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Parientes lloran la pérdida de sus familiares, víctimas de un terremoto de magnitud 7,8 durante un servicio fúnebre en Portoviejo, Ecuador, el lunes 18 de abril de 2016. (AP Foto/Rodrigo Abd)

El empleo de herramientas de autorregulación es más bien escaso: códigos de prensa y audiovisuales, así como defensores del lector y del espectador, son figuras poco consolidadas en el ámbito europeo, pese a existir excepciones en países como Francia, España y Dinamarca.

Asimismo, se debe considerar que estos instrumentos no constituyen un mérito que se les pueda otorgar a los medios, sino que son parte de su responsabilidad social, que es el reverso de su libertad de información.

Aznar, muy prolijo en el estudio de estos mecanismos, menciona como tales los principios editoriales, códigos internos, libros de estilo, estatutos profesionales, estatutos de redacción y los defensores del lector.

Dentro de este amplio catálogo de propuestas, los libros de estilo, además de recoger elementos éticos, semióticos y lingüísticos que serán los rasgos de identidad del medio, fijan unos “procedimientos éticos para dar al medio de comunicación una personalidad propia.

Su destinatario ya no es sólo el redactor, sino el público en general, que puede comprobar el cumplimiento de las normas relativas al diseño y redacción, en el caso de algunos medios, como el periódico El Mundo, sus principios deontológicos.

En los libros de estilo de los principales periódicos, poco se puede encontrar en relación a la cobertura de crisis humanitarias y catástrofes.

En estos documentos existen, no obstante, prescripciones generales relativas a aspectos como el uso de la imagen: se intenta evitar que se traspase la frontera entre ‘crudeza y truculencia’ y, de esta forma, marcar una distinción entre “el interés público genuino y el ‘prurito público’. El segundo no puede justificar por sí solo la publicación de un texto o de una fotografía.

Algunos medios aprovechan los libros de estilo para incluir apartados dedicados al tratamiento informativo de temas sensibles[30], como es el caso de la inmigración, donde se cuestiona una cobertura que ignora las acciones positivas de las minorías, su carácter de fuente informativa o la ausencia de un análisis de “la causa o el contexto en el que los problemas se producen”.

Bordeando el campo de las crisis humanitarias, la agencia Servimedia exige prestar atención en la elaboración de informaciones “a los gestos humanitarios de amplios sectores de la población española afectada hacia estas personas, que se suman a la práctica diaria de las ONG e instituciones oficiales”.

Una recomendación que la agencia entiende como una labor de “altavoz” de sectores sociales cuya presencia en los medios es escasa y que, además, deberían estar en igualdad de condiciones con los actores políticos y sociales.

La BBC, en sus directrices editoriales, establece un apartado completo para informar sobre el terrorismo, las guerras y las emergencias.

Y la razón no la esquiva en ningún momento, al aludir directamente a su responsabilidad frente a una audiencia internacional que busca noticias e información rigurosa.

Ante dicha demanda, es necesario “dar sentido a los acontecimientos, ofreciendo un contexto y análisis imparcial y mostrando una amplitud de puntos de vista y opiniones”.

Estas exigencias se extienden al tono y el discurso informativo, conscientes también de la importancia de respetar la dignidad humana –especialmente en las fotografías– sin ‘suavizar’ las realidades de la guerra, el terrorismo, las emergencias o eventos similares.

Una labor realizada siempre con la máxima sensibilidad a las emociones y miedos de la audiencia, sobre todo cuando las historias se adentran en la muerte, el sufrimiento humano o la angustia.

Los estatutos de redacción, más horizontales y creados para dar voz a los periodistas en el debate sobre el contenido y tratamiento informativo, también han hecho sus aportaciones para mejorar la cobertura de las crisis.

El estatuto de televisión pública estatal presta atención a las imágenes, que por su crueldad pueden dañar la sensibilidad del espectador. Aconseja así evitar la “utilización morbosa y fuera de contexto de estas imágenes, sin que ello justifique la ocultación de los elementos esenciales de hechos noticiosos como guerras, atentados, accidentes u otros semejantes”.

La horizontalidad se extiende aún más, y, de hecho, entra en la bidireccionalidad con el público gracias al defensor del lector.

Dado su carácter abierto y centrado en la actualidad informativa, esta figura ha abordado puntualmente aspectos relacionados con las crisis humanitarias y catástrofes. Se han encontrado críticas del defensor del lector a las duras imágenes de Haití, la tragedia de los Grandes Lagos y el secuestro de una cooperante española en Somalia.

