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Por Rubén Darío Buitrón

En 1960 cambió la vida de Manuel Abdón Calderón Cadena.

Aquel año lo aceptaron como socio de Flota Imbabura, una de las empresas de transporte interprovincial más importantes del país.

Tenía 56 años y para entonces, en su autobús de pasajeros, había recorrido el Ecuador decenas, centenas, quizás miles de veces.

El auto era suyo, pero con su tenacidad y coraje para trabajar era muy raro que dejara que otra persona lo condujera.

Por eso conoce la patria tanto que la ama en todos los sentidos y que la ha servido en todos los sentidos, desde conductor de un bus hasta legislador de la nación por la provincia de Imbabura, a la cual se debe tanto.

Eran los viejos tiempos.

Aquellos cuando las carreteras no eran carreteras sino vías de segundo o tercer orden.

Aquellos cuando tocaba manejar con extremo cuidado porque los caminos eran estrechos, mal asfaltados o empedrados, sin iluminación ni señalización.

Aquellos cuando había que tomar las curvas con extremo cuidado, porque el peso de un bus lleno de pasajeros es como la vida: una maniobra equivocada podía terminar en el fondo de un abismo.

Todo eso le obligaba a trabajar mucho más que lo que hoy trabajaría un conductor de bus, pues las condiciones geográficas y viales obligaban a que la unidad de transporte consumiera mucha gasolina.

El trayecto entre Quito y Tulcán lo lo hacía en diez horas.

El trayecto entre Quito y Guayaquil lo hacía en 15 horas.

Y así…

Por eso es que fue tan decisivo ingresar a Flota Imbabura: eran otras condiciones.

Había más seguridades.

Los socios se defendían y cuidaban como grupo, como compañeros, como

parte de un gremio que históricamente ha sido fuerza política en Ecuador.

Pagó 700 sucres como cuota de entrada con un bus que le costó (no lo recuerda con precisión) unos 16.000 sucres y que cuando fue necesario cambiarlo por una unidad más moderna lo vendió en 100.000 sucres e invirtió 10.000 más para comprarse uno mucho más nuevo. Era bastante plata.

Fue uno de los primeros choferes profesionales.

De aquellos a los cuales les costó mucho esfuerzo obtener el brevet, una suerte de licencia para conducir, con apariencia de pasaporte.

Lo consiguió en 1938, cuando decidió que aquella sería su vida luego de trabajar seis meses en una mecánica y de hacer chauchas en el bus de su cuñado.

Con un impecable traje de casimir, camisa blanca, corbata de color lila claro con vivos blancos y zapatos negros perfectamente lustrados, sonríe cuando recuerda lo que en aquellos tiempos era Ibarra: una ciudad tan pequeña que todo estaba en la calle Colón y algo en la Olmedo.

Su casa, número 171, es la tercera de la calle Pedro Rafael Rosales, que hace esquina con la

Flores y está frente a la gasolinera Primax, de Flota Imbabura, tiene dos pisos, las puertas y

ventanas enrejadas y un techo a dos aguas de tejas sintéticas.

La ciudadela donde vive es una de sus obras como dirigente de los transportistas.

Él la creó cuando el metro cuadrado costaba 20 sucres, porque tuvo la visión de que el gremio de choferes merecía una viga digna y que llegaría a crecer en un número significativo.

Es viudo. Y como católico practicante y devoto, se considera un santo varón: no traicionó a su esposa, sus hijos nunca lo vieron “chumado” y fue un deportista incansable.

Se retiró cuando llevaba manejando 28 años.

Pero su vocación nunca lo alejó del gremio.

Fue cuatro veces secretario general del sindicato.

Fue delegado al Consejo Nacional de Tránsito (CNT).

Fue director del CNT.

Fue asesor voluntario de las nuevas cooperativas de taxistasque se formaban en su época.

“Había más disciplina que ahora”, dice en un momento en que la mirada se le pierde hacia

abajo, como buscando la nostalgia.

Aquella fortaleza gremial, un “poder fáctico”, lo llevó a la política.

En Atuntaqui fue concejal 10 años seguidos.

Combatió al cinco veces presidente de la República José María Velasco Ibarra y a las dictaduras militares, fue amigo del presidente Jaime Roldós y, posteriormente, legislador socialcristiano.

Explica por qué: “Nunca quise nada para mí en la política. Solo fui un puente entre gobiernos y pueblo”.

Estuvo casado con María Guillermina Placencia Gudiño, de Natabuela, con quien tuvo cinco

hijos: Dora, Ramiro, Nelly, Marcelo y Ligia.

Pero a su esposa la muerte se la llevó el 19 de marzo de 2007.

“Desde ahí paso encerrado”, expresa con aire de tristeza, aunque sus hijos saben que está bien cuidado por la empleada o hija de toda la vida, Celia Filomena Potosí, de 60 años, quien le dice “papá”.

Manuel quiere vivir cinco años más. ¿Por qué cinco? Sonríe. “Amo la vida, pero con eso es suficiente”.

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Un ibarreño nacido en Atuntaqui

Manuel Abdón Calderón Cadena nació en Atuntaqui, cantón Antonio Ante, el 3 de enero de 1924.

Tiene 92 años y su lucidez es asombrosa.

Usa audífonos para escuchar mejor, pero aunque sus parientes piden que se le hable alto, no es necesario hacerlo en muchos casos si se le dirige la palabra mirándolo a los ojos.

Es como si la vida le hubiera enseñado a leer los labios de sus interlocutores.

Ha sido chofer, dirigente gremial de los transportistas, autoridad política local,

congresista.

Toda una leyenda en la provincia de Imbabura.

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