corrupción.

No lo consiguió.

Pero, desde el punto de vista periodístico, es triste que el mejor oficio del mundo, como lo bautizó el romántico Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, aparezca como una pieza de un perverso mecanismo con todo el poder económico para financiar un periodismo de mendigo.

Un periodismo de mendigo que hoy no saber ni siquiera qué hacer con los resultados de la supuesta investigación, pues no es fácil descubrir que no han sido ni el presidente Rafael Correa o el presidente Rafael Correa los que sacan su plata de sus países a paraísos fiscales sino, por citar el caso más grave según The New York Times, el amigo íntimo de Barack Obama, a quien visitó y abrazó hace tres semanas, el presidente argentino Mauricio Macri, así como otros influyentes líderes y personajes de la derecha política y neoliberal planetaria.

Triste, además, el papel de los seis periodistas ecuatorianos que quedarán en la historia de la prensa nacional como quienes se prestaron para un juego claramente geopolítico que no dio los frutos golpistas que la Casa Blanca esperaba.

Triste el papel de quienes se prestaron a indagar miles de documentos personales que según lo dice el propio diario británico The Guardian “no serán publicados todos”.

Entonces, ¿solo se publicará lo que le conviene a EEUU, a la OTAN y al poder occidental?

Y triste, también, porque ahora que el diario gubernamental El Telégrafo se les adelantó en publicar algunos de esos datos luego de que el propio diario El Comercio revelara el domingo pasado quiénes asistieron a las reuniones en Washington, más de una semana después de que estallara el escándalo, ni este diario ni el otro, El Universo, saben con certeza qué publicar y qué no, sin duda escarbando y eligiendo a quienes poner en evidencia y a quiénes no según tantas conveniencias y telarañas que existen en la “gran prensa”.

Muchos gobiernos en el mundo, críticos de Estados Unidos, han acusado a la USAID de financiar a grupos civiles y fuerzas políticas opositoras.

Y si los propios voceros de la Casa Blanca, como dice la agencia EFE, han admitido que la USAID sí tuvo que ver con los Panama Papers en el sentido de que cofinanciaron la investigación, queda claro que la corporación de investigación periodística “sin fines de lucro” recibe fondos de esa agencia, aunque Marina Walker, la coordinadora del ICIJ en Washington, asegura en una entrevista a un diario guayaquileño que la versión de EFE sería inventada (¿por EFE o por una agencia rusa?) y que el ICIJ no recibe ni un centavo del gobierno de EE.UU sino “del público”.

Sin embargo, según El Telégrafo, Gerard Ryle, director del ICIJ, “aclaró al portal Wired que no tienen planes de dar a conocer toda la base de datos de Mossak Fonseca”.

Si como dice Walker hay tal transparencia y no hay compromiso con nadie y les financia la gente, ¿por qué Ryle y The Guardian publicarán a discreción lo que ellos quieran y ocultarán otros datos y nombres?

¿Cuál será el criterio para difundir unos y no otros?

LOS FINANCISTAS PODEROSOS

En relación con el financiamiento “de la gente”, como asegura Marina Walker, del ICIJ, no parece tan cierto.

El exdiplomático británico Craig Murray asegura en su blog que hay poderosas fundaciones detrás del ICIJ, entre ellas las fundaciones Ford, la Fundación Carnegie, el Fondo Familiar Rockefeller, la Fundación Kellogg y la Fundación Soros”.

¿Esas fundaciones son, según Marina Walter, “la gente”?

La filtración de esta información de Mossack Fonseca para los medios corporativos sigue una agenda gubernamental occidental directa. No hay mención alguna del uso de Mossack Fonseca de las sociedades occidentales masivas o multimillonarias de Estados Unidos y Europa- los principales clientes. Y The Guardian se apresura a asegurar a que “gran parte del material filtrado se mantendrá en privado”.

Y se pregunta: “¿Hicieron búsquedas en las bases de Mossack Fonseca a los propietarios de los medios corporativos y sus empresas y a todos los editores y periodistas de los medios corporativos de alto nivel? ¿Hicieron en los archivos de Mossack Fonseca búsquedas en todas las personas de más alto rango en la BBC? ¿Hicieron en los archivos de Mossack Fonseca búsquedas en cada donante del Centro para la Integridad Pública y sus empresas?¿Hicieron en los documentos de Mossack Fonseca búsquedas de cada sociedad cotizada en las bolsas de valores occidentales y en todos los millonarios occidentales que se podría rastrear?. No”.

Todo lo que cuenta Murray suena muy sospechoso. Y en este oficio del periodismo, como bien deben saberlo los “investigadores”, hay que ser muy suspicaz.

Ojalá que esta experiencia les sirva a los periodistas y a los diarios ecuatorianos para que, al menos, ya no se mientan declarándose “independientes”.