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fotografía racismo

Por Rubén Darío Buitrón

El mismo día que las redes sociales en el Ecuador estallaban en el debate acerca de las razones políticas y no decorativas que llevaron al obispo de Riobamba, el conservador español Julio Parrilla, a retirar de la catedral de la ciudad un mural llamado “El Cristo Indio” o “El Cristo Pobre”, se produjo un “boom”, más farandulero que esencial, acerca de lo que el periodista deportivo guayaquileño Carlos Gálvez habría dicho en contra de los jugadores del club de fútbol Independiente del Valle.

Que a muchos ecuatorianos les fascina el morbo no me queda duda.

De lo contrario, ¿cómo se explica que el primer hecho -que implica un intento de sectores políticos y eclesiásticos de derecha de borrar la memoria social de monseñor Leonidas Proaño, el sacerdote que dio su vida por los pobres y los indígenas cuando también fue obispo de Riobamba- haya sido desplazado en el interés de los cibernautas y convertido en “Trending Topic” por un chisme frívolo, sin fuentes, sin certezas, solo con el audio del periodista y el comunicado de la empresa mediática lavándose las manos, y que cientos de twitteros y facebookeros se burlaran de él luego de que el canal de TV declarara que lo deja sin trabajo?

La confusión entre lo trascendente y lo interesante preocupa mucho.

Porque así como ayer la agresión a la memoria social e histórica contra “Taita Leonidas”, como lo llamaban los indígenas, quedó en segundo plano, así pueden ir quedando de lado temas cruciales para el país mientras nos enredamos en un chisme y en linchamiento mediático contra un periodista que asegura no haber dicho lo que supuestamente dijo y que es una información que no tiene fuentes ni está verificada?

El problema de la superposición de lo relevante sobre lo superficial es tan grave que podría llevarnos a que las hoy desbordadas pasiones por un equipo de fútbol que ha sorprendido al país y al cual –recién ahora- la gente lo empieza a valorar, desplacen a debates tan importantes para el presente y el futuro de la nación.

Debates como el problema de la desaceleración de la economía, el creciente desempleo, la reelección inmediata del Presidente o el ataque masivo, por todos los frentes, de una derecha que intenta recuperar el poder político de cualquier forma, para lo cual se vale desde la creación y agitación a sectores sociales como las Fuerzas Armadas para mantener la tensión social hasta el uso de un seudoperiodismo crítico –cargado más de veneno que de conceptos y datos- y de un docushow dominical de TV sesgado, lleno de omisiones y sin incluir todos los contextos, disfrazado de periodismo de investigación.

Cuando me dicen que “ahora el pueblo o la gente” son más reflexivos en sus pensamientos, conceptos, opiniones e ideas gracias a la guerra mediática de diez años que ha sostenido el Gobierno contra medios y periodistas, dudo mucho y soy escéptico de que así sea.

Aún creo, y ya lo he dicho en decenas de artículos, que mientras la prensa mal llamada pública y que, en realidad, es solo oficialista, no haga periodismo de excelencia, no podrá competir contra el periodismo convertido en actor político de oposición.

Si quieres vencer a tu adversario, debes ser mejor que él en todos los aspectos, desde lo técnico hasta lo que atañe al contenido. A  ver si alguien se atreve a hacer un gran documental o reportaje de excelencia sobre la vida de Monseñor Proaño, su lucha por los indígenas y el momento coyuntural en que se lo quiere borrar de la memoria social.

¿Podrán hacerlo?

Una experiencia que no es agradable para mí, aunque supuestamente debería sentirme orgulloso, es que suelo tener miles de visitas a mi blog, a este blog, cuando toco temas en los que critico a los programas de farándula o al tratamiento que se da a los temas de crónica roja.

Pero me frustra que no tengo tantos lectores cuando cuelgo temas más intelectuales, de reflexión sobre el periodismo o sobre la política en función de la vida diaria de la gente, o cuando critico que el Gobierno de Rafael Correa nos debe como revolución ciudadana una Ley de Comunicación de mucha mayor altura y profundidad, una Ley de Cultura mucho más democrática o una Ley del Libro que ponga fin a los abusos de las librerías monopólicas (y de las que se hacen las víctimas, también), veo que tengo visitas pero no en la dimensión social, ideológica o periodística que quisiera para contribuir a grandes debates sobre lo que en realidad importa.

Por eso me parece hasta un tema distractivo que la sociedad cibernética y el chisme callejero se preocupen de lo que presuntamente ha dicho un periodista (lo cual no está comprobado, según dice él).

Aunque lo hubiera dicho, la lucha ideológica no es por ahí y eso debemos entender si de verdad queremos cambiar el país y dejar atrás el pasado.

Hoy escribo indignado porque el país, como sociedad, ha subestimado el gravísimo tema de que se pretenda echar tierra sobre la historia de un sacerdote de verdad, un sacerdote que luchó con todas sus fuerzas y su convicción religiosa por elevar el nivel de vida y de conciencia de los indígenas y de los pobres.

Si el pueblo o la gente estuvieran más conscientes y habrían tomado conciencia en estos diez años de cómo se puede omitir una noticia sobreponiéndola otra de menor dimensión pero más sensacionalista, tendrían la certeza de que vivimos una guerra incluso simbólica en la que las fuerzas conservadoras de El Vaticano y de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, en coincidencia con la creciente influencia del Opus Dei en el propio Vaticano, han puesto toda su energía en borrar el pasado y en influir en la cúpula de los líderes políticos del país, tanto de los actuales como de quienes –Dios no lo permita- podrían venir.

Recientemente vivimos la primera sentencia de la historia porque a un excadete afro en la Escuela Militar le torturaron psicológicamente y le dijeron que las Fuerzas Armadas Ecuatorianas jamás permitirían un general negro.

El racismo, según la Constitución vigente, puede considerarse un delito de odio y, de hecho, lo es.

¿Lo sabe la mayoría de la gente que aún consume información triculenta, sensacionalista y morbosa en muchos medios locales?

Pero no elevemos a delito de odio el hecho de que en una conversación informal un colega desleal grabe a su compañero, un periodista incoherente e inmaduro.

Aunque ahora el “bondadoso padre Julio” trate de justificar lo injustificable, sacar el mural de la Catedral y trasladarlo a Santa Cruz es un acto desleal y envilecido en perjuicio de la memoria del Obispo de los Indios.

Delito de odio racial es el atentado de la cúpula eclesiástica católica contra la historia construida a costa de su propia vida por nuestros íconos y nuestros legendarios héroes cotidianos.

fotografía mural Taita Leonidas

Mural que colgaba en la catedral de Riobamba en homenaje al Obispo de los Indios y que ha sido retirado por el actual obispo conservador, el sacerdote español Julio Parrilla