Majo Villacís fotografía
María José Villacís es inteligente.
Y no es una ingenuidad decirlo, porque ella y nosotros, quienes la conocemos, sabemos que su belleza física deslumbra.
Pero, ¿de qué sirve la belleza física? Ella misma está consciente de que los años pasan, y rápido, y que la hermosura de un rostro o de un cuerpo se desvanecen.
Por eso hay que cultivar las virtudes espirituales. Y eso es lo que hace María José, dotada de talento para cantar y bailar, pero también dotada -a sus 21 años- de capacidad de reflexión, conciencia social, tenacidad, decisión para construirse como un ser humano cuyas alas siempre están listas para alcanzar los cielos más altos.
No suelo escribir sobre este tipo de temas, pero hoy quiero hacerlo porque presiento y siento que el mundo, al contrario de lo que debería ser, al contrario de lo que parece, cada día está inundado de prejuicios, de estigmas, de recelos, de maniqueísmos, de una patética manera de criticar -en el sentido de denostar- a quien ni siquiera se conoce.
Y lo siento y presiento porque María José Villacís me lo hace recordar cuando habla de que una de sus referentes ha sido la princesa Diana de Gales, quien, pese a todo el poder que parecía tener, no era feliz sino cuando entendía que el mundo no estaba para reverenciarla sino que ella estaba para curar un mundo herido por tanta guerra infinita.
Se suele despreciar y señalar con el dedo índice a las chicas hermosas con la idea de que tienen un cuerpo bello, pero pocas neuronas en el cerebro.
O se suele decir que las mujeres guapas no tienen capacidad intelectual y es mítica la burla a ciertas preguntas que se hacen a las candidatas y a ciertas respuestas que estas dan pese a que, según dicen, conocen con anticipación el tema.
Y así, existen muchos mitos y creencias que en realidad no son ciertos.
O que, si lo son, al menos no caben en el caso de la chica ibarreña María José Villacís.
En un diálogo de dos horas que sostuve con ella en el programa La Otra Mirada, en  radio Los Lagos FM (www.radioloslagos.ec), mostró mucho de lo que es: capaz, apasionada, con metas claras, segura de sí misma.
Es una reina y viste como reina. Zapatos de tacón alto, de unos diez centímetros de altura, quizás innecesarios. Un top y un pantalón ajustado muestran lo que ella misma anuncia: su cuerpo ha cambiado. No es el mismo de hace doce meses, cuando fue candidata a reina de Ibarra y tenía 20 años.
Una candidata a reina de una ciudad pequeña no necesita una figura poderosa, porque basta con ciertas virtudes que no son, precisamente, las de poseer una figura escultural.
Una candidatura a Miss Mundo es distinta: busca fortalecer sus músculos y hacer mucho ejercicio, desde cardio hasta baile, porque depende de esto para mejorar su figura, pero también necesita -y lo está haciendo- capacitarse en técnicas de oratoria y dicción, en desenvolverse en los medios y ante los periodistas, en hablar con solvencia ante el público, en lograr la entereza que se necesita para enfrentar un resultado, sea positivo o sea negativo.
Tiene 21 años y estudia Comunicación Social en la Universidad Técnica Particular de Loja.
Y estudia periodismo porque lo ve como una herramienta para servir a los demás, para hacer un trabajo útil en beneficio de la gente más necesitada.
Como una niña traviesa que escondía un importante secreto, desde noviembre pasado supo que la habían elegido como candidata al concurso nacional que se celebrará en octubre, en Guayaquil, pero recién decidió contarlo en su página de Facebook, que es “Majo Villacís”.
Lo mantenía en silencio por una razón importante: porque debía tener la certeza de que al haber aceptado ser candidata por Imbabura podría cumplir con las exigencias para la competencia.
Y lo hizo cuando empezó a sentir que estaba en el camino correcto, cuando consiguió las personas adecuadas para que la entrenaran, cuando descubrió que sería capaz de dedicarse al menos tres horas diarias al gimnasio y al ejercicio al aire libre y, sobre todo, cuando terminó y envió el proyecto de ayuda social que concretaría si ganara el torneo.
Eso le gustó: la idea de que no es un simple concurso de belleza sino que es un certamen que no solo valora la hermosura (su hermosura) sino la calidad del proyecto en sentido humano.
Un concurso de belleza con propósitos sociales.
María José es hija única. Es la engreída de sus padres y de sus abuelos y de su tía, sin embargo, gracias a la formación familiar, en especial de su “ma” Bachita, es todo lo contrario lo que son muchos hijos únicos.
No es egoísta. No es vanidosa. No es arrogante. No cree que el mundo gira a su alrededor.
Es autocrítica y respeta, incluso, a quienes la critican por parecer una típica reina de belleza. Aprende de quienes la consideran una suerte de muñeca bonita, como un juguete para niñas mimadas.
Ama a los demás. Les tiende una mano. Les ayuda. Le conmueve las inequidades y las personas tristes que no tienen nadie quien les abrace o se solidaricen con ellas. Ayuda a los pobres. Es animalista. Es sensible a las realidades cotidianas.
En octubre, cuando se realice el concurso en Guayaquil y María José deba enfrentar el máximo estrés junto a una veintena de aspirantes y a un público frívolo que probablemente no entienda lo que debe juzgar, ella terminará sintiéndose como la reina.
Porque, pase lo que pase, ya lo es.
Anuncios