Los responsables de la sección denunciaron el comportamiento compulsivo de los medios ante determinados acontecimientos, a la vez que reclamaron una cobertura de las crisis más profunda y sostenida en el tiempo: “Pero tras la saturación llega el silencio, y con el silencio, el olvido. Hasta la próxima tragedia. ¿Quién se acordará de Haití cuando los fotógrafos se hayan ido?”.

Similar crítica se leía 15 años antes con respecto a la tragedia de los Grandes Lagos en África y el olvido del escenario del dolor una vez cubierto el conflicto, así como a la falta de programas preventivos o de desarrollo que perduren en el tiempo

Armada, periodista de El País, sostiene que los problemas de África sólo son objeto de cobertura periodística cuando “la guerra, el hambre, las migraciones y el sufrimiento” coinciden con los estereotipos que los medios han ido creando sobre el continente.

La toma de posición del defensor del lector con respecto a estos acontecimientos demuestra que “los medios son conscientes de que, con el transcurso de los años, se siguen cometiendo errores en el tratamiento informativo de crisis y catástrofes.

Y es que los propios defensores señalan que los medios han de ser testigos, no precisamente pasivos ni mudos, de las catástrofes, allí donde tengan lugar.

Las autocríticas o, mejor dicho, las críticas del público a través del defensor del lector, son la cara más visible de los procesos de autorregulación que, en los medios, se olvidan de regular la cobertura de crisis humanitarias y catástrofes, tanto en los libros de estilo como en los estatutos de redacción.

Prescripciones de este tipo podrían ayudar a los periodistas a elaborar informaciones de calidad en estos campos”.

Sin embargo, sólo se encuentran referencias a las crisis y catástrofes en forma de principios generales, poco o nada sistematizados, con recomendaciones relativas a la contextualización informativa o al respeto a la intimidad y la propia imagen en contextos de dolor y sufrimiento.

La responsabilidad social del periodista 

A pesar de la precariedad que afecta a muchos de los profesionales de los medios, la necesidad de garantizar una información con los máximos estándares de calidad empuja a muchos periodistas a situarse, con frecuencia, en el lado opuesto a los intereses de la empresa.

El planteamiento no es otro que mantener el “sentido personal de la ética y la responsabilidad”, presentado por Kovach como una “brújula moral” que guíe su trabajo.

Siguiendo esa brújula, y sin los condicionantes que se producen en el interior del medio, los periodistas se han agrupado en asociaciones, sindicatos o colegios profesionales que, además de defender o promover mejores condiciones laborales, buscan garantizar que el periodismo se adecue a unos estándares de calidad, siempre basados en el marco legal y con las miras en la información como derecho fundamental.

Fruto de esa preocupación, desde los diferentes organismos profesionales surgen con frecuencia informes, estudios o análisis relacionados con la función social del periodismo. El instrumento más habitual son los códigos deontológicos que regulan la actividad de los profesionales y que deberían ser recogidos por los responsables de los medios.

Los códigos deontológicos, muchos de ellos auspiciados por organismos internacionales, son la fórmula más utilizada para sentar las bases de una cobertura responsable, a la vez que se adentran también en cuestiones más prácticas del ejercicio informativo.

En todos ellos se repite una estructura similar, con un preámbulo que  destaca la relevancia de la información para garantizar el pluralismo en las sociedades democráticas: el periodista y los medios no deben olvidar su “importante compromiso social, para que se haga realidad para todos los ciudadanos el libre y eficaz desarrollo de los derechos fundamentales sobre la libre información y expresión de las ideas”.

Los códigos insisten en la importancia de los criterios profesionales y éticos, sin olvidar la función social del periodismo.

Las prescripciones sobre lo ético, lo profesional o lo social no son un argumento abstracto y de difícil traducción al ejercicio del periodismo. Los códigos así lo entienden y así lo demuestran en numerosos ejemplos:

Difundir únicamente informaciones fundamentadas, evitando en cualquier caso afirmaciones o datos imprecisos y sin base suficiente que puedan lesionar o menospreciar la dignidad de las personas y provocar un daño o descrédito injustificados a instituciones y entidades públicas y privadas, así como la utilización de expresiones o calificativos injuriosos.

Cuando el objeto de la noticia es una catástrofe natural, una crisis humanitaria, una guerra, etc., su tratamiento periodístico ha de ser exquisito, y la observancia de las normas deontológicas y éticas, permanente.

