Etiquetas

fotografo James Natchwey III

«No lo esperaba, me ha cogido por sorpresa, me siento muy honrado», aseguraba ayer, 19 de mayo de 2016, el fotógrafo James Nachtwey, horas después de haber sido nombrado premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades.

Tampoco esperaba la llamada de ABC, que le pilló en su casa de New Hampshire, el lugar que habita cuando no está entre fuego cruzado.

Nachtwey es el fotógrafo de guerra más importante de las últimas cuatro décadas.

Su primer encargo fue en Irlanda del Norte en 1981, tras las disturbios por la muerte de un miembro del IRA.

El veneno del fotoperiodismo se instaló en su sangre. Dos semanas después, ya estaba en Líbano.

«Y no he vuelto a mirar atrás», asegura. Elegante y espigado, ha cubierto una treintena de conflictos bélicos y se ha jugado la vida varias veces siempre con la misma idea: ser testigo de lo peor de la experiencia humana, «para que no se olvide y para que no se repita».

Después de tantos años, ¿todavía le conmueve lo que ve?

Sí, no me he endurecido. Todavía lo siento con fuerza, más que nunca. He sido testigo algunas de las realidades más duras de la vida. He visto la violencia, la traición, la maldad, la deshonestidad, y las consecuencias de todo ello. Pero, al mismo tiempo, me ha hecho apreciar la compasión, la tolerancia, la integridad o la capacidad de perdón y entender su verdadero valor.

Ha citado a Goya como una de sus inspiraciones. ¿Cómo ocurrió?

Fue antes de dedicarme a la fotografía. Después de acabar la universidad, viajé por Europa, con mucho interés por el arte. En el Museo del Prado vi «Los desastres de la guerra» y me impactó con fuerza. Era la misma forma en la que yo veía los conflictos, sin glorificarlos. Tuvo un efecto inmediato y potente en mi conciencia. Fue una de las cosas que me llevar a convertirme en fotógrafo de guerra. Para mí, Goya es el patriarca de los fotógrafos de guerra.

¿Qué ha intentado mostrar con su trabajo?

Goya dibujó una idea de la guerra común a todos los conflictos, la de la barbarie, la violencia. Yo me he movido hacia mostrar simpatía y compasión por las víctimas de la guerra. No busco tanto retratar la barbarie, sino sus efectos en las personas.

El retrato de los conflictos ha cambiado mucho en estos 35 años: la guerra transmitida en directo, las redes sociales…

Ahora hay muchas más fuentes de información, estamos inundados de información. Y al mismo tiempo, menos oportunidades, menos páginas y problemas económicos en los medios convencionales.

Esa sobreexposición a imágenes de guerra, ¿nos ha hecho inmunes?

No, pero ahora es un desafío mayor para el fotógrafo. En cualquier caso, el periodismo es todavía necesario, necesitamos medios libres para ser una sociedad libre.

¿Qué le diría a un joven fotógrafo que quiere ir a Siria o a Irak a cubrir la guerra o las atrocidades del Estado Islámico?

Que no vaya. Simplemente, ‘no vayas’. Si necesita hacerlo, lo va a hacer de todos modos, da igual lo que yo le diga. Y esos son los que deben ir, a los que les dé igual mi consejo. Y a esos que ponen toda la dedicación y que hacen todo lo posible para cubrir una guerra, les diría una cosa: cuenta bien lo que ves. Asegúrate de que lo cuentas bien.

¿Y eso cómo lo hace un fotógrafo?

Es muy difícil. Nosotros pintamos el primer boceto de la historia y no sabemos lo que viene después. Lo que hay que hacer es ser abierto, íntegro, respetar la realidad que hay delante. Es un trabajo duro. Hay que ser diligente, pasar muchas horas en el terreno, absorber todo lo que se ve y ser honesto.

En el documental dedicado a usted, «Fotógrafo de guerra», se dice que los fotógrafos que corren más riesgos en el frente son los jóvenes -por inexpertos- y los veteranos -porque se creen que están a prueba de balas-.

No, yo nunca he creído que estoy a salvo de las balas. Lo que sí descubrí desde el principio es que me mantengo con calma. Es algo instintivo. La atención y la concentración se disparan en esas circunstancias, más que en ninguna otra. Pero soy muy consciente del peligro, créame [en 2003, por ejemplo, resulté herido por un ataque con granada en Irak, cuando viajaba con un convoy del ejército de EE.UU.)

¿Lamenta algo que haya hecho como fotógrafo en todos estos años?

Lamento haber sido testigo de tanta tragedia.

Se ha criticado la sesión de fotos que hizo de la familia de Assad para la revista «Vogue», publicada en marzo de 2011, el mismo mes en el que empezaron las protestas que precedieron a la guerra civil y la opresión del Gobierno.

Eso ocurrió meses antes de que comenzaran las protestas en Siria. No me gustó el texto del reportaje, pero yo no soy responsable de ninguna de esas palabras. Fue una oportunidad de colarse dentro de un régimen y hacerse una idea de sus protagonistas, algo poco habitual. Pero tomar una foto no quiere decir que estés de acuerdo con sus ideas. Los ataques a «Vogue» fueron injustos, y decir que queríamos promocionar a Assad fue absurdo y ridículo. No se puede adivinar el futuro.

Se publicó que el Gobierno de Assad había pagado a un lobby para que gestionara y financiara el artículo de «Vogue».

Yo no era consciente de la existencia de ese lobby, y ni siquiera sé si es verdad.

¿En qué está trabaja ahora?

En la crisis de refugiados en el Mediterráneo, he visitado la zona varias veces en los últimos meses.

_________

Tomado del Diario ABC, de Madrid

Anuncios