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Por Rubén Darío Buitrón

Ahora que se aproxima la hora decisiva para plantear las candidaturas presidenciales y legislativas para las elecciones del 2017 en el Ecuador, los medios de comunicación van dejando ver sus intenciones, expresas y ocultas, en función de sus intereses particulares y en función de sus proyectos empresariales que van ligados, de manera indisoluble, a los contenidos y a la programación.

Ecuavisa lleva la bandera de la oposición en televisión abierta, así como diario El Universo la lleva en prensa escrita diaria y las revistas del mismo grupo Ecuavisa en prensa escrita quincenal o mensual.

Basta ver las portadas de las revistas del Grupo Vistazo (un Ecuador que ya no existe, pero que la derecha intenta restaurar), como la más reciente de la franquicia de la revista española Hola o lo que publican todos los días los llamados “grandes medios de comunicación”, como El Universo, cuya agenda temática es claramente antigubernamental, y el misterioso El Comercio, que vendió la  familia Mantilla a un grupo mexicano comandado por el tristemente célebre “Fantasma” González y al cual el Gobierno, sin que hasta ahora se dé una explicación oficial, le cedió dos frecuencias de televisión mientras muchos otros grupos pugnan por conseguirlas y recién en diciembre próximo se sabrá si las mantienen o no.

¿Será por eso que la otrora poderosa AEDEP (Asociación de Editores de Periódicos del Ecuador) y que el Grupo de Diarios América (GDA) tienen graves resquemores de El Comercio y ya no confían en él como parte esencial de estos gremios?

¿Hasta cuándo El Comercio hará el show de ser oposición cuando se sabe, en los corrillos gubernamentales, que a cambio de los favores recibidos, el Fantasma siempre pone a disposición sus medios para el partido en el poder?

Volvamos ahora a los otros “grandes” medios (siempre entre comillas, porque no son grandes por su calidad ni contenidos sino porque son multimillonarios).

Uno de los grandes puntales para el ataque sistemático de Ecuavisa al Gobierno es su programa dominical “VISIÓN 360”, que, al igual que lo hacía el famoso Jorge Lanata en Argentina en contra del kirchnerismo, se mueve entre el infodocumental  y el docushow.

“Una red de presiones sometidas a los intereses comerciales, la audiencia y la moderniza-ción y renovación de los contenidos habría colocado a este género (al periodismo de investigación) en un lugar que no le corresponde”, dicen las ensayistas españolas Carmen Marta Lazo y María Fernández Montañez.

Es el escándalo farandulero y ciertos rasgos de investigación que no alcanzan a configurar un programa verdaderamente investigativo, pues VISIÓN 360, por ejemplo, si bien hace pensar que la investigación que realizan es profunda y plural, en realidad omiten hechos fundamentales, como por ejemplo las relaciones políticas e ideológicas de los personajes inculpados y los hechos que supuestamente investigan.

¿Por qué en la larguísima secuencia de semirreportajes nunca se entrevistó al Alcalde y nunca se habló de lo que se debatía en el Congreso aquel tiempo? ¿No hubiera sido la pieza que necesitaban para redondear su trabajo?

¿Por qué por las mañanas de Ecuavisa y Teleamazonas (un canal que está bajo investigación pues no existe la certeza de que se lo vendió legalmente) pasan casi todos los días los jóvenes libertarios de la Cámara de Comercio de Guayaquil y el financista-precandidato Guillermo Lasso? ¿Qué  tesis tratan de consolidar?

Del otro lado, tampoco se hace periodismo en su estricto concepto, sino contraperiodismo, publicidad, propaganda, relaciones públicas y temas que defienden (¿por qué?) al Régimen y a sus funcionarios antes o después de que los ataquen en los medios privados.

¿Con qué tipo de prensa nos quedamos los ciudadanos, entonces?

No hay medios públicos. Porque hablar de que existen medios públicos no es correcto: son medios oficialistas, gubernamentales, que con poquísimas excepciones dan espacio a quienes no son parte del Régimen.

Si fueran medios públicos, como mucha gente cree de manera equívoca, su deber sería abrir de forma plural y democrática los espacios, dejar que sean los ciudadanos quienes manejen y administren la empresa y fijen los contenidos según el conocimiento que los ciudadanos, en este caso periodistas no vinculados a ningún poder, puedan investigar, reportear, cubrir y difundir los hechos que sean relevantes para el público.

En los pocos meses que quedan para las elecciones no podemos esperar que los medios de comunicación privados o gubernamentales cambien sus líneas editoriales.

Ambos tienen claro a quién responden y cuál es su rol, aunque unos lo hacen con enorme calidad en su producción y otros creen que los contenidos bastan, sin mejorar su capacidad ni excelencia en las transmisiones que hacen como canales y como radios.

Que la neutralidad y la imparcialidad no existen es un hecho. Pero eso no quiere decir que al tomar posición deban callar el otro lado de la verdad o no contrastar lo que una fuente dice para equilibrar con lo que la otra sostiene.

“Efectivamente –dicen las autoras españolas-, los programas y espacios bautizados como periodismo, no lo son. Entre tanto, los trabajos periodísticos se convierten en un pseudoperiodismo empeñado en retratar una y otra vez una realidad insustancial”.

El problema es que los medios privados ecuatorianos aseguran que la Ley de Comunicación, vigente desde hace tres años en el Ecuador y con vacíos e imprecisiones que deben corregirse, está hecha para reprimir y no para elevar el nivel del periodismo en el país.

Mientras tanto, los periodistas de los medios gubernamentales u oficiales luchan contra sí mismos con agendas impuestas desde líneas argumentales coherentes con las acciones de las cúpulas del poder.

En el un caso y en el otro, basta mirar quiénes son los invitados y los entrevistados de los “anchors”: en los medios privados aparecen, con prioridad, los mismos personajes con su misma retórica, mientras en los medios oficiales los protagonistas -la enorme mayoría del oficialismo- responden, contestan y replican lo que han dicho sus opositores en los espacios donde contradicen sus posiciones.

Esta y aquella tesis hace que los medios de comunicación se hayan convertido en una suerte de “brazo armado” de los intereses políticos de unos y otros.

Y así no se puede hacer periodismo, sino, como ya lo dijimos, relaciones públicas, comunicación institucional o propaganda.

Por eso, las catedráticas españolas aseguran que “los profesionales de la comunicación deben velar por la práctica responsable del periodismo y por su libre acceso, ya que, de no ser así, habrá muerto su verdadera esencia: la de servir como portavoces de la verdad a los ciudadanos y que sean ellos quienes puedan decidir su futuro con entera libertad”.

Los medios gubernamentales deberían tener más libertad para que en sus espacios puedan reflejar, en realidad, las necesidades y las esperanzas ciudadanas, algo que los medios privados, con la esperanza de recuperar el poder en el 2017, nunca lo harán.

Pero, para que eso suceda, hay que gozar de la tan repetida pero inexistente independiencia periodística (por algo dicen que solo existe la “adjetividad” periodística) que permitan armar agendas libres de presiones y tendencias.

¿Una utopía?