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Por Rubén Darío Buitrón

Fue una utopía (una más) pensar que los medios de comunicación, tanto los privados como los gubernamentales, harían una tregua en sus sesgos políticos y en la búsqueda de cómo ponerle una zancadilla al rival político.

El sábado 16 de abril, a las 18:58, se produjo uno de los peores terremotos que han azotado al Ecuador en los últimos cien años.

El motivo debía ser suficiente para tomar aire, asumir la distancia entre un hecho y otro, relajarse, asumir la responsabilidad por el bien común y dejar a un lado la enconada lucha ideológica, política, demagógica, politiquera, económica y social en la que todos estamos envueltos, querámoslo o no.

Pero ocurrió lo contrario.

El potente sismo ha dejado que afloraran los mejores y los peores sentimientos que los ecuatorianos guardamos en nuestros corazones.

Las redes sociales, con sus sorprendentes cambios de humor y de visión de los hechos (como si fueran seres bipolares), se han dado tumbos.

Si segundos después del terremoto hicieron un trabajo extraordinario al reemplazar con su oportuna y fresca información a los estáticos y enmudecidos canales de TV acerca de lo que empezaba a ocurrir, pasado el polvo de la tragedia, en los días posteriores ensuciaron su reputación al generar miedo, confusión, especulaciones, provocaciones políticas, agresiones personales…

Los medios convencionales, en cambio, en especial la televisión, no fueron capaces de autocriticarse públicamente, de explicar por qué aquella noche ni siquiera se les ocurrió leer el boletín oficial del Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional sobre la intensidad del sismo y el lugar del epicentro.

Y no solo eso.

En la historia quedarán titulares de diarios como aquel de Cuenca que publicó “La gente sin agua, Correa alza el IVA” y que mostró toda la miseria espiritual que puede salir de nuestra mente periodística (?) o politica o malintencionada o revanchista.

En estos días me he dedicado no solamente a observar, leer, escuchar y mirar no solamente la manera cómo la prensa local ha cubierto la tragedia y se ha acercado a la gente, sino que también he explorado cómo lo han hecho los medios de comunicación de la prensa internacional.

Resulta obvio que los enviados especiales o periodistas de las agencias de noticias o reporteros que han llegado al país como consecuencia del terremoto informan de una manera muy distinta a la forma en que los hacen los medios ecuatorianos.

¿Será porque ellos no están contaminados por los odios internos y las disposiciones superiores de buscar fisuras para atacar políticamente?

Al mirar la realidad a medias o con anteojeras políticas, dicen con entera libertad (siempre subjetiva, pero lo dicen y, por lo general, lo hacen bien) lo que ven, lo que observan, lo que escuchan, lo que comprueban y verifican, lo que obtienen de las fuentes oficiales, lo que los afectados y las víctimas relatan desde su auténtico dolor.

Entonces me pregunto cómo los periodistas ecuatorianos nos estamos mirando a nosotros mismos, cómo estamos mirando la realidad, con qué filtros y de qué colores vemos los hechos, cuánto hemos llegado a limitar nuestras miradas, cuánto nos autocensuramos, cómo nos autocensuramos, cómo nos restringimos, cómo nos hemos cortado las alas bajo el peso de una restricción en parte real y en parte imaginaria.

Porque si lo dijéramos todo y lo dijéramos bien, ¿qué nos importaría la existencia de una Ley de Comunicación –para unos represiva, atemorizante y disuasiva y, para otros, una legítima normativa contra el históricos abuso de los dueños de los medios de comunicación para chantajear al poder-?

Pero está visto. No somos capaces de aprender ni siquiera de las consecuencias de un terremoto que empieza a pasar al recuerdo y que pronto será desplazado por el deporte favorito de los ecuatorianos: el odio político de unos y de otros.

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LAS GRAVES FALLAS DE LA PRENSA ECUATORIANA DURANTE EL TERREMOTO

Por Octavio Islas

Por supuesto entonces no había Internet. Ante la gravedad de lo ocurrido y el autismo que, ante la tragedia, exhibió el gobierno del presidente Miguel de la Madrid Hurtado, la radio, y particularmente algunas estaciones en la banda de AM, desempeñaron útiles funciones de vinculación y enlace ciudadano.
El sábado 16 de abril, un terremoto de 7.8 grados (MW), registrado a las 18:58 horas local (23:56 GMT), con epicientro en el cantón Pedernales, provincia de Manabí (según el Instituto Geológico de Estados Unidos), en la zona costera de Ecuador próxima a la zona fronteriza con Colombia, ocasionó una gran tragedia.
De acuerdo con información proporcionada por el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas del Ecuador (el pasado martes 20 de abril), cerca de 600 personas fallecieron a causa del temblor; 2 mil más aún no han sido localizadas y 20 mil ecuatorianos quedaron sin casa. Además, se han registrado más de 200 réplicas del sismo, algunas de una magnitud que supera los seis grados en la escala de Richter.
Desde Roma, el presidente de esta nación sudamericana, Rafael Correa, quien interrumpió una gira de trabajo en Europa, decretó estado de excepción a nivel nacional, y de emergencia en seis provincias. El primer mandatario ecuatoriano señaló que ésta es “la mayor tragedia de los últimos 67 años”, desde el terremoto registrado en Ambato el 5 de agosto de 1949.
El terremoto que tuvo lugar el sábado 16 de abril tomó por sorpresa a no pocos medios impresos locales, exhibiendo su limitada capacidad de respuesta ante la situación de emergencia.
El domingo 17, las primeras planas de algunos medios impresos consignaban el retiro del cantante mexicano Vicente Fernández.
Inclusive, la televisión local se mostró desbordada por la magnitud del desastre y la respuesta informativa fue tardía.
Tomado de EL UNIVERSAL de México