foto hecatombe

A los periodistas, cuya solo mención a muchos ciudadanos les produce urticaria, nos acusan de muchas cosas, entre ellas que tenemos poca o ninguna sensibilidad para los temas que tocan lo más profundo de la gente.

Y en muchos casos es cierto:

Empecemos por la primera: ¿mirar tragedias (o vivir de ellas) todos los días nos vuelve de piedra el corazón?

Y las que nos repiten todos los días:

Distorsionamos la realidad a nuestro antojo.

Somos cómplices de los medios convertidos en actores políticos.

Somos mercaderes de la información.

Usamos la Ley de Comunicación como pretexto para autocensurarnos y no complicarnos la vida.

Somos irresponsables al elegir el tema, las fuentes, la manera cómo ponemos en escena, la falta de contrastación entre los involucrados en la nota e, incluso, que cuando no tenemos datos precisos nos vamos por las ramas, especulamos o armamos historias que no corresponden a la realidad.

Nos dicen también que somos éticos, no somos neutrales, de no ser “objetivos, veraces e independientes”.

Pero eso, simplemente, no es posible: somos subjetivos (sujetos), creemos tener la verdad (decimos lo que  vemos) y no hay independencia posible frente al entorno donde nos movemos, donde trabajamos, donde el patrono al que respondemos tiene compromisos políticos, empresariales, publicitarios, familiares o de cualquier otra índole y nos obliga a decir lo que él quiere que se publique bajo el pretexto de que esa es la “línea editorial” (¿) del medio.

A todas estas observaciones que hace la gente no podemos responder con una frase tan simple como que no es cierto lo que dicen de nosotros.

O tampoco podemos argumentar que no nos queda otra salida que trabajar donde estamos porque el desempleo es un monstruo espantoso.

El otro día leí que un famoso escritor que abandonó el periodismo lo hizo porque nuestro trabajo consistía en superficialidades y sensacionalismos no solo en crónica roja sino en política, en economía, en temas sociales.

Y de él salió aquel cuestionamiento tan duro, fuerte y, quizás, real: ¿vendrá otra tragedia y olvidaremos la anterior?

Suele ocurrir.

Muchas veces porque los dueños y los directores de los medios ya no ven rating o altas audiencias o compras de ejemplares de periódicos y ordenan “ir bajando el perfil de esa noticia”. Y tenemos que obedecerles.

Muchas veces, también, no porque los periodistas lo decidamos así, sino porque los hechos nos abruman cuando vienen uno tras otro.

Fijémonos en los últimos sucesos: caída del petróleo, crisis financiera estatal, protestas opositoras contra el Gobierno, caída de un avión militar en la selva con decenas de oficiales muertos, inundación en Portoviejo, emergencia por las lluvias provocadas por el fenómeno de El Niño, terremoto en Manabí con secuelas en cinco provincias más, deslave en Alluriquín, caída del helicóptero policial en un cerro quiteño…

¿Cómo manejar tantos eventos, casi simultáneos, sin perder la perspectiva de lo que es, en realidad, importante y trascendente y de lo que es, también en concreto, interesante pero no esencial para la sociedad?

El trabajo del periodista es muy difícil porque se lo hace sobre criterios subjetivos, personales y fragmentados.

Hay que medir, con mucho cuidado, la sensibilidad del lector.

Pero, ¿cómo la medimos?

¿Cómo saber si el despliegue que damos a una nota es el que corresponde a lo que necesita el lector o que estamos provocando pánico en la sociedad al sobredimensionar una situación controlable y quizás cotidiana?

La única alternativa que nos queda en las salas de Redacción es mantener el corazón caliente y el cerebro frío.

Y eso es lo más difícil cuando la pasión por el oficio nos desborda: no dejarnos impresionar ni influir por la agenda del poder o del contrapoder.

La agenda es nuestra. La hacemos nosotros. Desde nosotros. Para nosotros.

Pero no nosotros los periodistas.

Nosotros la gente, los ciudadanos, el país.

Nosotros, los que necesitamos saber por qué hay tanta negligencia y corrupción en los municipios, donde no se controla con rigor los planos de las construcciones y donde se aceptan esos planos firmados por arquitectos e ingenieros civiles corruptos que cobran por su firma sin haber ellos participado del diseño.

Nosotros, lo que requerimos saber por qué el silencio de los medios y los periodistas (privados y oficialistas) en aquellas dos horas luego de las 18:58 del sábado 16 de abril del 2016, una fecha que jamás olvidaremos no solo por la tragedia que dejó más de 660 muertos sino también por la falta de reacción de las autoridades.

Nosotros, los que no debemos permitir que los poderes nos distraigan, eviten la rendición de cuentas y logren que dejemos de cubrir las prioridades sociales que siempre son lo esencial en una nación.

Anuncios