Por su carácter general, los códigos no suelen contener apartados específicos relativos a la cobertura de diferentes eventos, incluyendo aquí situaciones de crisis o catástrofes.

Es evidente, sin embargo, que todas las normas éticas que se imponen al profesional son perfectamente aplicables a dichas situaciones, como el “compromiso ético a favor de la paz y la no violencia [y su obligación de] defender los derechos humanos y la justicia social”.

En algunos códigos deontológicos también se alude de forma genérica a los acontecimientos que puedan generar aflicción o dolor, donde se exige evitar la “intromisión gratuita y las especulaciones sobre sus sentimientos y circunstancias”.

Pero la importancia de una buena cobertura en las situaciones de crisis ha obligado a algunos de estos organismos a reflexionar acerca de ella. Así han surgido informes y recomendaciones, que en ocasiones desarrollan las recomendaciones genéricas de los códigos deontológicos.

Algunos documentos plantean reducir la ambigüedad en lo que respecta a la “intromisión gratuita [y a las] especulaciones innecesarias”.

Frente a esa ambigüedad, se acude a la perspectiva más universal que otorga la ONU, y en concreto al documento surgido tras un encuentro internacional producido en Yokohama en 1994, en el que se abordó el papel de los medios en la información científica y los desastres.

En ese documento se afirmaba que una buena cobertura del riesgo natural resultaba efectiva para salvar vidas, reducir daños materiales e informar adecuadamente a la población.

Siguiendo estos principios expuestos en Yokohama, todo se centra su atención en la necesidad de respetar la intimidad, evitar las especulaciones y actuar en beneficio de la sociedad.

Todas estas sugerencias van en línea con lo recogido por la organización Reporteros Sin Fronteras (RSF), que en su informe sobre los medios de comunicación en contextos de crisis humanitaria y sanitaria destaca la falta de información y comunicación, especialmente a las “víctimas desamparadas”.

Esta organización de periodistas va más allá de las recomendaciones de cobertura y exige integrar la información y la comunicación en los dispositivos de reacción e intervención en estos contextos.

Una labor protagonista que debe situarse en un triple escenario temporal:

1.-En la respuesta inmediata, para garantizar el libre flujo de información. En este corto plazo, RSF considera que la cobertura mediática debe organizarse en torno a las urgencias derivadas de la situación, para lo que se debe contar con todos los medios técnicos y humanos necesarios. Exige, además, que se mantenga la atención a los criterios profesionales, con la ética y la dignidad de las víctimas como prioridad, sin olvidar que el periodista debe encontrarse seguro al realizar su trabajo. El objetivo de esta fase es integrar la información en el dispositivo de intervención.

2.-En una segunda etapa se deben consolidar las estructuras informativas, marcando una línea de conducta común para aprovechar los medios en la reconstrucción de las comunidades damnificadas, con el protagonismo de los jóvenes. Se insiste en la seguridad de los periodistas, que deben ser incluidos en programas sociales, económicos y políticos.

3.-En el período posterior a la crisis, la meta ha de ser el desarrollo. Se debe priorizar la creación e implementación de marcos legales para los medios, con redes y organizaciones profesionales que tengan acceso a los Gobiernos y comunidades y que, además de formación, puedan disponer de un mecenazgo internacional para beneficiar a los medios independientes.

El solo hecho de que RSF plantee un triple escenario temporal ya implica huir de una concepción del periodismo interesado exclusivamente en el estallido del acontecimiento.

Se trata, además, del preciso momento en el que medios y periodistas pugnan por alcanzar mayor audiencia y prestigio.

Esa lucha se convierte en entorno ideal para caer en el sensacionalismo y la banalidad de la información.

El objetivo de esta organización, al extender la labor de los medios más allá del momento inicial, está en implicar a los profesionales en la construcción democrática y social, poniendo el bienestar de las víctimas en primer lugar.

De esta forma, las víctimas y los acontecimientos no están al servicio del periodismo, sino que es el propio periodismo quien está al servicio de estas víctimas, en un acto que tiene mucho que ver con la empatía que se exige a todo profesional de la información. En palabras de Kapuscinski: “para ser un buen periodista es necesario ser, ante todo, una buena persona”, con capacidad para la empatía y para la comprensión de los intereses, necesidades y tragedias del otro, de modo que el periodista forme parte del destino de sus interlocutores.

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Por Samuel Toledano, Universidad de Navarra (fragmento)

Fotografía tomada de AP